Capítulo 5 Capítulo 5: El intruso en el reino

El sol se filtraba por los ventanales de la biblioteca como si intentara, sin éxito, devolverle algo de calidez a mi alma. Llevaba tres días sin salir de esta habitación, rodeada de expedientes, facturas y la sensación asfixiante de que la hacienda El Remanso se me estaba escapando de las manos, igual que la vida de mi padre. El bastón, mi maldita extensión de madera y deshonra, descansaba apoyado contra el escritorio de caoba. Miré mi pierna derecha, todavía envuelta en esas férulas que me recordaban mi propia fragilidad, y solté un suspiro que sonó a derrota.

—Señorita Izzy, el abogado ha llegado con los papeles que solicitó —la voz de Doña Carmen, mi ama de llaves y única lealtad en este lugar, me sacó de mi ensimismamiento.

—Hazlo pasar, Carmen. Y por favor, dile a Arturo que deje de llamar; no voy a firmar nada que entregue el control de la propiedad —respondí, intentando mantener la voz firme, aunque mis manos temblaban ligeramente.

Carmen no se movió. Se quedó en la puerta, con una expresión extraña, entre la confusión y la incomodidad.

—No es el abogado, señorita. Es... el hombre. El que viene de la agencia de administración. Dice que tiene un contrato firmado por su difunto padre hace dos semanas.

Fruncí el ceño. Mi padre no había mencionado a nadie más, ni había hecho entrevistas. La hacienda era su vida y, por extensión, la mía; no solía dejar entrar a extraños en su reino.

—Haz que pase —ordené, sintiendo un extraño pinchazo de alerta en la nuca.

Los segundos que siguieron parecieron estirarse. Escuché el eco de unos pasos firmes, pausados y cargados de una confianza que me resultó insultante. Cuando la puerta de la biblioteca se abrió, el aire pareció cambiar. Allí estaba él.

No era el viejo administrador gris y aburrido que esperaba. Era un hombre joven, de una elegancia que desentonaba con el polvo y el olor a campo de nuestra casa. Su traje azul marino, impecable, abrazaba unos hombros anchos que parecían diseñados para desviar el curso de cualquier problema. Su cabello oscuro, con ese volumen natural de quien no se esfuerza por parecer perfecto, caía ligeramente sobre una frente despejada. Tenía una mandíbula afilada, casi intimidante, y unos ojos oscuros que me escanearon con una velocidad quirúrgica, deteniéndose apenas un segundo en mi bastón antes de fijarse en mis ojos.

—Buenos días —dijo, con una voz que era como terciopelo rozando una lija—. Soy Zack Montgomery. Estoy aquí para hacerme cargo de la administración de El Remanso. Según entiendo, el señor Watson firmó este contrato poco antes de su fallecimiento.

Me quedé helada. Intenté levantarme, una maniobra que siempre requería una coreografía dolorosa y poco digna, y que hoy, con la mirada de ese desconocido sobre mí, se convirtió en una pesadilla. El bastón se resbaló contra la alfombra, mi pierna derecha falló y, en un intento torpe por estabilizarme, mi brazo barrió una pila de archivos que cayeron en cascada por todo el despacho.

—¡Maldita sea! —exclamé, sintiendo que la cara me ardía de rabia y vergüenza.

Zack Montgomery no se inmutó. No se rió, no mostró lástima. Se limitó a avanzar con esa elegancia felina, se agachó con una gracia que me dio envidia y, en cuestión de segundos, tuvo el bastón en su mano y los papeles ordenados sobre mi escritorio. Me lo tendió con un gesto calculado, su mano rozando la mía un instante más de lo necesario. Sus dedos estaban calientes, un contraste brutal con el frío que yo sentía desde el accidente.

—Es un placer conocerla, señorita Watson —añadió, sin rastro de burla, aunque sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que me hizo sentir expuesta—. Y le sugiero que, si vamos a trabajar juntos, dejemos de lado los modales de la alta sociedad. La hacienda tiene filtraciones en el granero y un problema con la logística de la cosecha que no puede esperar a que terminemos de presentarnos formalmente.

