Capítulo 4 Capítulo 4: El precio del milagro
El olor a desinfectante industrial y a medicina barata me golpeó la cara en cuanto empujé la puerta batiente de la habitación 412. Era un espacio reducido, lúgubre, con las paredes pintadas de un verde hospitalario descascarado que parecía diseñado para marchitar las pocas esperanzas que a uno le quedaran al cruzar el umbral. En la cama de metal, rodeada de tubos y conectada a un monitor cardíaco que emitía un pitido cansado y errático, estaba mi madre. Se veía tan pequeña, tan frágil bajo la sábana blanca que costaba creer que fuera la misma mujer enérgica que se había partido la espalda trabajando tres turnos seguidos para sacarme adelante cuando no éramos más que dos náufragos en una ciudad implacable. El cáncer la estaba devorando palmo a palmo, robándole la carne de los huesos y tiñéndole la piel de un tono grisáceo que me partía el alma cada vez que la miraba.
Me acerqué arrastrando los pies, sintiendo el cansancio acumulado de la noche de trabajo en el club y de la reunión clandestina con Rebecca pesando en mis párpados como si fueran de plomo. Me senté en la silla de plástico junto a la cabecera y tomé su mano. Estaba fría, áspera, con las venas marcadas como hilos azules sobre un papel arrugado. Apreté mis dedos con suavidad, temiendo que si lo hacía con demasiada fuerza terminaría por romperla.
—Hola, mamá —susurré, forzando la voz para que sonara firme, despojada de la profunda angustia que me asfixiaba el pecho desde hacía meses.
Ella abrió los ojos lentamente. Esas pupilas, antes brillantes, ahora estaban nubladas por el efecto de la morfina y los analgésicos que apenas lograban contener la agonía de su cuerpo. Al verme, una chispa de lucidez y de ternura infinita asomó en su mirada, y sus labios agrietados se curvaron en una leve sonrisa.
—Zack, mi niño... —su voz no era más que un hilo de aire, un susurro ronco que me obligó a inclinarme para poder escucharla—. No debiste venir. Sé que acabas de salir de trabajar. Tienes que descansar, hijo. Te estás matando por mi culpa.
—No digas tonterías, mamá. Sabes que estar aquí contigo es lo único que me mantiene en pie —le contesté, acomodándole un mechón de cabello canoso que le caía sobre la frente sudorosa—. Además, hoy no vengo solo a verte. Vengo a darte una buena noticia. Una gran noticia.
Ella frunció levemente el ceño, intentando procesar mis palabras a través de la neblina de la medicación. Yo me tragué el nudo de culpa que amenazaba con cerrarme la garganta. Tenía que mentirle. No podía mirarla a los ojos y decirle que iba a cruzar el país para engañar, seducir y robarle la herencia a una mujer rota solo porque su vida tenía un precio que yo no podía pagar. Mi madre era una mujer digna, de principios inquebrantables; si se enteraba de que su tratamiento se pagaría con el dinero de una extorsión emocional y de la prostitución de mi alma, preferiría desconectarse de las máquinas antes de aceptar un solo centavo. Así que saqué a relucir al actor que llevaba dentro, al hombre que fingía adorar a mujeres ricas por dinero, y le compuse la mentira más piadosa de mi vida.
—Me ofrecieron una oportunidad de trabajo increíble, mamá —le dije, acariciándole el dorso de la mano—. Un cliente muy importante del sector corporativo, un hombre de negocios con propiedades en el interior, vio mi currículum y mi desempeño en la administración. Le urgía contratar a un administrador de confianza, alguien absoluto y capaz de poner en orden una gran hacienda ganadera en la provincia. Me van a pagar una fortuna, mamá. Una cantidad que ni te imaginas.
Los ojos de mi madre se abrieron un poco más, reflejando una mezcla de sorpresa y un alivio tan genuino que sentí una puñalada de dolor en el centro del pecho.
—¿De verdad, hijo? ¿En el campo? —preguntó, y por primera vez en semanas escuché un atisbo de esperanza en su tono—. Pero... eso significa que tendrás que irte lejos, ¿no es así?
—Sí, tendré que viajar hoy mismo. Es un lugar apartado, una zona rural a varias horas de la capital —asentí, manteniendo la sonrisa falsa soldada a la cara—. Pero escucha lo mejor: el adelanto que me dieron por firmar el contrato es tan alto que ya hablé con la administración de este hospital. Te van a trasladar esta misma tarde a la clínica privada San Rafael. Vas a tener una suite para ti sola, los mejores oncólogos del país vigilándote las veinticuatro horas, enfermeras privadas y acceso a los medicamentos de importación que aquí te niegan. Ya no vas a tener que sufrir por la falta de insumos, mamá. Te lo prometo. Todo va a estar cubierto.
Una lágrima solitaria resbaló por la mejilla templada de mi madre. No era una lágrima de dolor, sino del peso inmenso que se le quitaba de encima al saber que ya no sería una carga económica insostenible para su único hijo.
—Dios mío, Zack... es un milagro. Un verdadero milagro —susurró, apretando mis dedos con las pocas fuerzas que le quedaban—. Siempre supe que tu inteligencia y tus buenos modales te llevarían lejos. Pero me duele que te vayas. Me da miedo quedarme aquí sola sin ti.
