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Embarazada de mi Falso Esposo

Embarazada de mi Falso Esposo

Ale Alarcon · Completado · 100.2k Palabras

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Introducción

Izzi lo perdió todo en una tarde: su carrera como jinete, a su padre y su movilidad. Custodiando una valiosa hacienda que todos quieren arrebatarle, se convierte en el blanco perfecto para un juego sucio.
Zack es el gigoló más exclusivo de la ciudad. Un hombre atrapado por una deuda de vida o muerte que lo obliga a aceptar una misión despiadada: enamorar a la heredera rota, casarse con ella y despojarla de su fortuna.
El plan era perfecto, el engaño estaba asegurado. Pero cuando las sábanas de la mentira se mezclen con la pasión real del campo, el secreto de Zack amenazará con quemarlos a ambos. ¿Qué pasa cuando el hombre que debe salvarte es el mismo que te vendió?

Capítulo 1

El crujir del cuero de la montura siempre había sido mi sonido favorito en el mundo. Era el lenguaje secreto entre mi cuerpo y el de Tormenta, un semental azabache de paso firme y corazón indomable que mi padre me había regalado al cumplir los dieciocho años. Aquella tarde, el picadero olímpico de la ciudad vibraba con el murmullo de cientos de espectadores, el destello de los flashes y el eco de los altavoces que anunciaban mi nombre. Yo estaba en la cúspide. A mis veinticinco años, no conocía la derrota; cada obstáculo en la pista de equitación era una invitación a volar, y mi vida se medía en la perfecta sincronía de un galope que desafiaba a la gravedad.

—Todo está listo, Izzi. Eres la mejor, recuérdalo —me había dicho mi padre minutos antes, ajustando la cincha de Tormenta con sus manos grandes y callosas, esas manos que habían levantado nuestra hacienda desde la nada. Su sonrisa orgullosa era mi mayor amuleto.

A lo lejos, en el palco VIP, alcancé a ver a mi novio agitando la mano con una sonrisa perfecta, y un poco más atrás, las figuras de mi tío Arturo y mi prima Rebecca. Recuerdo que me extrañó verlos allí; ellos odiaban el barro, los caballos y todo lo que tuviera que ver con el legado de mi padre, pero esa tarde insistieron en asistir. No le di importancia. La adrenalina corría por mis venas, borrando cualquier rastro de sospecha.

Alineé a Tormenta frente a la línea de salida. El silbato sonó.

—Vamos, muchacho —susurré, inclinándome sobre su cruz.

El semental respondió con una explosión de potencia pura. El viento golpeó mi rostro y el mundo a mi alrededor se convirtió en un borrón de luces y vítores. Pasamos el primer vertical con una limpieza poética; el segundo, un buey doble, quedó atrás sin que apenas rozáramos los postes. Sentía que flotaba. Éramos una sola pieza de músculo, velocidad y gloria. Mi pierna derecha, fuerte y entrenada por años de disciplina hípica, presionaba el flanco del caballo con la precisión de un cirujano, marcando el ritmo exacto hacia el triple salto, el obstáculo más alto y peligroso de la competencia.

Faltaban tres trancos. Dos trancos.

Entonces, el cielo se desplomó sobre mí.

Justo en el milisegundo en que Tormenta flexionó los corvejones para impulsarse hacia el cielo, un chasquido seco, metálico y antinatural resonó bajo nosotros. El caballo no saltó; se quebró en el aire. Sentí el violento desequilibrio de su masa de quinientos kilos venciéndose hacia adelante. Supe, con un terror helado que me paralizó la garganta, que no íbamos a llegar al otro lado. Los cascos delanteros impactaron de lleno contra la pesada barra superior del obstáculo, astillándola con un ruido ensordecedor.

El tiempo se dilató de una forma macabra. Escuché el grito desgarrador de mi padre rompiendo el aire, un alarido de puro horror que se me clavó en el alma antes de que mi propio cuerpo saliera despedido por encima de las orejas del animal. No hubo elegancia, no hubo vuelo. Fui una marioneta de carne y hueso arrojada contra el suelo compactado de la pista.

El impacto inicial me despojó de todo el aire de los pulmones. Mi cabeza rebotó contra la arena y el casco protector se agrietó, nublándome la vista con un tinte rojizo. Pero lo peor vino un segundo después. Tormenta, cayendo sin control en su propio vórtice de dolor, se desplomó pesadamente de costado, y todo su volumen aplastó mi pierna derecha contra el suelo.

Un crujido espantoso, el sonido de mis propios huesos partiéndose bajo la presión brutal, resonó dentro de mi cabeza.

El dolor no fue inmediato; primero llegó una ola de calor abrasador, un fuego líquido que me calcinó la extremidad desde el tobillo hasta la cadera. Intenté gritar, pero de mi boca solo brotó un hilo de sangre y un gemido ahogado. El dolor real, agudo, punzante y destructor, me golpeó la lucidez con la fuerza de un mazo. Era una agonía tan vasta que me borró el entorno. Vi la arena ensangrentada a centímetros de mis ojos, escuché el relincho agónico de mi caballo y los gritos histéricos del público que bajaba de las gradas, pero todo se sentía extrañamente lejano, como si estuviera atrapada bajo el agua.

—¡Izzi! ¡Dios mío, Izzi! —la voz de mi padre fue lo último que registré mientras la oscuridad ganaba terreno. Sus manos desesperadas buscaron mi rostro, temblando, empapándose de mis lágrimas y de mi sangre.

Traté de mover la pierna para incorporarme, para decirle que estaba bien, pero mi cuerpo ya no me obedecía. Mi pierna derecha era una masa informe de dolor y destrucción, un ancla rota que me arrastraba hacia el fondo de un abismo negro. Miré hacia el palco una última vez antes de perder el conocimiento; entre la multitud que corría presa del pánico, las siluetas de mi tío y mi prima permanecían inmóviles, observándome con una frialdad que me congeló la sangre que me quedaba.

El dolor absoluto me tragó por completo, apagando las luces de la pista y marcando, sin que yo lo supiera en ese instante de agonía, el fin de mi libertad y el inicio de mi peor pesadilla.

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