Capítulo 2 Capitulo 2 El vacío del desamparo

La blancura del techo del hospital se convirtió en mi único universo durante las semanas que siguieron al accidente. El olor a antiséptico, el pitido rítmico y exasperante de las máquinas y el dolor sordo que subía por mi pierna derecha como un veneno constante eran mis nuevos compañeros de rutina. Tenía la pierna suspendida, atrapada en una compleja estructura de metal y tracción que parecía más un instrumento de tortura que un aparato médico. Los doctores entraban y salían, murmurando palabras técnicas que yo apenas quería procesar: fractura conminuta, compromiso neuromuscular, injertos, reconstrucción. Para mí, solo significaban una cosa: nunca más volvería a montar. Me habían arrancado la mitad del alma en aquella pista y ahora solo quedaba un caparazón vacío postrado en una cama.

Mi único ancla con la realidad, el único faro de luz en medio de esa densa negrura, era mi padre. Él no se había separado de mi lado ni una sola noche. Lo miraba dormir de pie, con la cabeza apoyada en el borde de mi colchón, luciendo de pronto diez años más viejo. Su cabello, antes veteado de gris, se había vuelto completamente blanco en cuestión de días. El hombre fuerte que domaba potros salvajes y administraba la hacienda con mano firme se quebraba cada vez que pensaba que yo no lo miraba. Lo escuchaba sollozar bajito en el pasillo, maldiciendo al destino, maldiciendo mi suerte, cargando con una culpa que no le pertenecía.

—Vas a salir de esta, mi niña —me decía cada mañana, besándome la frente mientras intentaba forzar una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. La hacienda te está esperando. Los establos no son lo mismo sin ti. Te juro por mi vida que volverás a caminar, aunque tenga que mover el cielo y la tierra.

Yo solo asentía, tragándome las lágrimas. No quería empeorar su sufrimiento. Pero en el fondo, sentía un vacío inmenso. Mi novio ya había empezado a espaciar sus visitas; venía de mala gana, miraba mi pierna destrozada con una mezcla de lástima y asco, y se marchaba argumentando "asuntos de negocios". Mi tío Arturo y mi prima Rebecca también habían aparecido un par de veces, fingiendo una consternación tan falsa que me revolvía el estómago. Rebecca se paseaba por la habitación con sus tacones altos, mirando los informes médicos sobre la mesa con una curiosidad morbosa, mientras mi tío palmeaba el hombro de mi padre, murmurando que él podía "hacerse cargo de la hacienda" mientras nosotros estábamos ausentes. Mi padre siempre lo rechazaba con firmeza, recordándole que la hacienda era su responsabilidad y el futuro de su hija.

Una noche, el dolor en mi pierna fue más agudo que de costumbre. Los analgésicos no hacían efecto y la fiebre empezó a nublarme los pensamientos. Mi padre estaba sentado en el sillón contiguo, frotándose el pecho con insistencia. Pensé que era el cansancio, la tensión acumulada de verme sufrir día tras día.

—Papá, ve a descansar a la casa —le rogué con la voz rota—. No puedes seguir durmiendo en ese sillón. Mírate, estás exhausto.

Él me miró con unos ojos cargados de una profunda e infinita tristeza, pero también de un amor incondicional que jamás olvidaré. Se levantó arrastrando los pies, tomó mi mano entre las suyas y la apretó con suavidad.

—No me voy a ir, Izzi. Mi lugar está aquí, cuidando de lo único valioso que me queda en este mundo —susurró, y por primera vez vi una lágrima rodar por su mejilla arrugada—. Perdóname, mi amor. Perdóname por no haberte protegido en esa pista. Debí revisar todo con más cuidado... Debí estar más atento.

—Tú no tuviste la culpa, papá. Fue un accidente —le contesté, apretando su mano de vuelta.

Él no respondió. Solo se quedó mirándome un largo rato, como si quisiera grabar cada facción de mi rostro en su memoria. Finalmente, se acomodó de nuevo en el sillón y cerró los ojos. El silencio de la madrugada se instaló en la habitación, interrumpido solo por los ruidos lejanos del hospital. Me quedé dormida bajo el influjo de una nueva dosis de sedantes, con la tranquilidad de que él estaba allí, vigilando mis sueños como lo había hecho desde que era una niña.

