Capítulo 7 Conflicto de territorios
El pergamino permaneció sobre la mesa entre ellos como un testigo mudo de la confrontación, y durante varios segundos ninguno de los dos se movió. Luna sostenía la mirada de Valerius con la barbilla alzada, negándose a mostrar la más mínima señal de retirada, aunque el hilo dorado le transmitía con claridad brutal la magnitud de la furia contenida detrás de aquellos ojos rojos.
—Buscaba pruebas —dijo finalmente, decidiendo que la verdad era más digna que cualquier excusa — Pruebas de que este lazo es un error, algo que se pueda deshacer. Nada más.
Valerius avanzó otro paso, y aunque su voz seguía siendo baja, algo en su postura se relajó apenas una fracción.
—Y no encontraste nada, ¿verdad? —preguntó él, con una certeza que no era pregunta sino afirmación — Porque ese texto está escrito en Lengua Primordial, un idioma que ni siquiera la mayoría de mi propio clan puede leer.
—¿Y tú puedes leerlo?
—No completamente. Pero sé lo suficiente para reconocer que ese pergamino no habla de errores. Habla de lazos verdaderos, de los pocos que el destino ha forjado en toda la historia registrada —Hizo una pausa, y algo parecido al cansancio cruzó su expresión —No es un documento sobre cómo romper lo nuestro, Luna. Es un documento sobre por qué no se puede.
Antes de que ella pudiera responder, un sonido de pasos apresurados resonó por el corredor exterior, y un mensajero vampírico, joven, con el uniforme de la guardia diplomática, apareció en el umbral, sin aliento, con un pergamino sellado en la mano.
—Disculpen la intromisión —dijo el mensajero, haciendo una reverencia apresurada —Pero se requiere la presencia de ambos ante el Concilio, de inmediato. Es un asunto de máxima urgencia.
Valerius frunció el ceño —¿A estas horas de la noche?
—El Bosque de Kaelthorn, mi señor —explicó el mensajero, con la voz tensa —Ha estallado un conflicto. Los guardabosques de su clan y los cazadores de la Manada Fairwind se enfrentaron esta noche. Hay heridos de ambos lados.
Luna sintió que se le helaba la sangre. —¿Heridos? ¿Quiénes?
—No tengo esa información, mi señora. Solo sé que el Concilio los convoca a ambos de inmediato.
El Salón de Piedra Gris nunca había estado tan tenso como aquella madrugada. Antorchas encendidas apresuradamente proyectaban sombras inquietas sobre los rostros de los delegados de ambas razas, reunidos en extremos opuestos de la sala, con una hostilidad palpable que ninguno de los protocolos habituales lograba contener.
Thessaly, el anciano vampiro que presidía las reuniones de paz, se encontraba de pie frente al Concilio completo, siete Ancianos, la máxima autoridad sobre ambos mundos, con una expresión sombría que no auguraba nada bueno.
—El Bosque de Kaelthorn contiene el único manantial de Esencia Lunar que queda en la región —comenzó Thessaly, dirigiéndose a la sala entera — Un recurso que ambos clanes necesitan, los vampiros para sus rituales de longevidad, las manadas para sus ceremonias de transformación sagrada. Durante generaciones, un tratado frágil ha mantenido la paz sobre ese territorio. Esta noche, ese tratado se ha roto.
—Fueron sus cazadores los que cruzaron la frontera —interrumpió Maldric, el tío de Valerius, desde las filas vampíricas, con voz cargada de indignación — Invadieron terreno reclamado por la Casa Ashgrave desde hace tres siglos.
—Terreno que ustedes reclamaron mediante un tratado firmado bajo coacción hace trescientos años —replicó el líder de la delegación de manadas, un hombre corpulento llamado Garrick, con un gruñido apenas contenido —Ese bosque siempre perteneció a la tierra libre antes de que los vampiros decidieran que todo lo que tocan les pertenece.
La sala estalló en murmullos furiosos, vampiros y cambiaformas intercambiando acusaciones de generaciones pasadas, heridas antiguas reabriéndose con la facilidad de quien nunca las dejó cicatrizar del todo. Valerius sintió que la tensión crecía en el ambiente como electricidad antes de una tormenta, y a su lado, sintió también la rabia de Luna a través del hilo, mezclada con un miedo genuino por los miembros de su manada que habían resultado heridos.
Kaelen Voss, el líder supremo de los Ancianos, se levantó de su asiento central, y el silencio cayó sobre el salón como una losa.
—Basta —dijo, con esa voz que no necesitaba alzarse para imponer autoridad absoluta —Esta disputa territorial amenaza con desatar exactamente el tipo de guerra que la Tregua fue diseñada para prevenir. Y sin embargo, el destino nos ha entregado una herramienta que ningún Concilio anterior ha tenido a su disposición.
Sus ojos blancos y sin pupila se posaron sobre Valerius y Luna, de pie en extremos opuestos de la sala, y Valerius sintió un escalofrío de mal presagio recorrerle la espalda.
—El Lazo de Almas que une al heredero Ashgrave con la Alfa Fairwind es la prueba viviente de que nuestros pueblos pueden unirse, incluso cuando todo indica lo contrario —continuó Kaelen —Por lo tanto, el Concilio decreta lo siguiente, Valerius Ashgrave y Luna Fairwind gobernarán juntos, como pareja unida, la administración del Bosque de Kaelthorn.
—¿Qué? —exclamaron Valerius y Luna al mismo tiempo, desde extremos opuestos de la sala, con una sincronía que no pasó desapercibida para nadie presente.
—Han escuchado correctamente —dijo Kaelen, sin inmutarse —Se presentarán ante ambos clanes, en el propio bosque en disputa, como una pareja comprometida y unida, demostrando ante todos que la paz entre nuestras razas no solo es posible, sino que ya ha comenzado a echar raíces. Fingirán, si es necesario, el afecto que el destino les ha impuesto pero que ambos se han negado tercamente a aceptar.
Luna dio un paso adelante, la furia vibrando en cada palabra. —No pueden obligarnos a actuar una farsa frente a...
—No es una farsa lo que les pedimos —la interrumpió Kaelen, con una calma que resultaba más inquietante que cualquier grito —sino la verdad que el Lazo ya ha revelado, aunque ambos se empeñen en negarla. Sienten lo que el otro siente. Conocen sus emociones más íntimas. Eso no es actuación, Alfa Fairwind. Es intimidad, la quieran o no.
Valerius sintió que el rostro se le calentaba, una mezcla incómoda de indignación y la incapacidad de refutar completamente aquel argumento.
—Con el debido respeto —dijo, esforzándose por mantener el tono formal que la situación exigía — uno no puede simplemente ordenar una alianza romántica como quien ordena un tratado comercial.
—No estoy ordenando una alianza romántica —respondió Kaelen —Estoy ordenando que dejen de sabotear la única solución pacífica disponible para evitar que sus pueblos se despedacen mutuamente por un manantial de agua mágica. Tienen tres días.
—¿Tres días para qué exactamente? —preguntó Luna, con los puños apretados a los costados.
—Tres días para presentarse ante ambos clanes en el Bosque de Kaelthorn, demostrar unidad, y negociar un nuevo tratado territorial que ambas partes puedan aceptar sin derramar más sangre —Kaelen recorrió con la mirada a los delegados de ambas razas, y luego regresó su atención fría y absoluta hacia Valerius y Luna —Si fracasan, si sus clanes vuelven a enfrentarse en ese bosque, el Concilio no tendrá más opción que considerar que el Lazo mismo es la fuente de la inestabilidad que amenaza la Tregua.
