Capítulo 3 Capítulo 3: El precio de la libertad

El neón parpadeante del cartel de la entrada principal siempre me había parecido una especie de advertencia luminosa, un faro distorsionado para almas náufragas con demasiado dinero en los bolsillos y un vacío insoportable en el pecho. Eran las cinco de la mañana del martes. La jornada en el club más exclusivo y elitista de la ciudad acababa de llegar a su fin. Mis hombros pesaban como si cargara bloques de cemento y la mandíbula me dolía de haber mantenido esa sonrisa ensayada, magnética y pulcra durante más de ocho horas seguidas. Me desabroché los dos primeros botones de la camisa de seda negra y me aflojé el nudo de la corbata mientras caminaba por el pasillo alfombrado hacia los vestidores de los empleados.

A mi alrededor, el silencio empezaba a ganar terreno, sustituyendo la música ambiental que solía adormecer los sentidos de las clientas VIP. El aire todavía olía a perfumes caros, champán derramado y a esa densa atmósfera de secretos pagados que definía mi realidad. Había sido una noche larga. Una de esas noches donde tienes que transformarte en el hombre perfecto, en el oído atento que escucha las frustraciones de mujeres ricas y aburridas, en el caballero andante que vende caricias calculadas al mejor postor. Odiaba cada segundo de este maldito trabajo, odiaba la falsedad que se me pegaba a la piel como el sudor, pero cuando cerraba los ojos, la imagen de mi madre postrada en la cama de un hospital público, debilitada por el avance implacable del cáncer y consumida por la falta de medicamentos, me recordaba exactamente el precio de mi dignidad. Las facturas médicas no perdonaban, las deudas se acumulaban en mi buzón como una condena de muerte y el club de Rebecca era el único lugar que me daba el dinero suficiente para mantenerla respirando un día más.

Entré al vestidor privado, dispuesto a cambiar mi traje de diseñador por una sudadera gastada y desaparecer en la madrugada profunda para ir a relevar a la enfermera que cuidaba a mi madre. Estaba abriendo mi casillero cuando un sutil y familiar aroma a perfume de nardos y ámbar inundó el espacio cerrado. No necesité voltear para saber quién estaba parada en el umbral de la puerta.

—Trabajaste duro esta noche, Zack. Las mesas VIP de la zona norte no dejaban de preguntar por ti —la voz de Rebecca resonó, arrastrada, felina, cargada de esa eterna seguridad que me revolvía el estómago.

Me giré lentamente, apoyando la espalda contra los casilleros de metal. Ella estaba apoyada en el marco de la entrada, con un vestido de cóctel ajustado que gritaba opulencia y una copa de coñac entre los dedos perfectamente manicurados. Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo con una lentitud descarada, una mirada de posesión que conocía demasiado bien. En el pasado, antes de que el dinero y la ambición la pudrieran por completo, habíamos compartido una relación tormentosa, un romance de callejón sin salida que ella todavía creía tener el derecho de reclamar.

—Solo hacía mi trabajo, Rebecca. Si ya terminaron las cuentas de la noche, me gustaría marcharme. Mi madre tuvo una crisis respiratoria ayer por la tarde y necesito estar en la clínica —respondí, manteniendo la voz neutra, despojada de cualquier emoción.

Rebecca soltó una risita seca y dio un par de pasos hacia mí. El eco de sus tacones altos sobre el piso de madera rompió la quietud del vestidor. Se detuvo a escasos centímetros de mi pecho, obligándome a respirar su perfume.

—Siempre tan buen hijo, tan predecible... —comentó, estirando una mano para acomodar el cuello de mi camisa, un gesto falso de intimidad que evité tensando los músculos—. Precisamente por la salud de tu madre es que estoy aquí, Zack. Tenemos que hablar de negocios. Un negocio grande. De esos que cambian vidas y saldan deudas para siempre.

—Si se trata de duplicar mis turnos en el club, la respuesta es no. Apenas tengo tiempo para dormir —repliqué, apartando su mano con firmeza.

—No seas tonto, esto no tiene nada que ver con atender a mis clientas en los reservados —Rebecca caminó hacia un pequeño sofá de cuero que había en la esquina del vestidor y se sentó, cruzando las piernas con elegancia—. Mi padre y yo tenemos un problema. Un obstáculo familiar que se interpone entre nosotros y una fortuna inmensa en el campo. Una hacienda ganadera con miles de hectáreas fértiles que acaba de quedar en manos de mi prima, Izzi.

La miré sin entender. Sabía que Rebecca venía de una familia con tierras, pero ella jamás se había rebajado a pisar el lodo de la provincia. Su imperio de neón y gigolós era su única iglesia.

—¿Y qué tengo que ver yo con tu familia o con una hacienda? —pregunté, cruzándome de brazos.