A la mañana siguiente, no me despertó la luz del sol, sino una agitación extraña. El pitido de una alarma resonaba con violencia en la habitación, pero no era mi máquina. Abrí los ojos con dificultad, sintiendo el cuerpo pesado por los medicamentos. Lo primero que vi fue a una enfermera corriendo hacia el sillón de mi padre, seguida de inmediato por el médico de guardia que entró empujando un carrito de reanimación.

El pánico me congeló la sangre. Intenté incorporarme, pero el peso de la tracción en mi pierna me devolvió bruscamente contra el colchón, arrancándome un grito de dolor.

—¡Papá! ¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué le pasa a mi papá?! —grité, desesperada, golpeando las barandillas de la cama con las manos.

Nadie me respondió. El médico comenzó a rasgar la camisa de mi padre mientras la enfermera le colocaba parches en el pecho. Vi su rostro. Estaba pálido, con un tinte azulado en los labios, y sus ojos, esos ojos que me habían mirado con tanto amor la noche anterior, estaban cerrados, fijos en un sueño del que no despertaba.

—¡Inicien compresiones! ¡Carguen a doscientos! —ordenaba el doctor con voz frenética.

El sonido del monitor cardíaco emitió un tono continuo, plano, sordo. Una línea recta que atravesaba la pantalla y me desgarraba el pecho en el proceso. Cada descarga eléctrica hacía que el cuerpo de mi padre se elevara de la silla, solo para caer de nuevo como un peso muerto. Yo gritaba hasta desgarrarme la garganta, llorando, suplicando a los médicos, a Dios, a cualquiera que me escuchara, que no me lo quitaran. No a él. Él era lo único que me quedaba, mi único soporte en este infierno.

—¡Papá, por favor, no me dejes! ¡Despierta! ¡Mírame! —bramaba, intentando arrastrar mi cuerpo fuera de la cama, sin importarme que los clavos de la tracción se enterraran más en mi hueso, provocándome una agonía insufrible. Una enfermera tuvo que sujetarme a la fuerza contra el colchón mientras las lágrimas me cegaban por completo.

Tras varios minutos que se sintieron como una eternidad de tortura, el médico se detuvo. Miró el reloj de la pared, exhaló un suspiro pesado y bajó la cabeza. El rítmico zumbido de la línea plana continuó llenando el vacío de la habitación.

—Hora de muerte: las siete y cuarenta y dos de la mañana. Ataque masivo al corazón —pronunció el doctor con una frialdad profesional que me terminó de destruir.

Se acercaron a mí para inyectarme un calmante, pero ninguna sustancia en el mundo podía anestesiar el dolor que me devoraba el alma. Me habían dejado completamente sola. En esa cama de hospital, rota, inválida y sin poder moverme, vi cómo envolvían el cuerpo del hombre que más había amado en una sábana blanca y se lo llevaban del cuarto. Mi padre había muerto de dolor, aplastado por la angustia de ver mi vida destruida, víctima del impacto de verme caer en esa maldita pista.

Mientras el sedante empezaba a arrastrarme a la inconsciencia contra mi voluntad, la puerta de la habitación se abrió lentamente. No eran los enfermeros. Eran mi tío Arturo y mi prima Rebecca. No había lágrimas en sus rostros, ni una pizca de la consternación que habían fingido días atrás. Rebecca miró la cama vacía del sillón y luego fijó sus ojos felinos en mí con una sonrisa gélida y victoriosa que me heló los huesos. Mi tío Arturo se cruzó de brazos, contemplando mi estado de absoluta indefensión con una satisfacción mal disimulada.

En ese último instante de lucidez, antes de que la oscuridad me atrapara, comprendí la terrorífica verdad: el lobo ya estaba dentro de la casa, yo estaba completamente lisiada para defenderme, y la cacería por mi herencia acababa de comenzar.

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