—No vas a estar sola, te lo juro. Dejo todo pago y coordinado. Además, en cuanto ordene los primeros papeles en esa hacienda, pediré unos días para venir a verte. Esto lo hago por los dos, mamá. Para que cuando regreses a la casa, recuperada y fuerte, no tengamos que volver a preocuparnos por el dinero nunca más. Necesito que seas fuerte, que luches con todo lo que tengas mientras yo no esté. ¿Me lo prometes?
—Te lo prometo, mi cielo. Voy a luchar. Ve tranquilo, haz un buen trabajo y demuestra lo que vales —dijo, cerrando los ojos con una paz que no le veía desde el día en que le diagnosticaron la enfermedad.
Me quedé a su lado una hora más, en silencio, viéndola quedarse dormida bajo el arrullo del monitor. Cuando su respiración se volvió profunda y estable, me levanté de la silla. Le di un beso suave en la frente, saboreando el sabor amargo de la despedida, y salí de la habitación sin mirar atrás. Sabía que si dudaba un solo segundo, me rompería, y no podía permitirme el lujo de la debilidad. El trato ya estaba firmado. Mi madre iba a vivir, y ese era el único norte que me importaba.
Dos horas después, me encontraba en el asiento trasero de un taxi que cruzaba la periferia de la ciudad con rumbo a la terminal de transportes. En mis manos sostenía una carpeta de cuero marrón que Rebecca me había entregado antes de salir del club. Era el expediente de mi víctima. La información confidencial de la mujer cuya vida iba a destrozar a cambio de la de mi madre. La abrí con frialdad profesional, despojándome de cualquier atisbo de culpa, y comencé a estudiar los detalles de mi objetivo: Izzi.
Lo primero que apareció fue una fotografía de ella antes del accidente. Me quedé congelado unos segundos contemplándola. Era una mujer deslumbrante, de una belleza limpia y salvaje que no tenía nada que ver con las mujeres plásticas y artificiales que frecuentaban el club de Rebecca. Tenía el cabello rubio, largo, alborotado en unas ondas densas que captaban la luz del sol, y unos ojos claros, de un azul grisáceo tan profundo que parecían mirar directamente a través del papel. En la foto aparecía montada sobre un semental negro imponente, sonriendo con una libertad y una seguridad que me resultaron casi insultantes. Era la imagen viva del éxito, del orgullo y de una vida donde el dolor jamás había tocado a la puerta.
Pasé la página para leer los informes médicos recientes que el tío Arturo había logrado conseguir mediante sobornos en la clínica. El panorama actual de Izzi era radicalmente distinto al de la fotografía. El informe detallaba una fractura conminuta severa en la pierna derecha, con aplastamiento muscular y compromiso óseo tras una caída catastrófica en una competencia hípica. La conclusión de los cirujanos era demoledora: cojera permanente, dolores crónicos y la imposibilidad absoluta de volver a montar o realizar cualquier actividad física de alto impacto.
—Vaya... te rompieron las alas de golpe —murmuré para mí mismo, sintiendo una extraña y brevísima punzada de empatía que aplasté de inmediato.
Seguí leyendo. A la desgracia de su cuerpo se le sumaba la muerte de su padre, ocurrida hacía apenas unos días debido a un infarto masivo provocado por la angustia y el estrés de la situación de su hija. El expediente incluía notas del tío Arturo sobre el estado psicológico actual de la heredera: "Aislada por completo en la casona principal de la hacienda. Sufre de episodios de depresión severa. No recibe visitas. Ha despedido a la mitad del personal administrativo por ataques de paranoia y desconfianza. Su novio la abandonó la semana pasada tras una fuerte discusión sobre el futuro de las tierras. Está completamente desamparada y emocionalmente inestable".
Cerré la carpeta de golpe, apoyando la cabeza contra el respaldo del asiento del taxi mientras contemplaba el paisaje urbano transformarse en campos verdes a través de la ventanilla. Analizándolo con frialdad, el panorama no podía ser más favorable para mis planes. Rebecca me había enviado a cazar a una presa herida de muerte, a una mujer que navegaba en el luto, el abandono de su pareja y la frustración de una invalidez que la mantenía atada a un bastón. Para un hombre con mi entrenamiento, seducir a alguien en ese estado de vulnerabilidad absoluta iba a ser una tarea absurdamente sencilla. Las mujeres heridas y solitarias buscan desesperadamente un hombro donde llorar, un protector que las haga sentir seguras cuando su mundo se ha vuelto un caos. Yo solo tenía que llegar allí, ponerme la máscara del hombre comprensivo, caballeroso y eficiente, ganarme su confianza ayudándola con los problemas de la hacienda que su tío ya estaba provocando, y convertirme en el aire que respiraba. En cuestión de semanas, ella estaría tan unida a mí que la propuesta de matrimonio parecería una idea suya para protegerse de su propia familia. Firmaría los papeles de la herencia para quitarse ese peso de encima y yo podría regresar a la ciudad con el dinero para salvar a mi madre.
—Va a ser un juego de niños —pensé, esbozando una sonrisa cínica mientras el taxi avanzaba por la carretera rural—. Lo lamento por ti, Izzi. Eres hermosa, pero tu fortuna es el precio de la vida de mi madre, y no voy a tener piedad para cobrármelo.
El coche continuó su marcha, adentrándose en los caminos de tierra que conducían al corazón de la provincia, directo hacia la hacienda donde una heredera rota esperaba, sin saberlo, la llegada del hombre que venía a terminar de destruir lo poco que le quedaba.