—Mi prima sufrió un accidente terrible en las pistas de equitación hace unas semanas. Quedó lisiada, Zack. Camina con bastón, arrastrando una pierna destrozada, y por si fuera poco, su padre, mi querido tío, murió de un infarto en el hospital hace unos días. La pobrecita está completamente sola en esa inmensa casa de campo, deprimida, vulnerable, rota por dentro y por fuera. Mi padre ha intentado tomar el control legal de las tierras, pero la mocosa se aferra a la herencia con una terquedad estúpida. Es incapaz de manejar ese lugar, es un estorbo lisiado que solo nos hace perder dinero.

La frialdad con la que Rebecca hablaba de la desgracia de su propia sangre me causó un escalofrío sutil, pero decidí no interrumpirla. En este mundo había aprendido que la compasión era un lujo que los desesperados no podíamos permitirnos.

—Mi padre y yo hemos diseñado el plan perfecto para solucionar esto, y tú eres la pieza clave —continuó ella, fijando sus ojos felinos en los míos, brillando con una codicia casi palpable—. Quiero que viajes al campo. Que te infiltres en su hacienda bajo una identidad falsa, como un administrador o un especialista. Quiero que la mires con esos ojos intensos que vuelven locas a las mujeres, que la escuches, que te conviertas en su único soporte. Quiero que la seduzcas, Zack. Haz que esa inválida se enamore locamente de ti, llévala al altar, cásate con ella y, una vez que seas su esposo, haz que firme los poderes legales de la propiedad a tu nombre.

Me quedé en silencio, procesando la magnitud de la bajeza que me estaba proponiendo. Era un fraude emocional, un robo meticulosamente orquestado utilizando los sentimientos de una mujer que acababa de perderlo todo.

—Estás loca, Rebecca. Eso es ilegal —dije en voz baja.

—¿Ilegal? Ilegal es que dejes morir a tu madre porque no tienes para pagar la diálisis del próximo mes —atacó ella sin piedad, levantándose del sofá con una rapidez que me tomó por sorpresa. Se acercó a mí y me puso la copa de coñac en la mano—. Escúchame bien, Zack. Si aceptas este trato, yo me encargaré personalmente de trasladar a tu madre a la clínica privada más costosa del país. Cubriré el tratamiento completo, los mejores oncólogos, los medicamentos de importación, todo. Y cuando me entregues las tierras de mi prima, saldaré tu deuda con el club y te daré una suma que te permitirá no tener que volver a vender tu cuerpo a ninguna mujer por el resto de tu vida. Estarás libre.

El corazón me dio un vuelco violento dentro del pecho. Libertad. La vida de mi madre asegurada. El fin de las noches de humillación en el club. Miré el líquido ámbar de la copa, sintiendo el peso de la tentación aplastando mis escrúpulos. Pensé en Izzi, la prima de la que hablaba. Una niña rica, aislada en el campo, debilitada por una lesión y el luto. Una mujer atrapada en la autocompasión y la debilidad del dolor. Yo llevaba años perfeccionando el arte de la seducción; conocía los resortes psicológicos de las mujeres, sabía exactamente qué decir, cómo mirar y cuándo tocar para derribar cualquier coraza. Si ella estaba tan vulnerable como Rebecca decía, el trabajo sería ridículamente sencillo. Una provinciana herida y solitaria no tendría ninguna oportunidad contra los modales y el encanto que yo había pulido con las mujeres más exigentes de la capital. Sería entrar, actuar durante unas semanas, firmar unos papeles y salir de allí con las manos llenas de la salvación para mi madre. Un juego de niños. Un engaño fácil.

—¿Y tú qué ganas con esto, Rebecca? —pregúnté, entornando los ojos—. Además de la hacienda.

She sonrió, una mueca cargada de un despecho oculto que intentó disfrazar con superioridad. Estiró la mano y me acarició la mejilla con las yemas de los dedos fríos.

—Gano poner las cosas en su lugar. Y te gano a ti de vuelta... Porque sé que haces esto por obligación, Zack. Sé que en el fondo, todavía me amas a mí y que regresarás a mis brazos cuando este teatrito termine. Te tengo comiendo de mi mano, y lo sabes.

No me molesté en desmentirla. Dejé la copa sobre el casillero y la miré con la frialdad de quien acaba de firmar un pacto con el diablo. La moral era para la gente que podía pagarla, y yo estaba en la quiebra absoluta. Si tenía que romperle el corazón a una heredera rota para salvar la vida de la mujer que me dio la mía, lo haría sin parpadear. Después de todo, sería pan comido.

—Prepara los papeles de la clínica de mi madre y la fachada para el viaje —sentencié, mirándola fijamente—. Acepto el trato. Me voy al campo.

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