—¿Quién se cree que es usted? —exploté, arrebatándole el bastón—. Entra en mi casa, desordena mi despacho y ¿ahora me da órdenes? No sé qué contrato firmó mi padre, ni me importa. No necesito a un advenedizo que parece recién salido de una pasarela de modas para manejar mis tierras.

—Si no necesitara a alguien, señorita, no estaríamos teniendo esta conversación —replicó él, apoyando ambas manos sobre la mesa y acercándose un poco más. Su aroma, una mezcla de madera, cítricos y algo que no pude definir, me envolvió por completo—. Su padre sabía perfectamente lo que hacía. Me contrató para salvar este lugar, y eso es exactamente lo que voy a hacer, con su permiso o sin él.

Fue en ese momento cuando la situación, ya de por sí tensa, dio un giro hacia el absurdo. Mi perra Golden, una bola de pelo hiperactiva llamada Luna, decidió que el nuevo invitado era un juguete nuevo. Entró disparada a la biblioteca, persiguiendo una de las carpetas que había caído, y en su entusiasmo, arrolló las patas de la silla de Zack. Él intentó mantener el equilibrio, pero perdió el paso y, en un movimiento lento y casi cómico, terminó tambaleándose hacia adelante. Intenté agarrarme de él para no caerme yo también, y terminamos los dos enredados en una coreografía de desastre: él cayó sobre mí, el bastón voló hacia el otro lado de la sala, y los papeles de la herencia se convirtieron en confeti bajo nuestros pies.

—¡Por el amor de Dios! —grité, sintiendo su peso sólido contra mi cuerpo y su rostro a centímetros del mío.

Sus ojos, que hace un momento parecían fríos y calculadores, ahora estaban dilatados por la sorpresa. Estábamos tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su piel. Durante unos segundos, el tiempo se detuvo. El caos de la biblioteca, los caballos, la herencia, mi pierna rota... todo desapareció. Él respiró hondo, y su mirada bajó a mis labios antes de volver a mis ojos, con una intensidad que me hizo olvidar cómo respirar.

—Creo que este es el encuentro más accidentado que he tenido en mi carrera —dijo él, con una voz más baja, más ronca, mientras se apartaba con una lentitud que me pareció casi deliberada.

Se levantó y me tendió la mano para ayudarme a incorporarme. Lo miré con desconfianza, pero no tenía otra opción. Su mano era firme, su apoyo sólido. Cuando estuve de pie, intenté recuperar mi compostura, sacudiéndome la falda y ajustándome el cabello, pero sabía que me veía como un desastre.

—Espero que su capacidad administrativa sea mejor que su coordinación física, señor Montgomery —dije, tratando de recuperar mi tono de superioridad, aunque mi voz me traicionó al salir algo temblorosa.

Él sonrió. No una sonrisa educada, sino una sonrisa arrogante, llena de confianza, que se le instaló en el rostro con una seguridad pasmosa.

—Señorita Watson, le aseguro que en la gestión de crisis soy impecable. Y si esto es lo que usted llama caótico, no tiene idea de lo que nos espera cuando empecemos a revisar las finanzas que su tío ha estado desviando.

Me quedé en silencio, sorprendida por su franqueza. ¿Cómo sabía lo de mi tío? ¿Acaso Rebecca y su padre habían movido sus hilos incluso antes de que este hombre llegara?

—¿Qué sabe usted de mi tío? —pregunté, sintiendo un escalofrío.

Zack caminó hacia la ventana, observando el horizonte con una expresión indescifrable. Luego, se dio la vuelta y me miró con una seriedad absoluta.

—Sé más de lo que debería, Izzi. Y sé que usted no está sola en esta lucha, aunque su orgullo le impida admitirlo. Mi contrato dice que soy el administrador, pero le prometo que seré mucho más que eso antes de que termine el mes. Seré la persona que ponga a cada uno en su lugar.

Me quedé allí, apoyada en mi bastón, sintiendo que algo en el orden de mi mundo se había fracturado. Había llegado como un extraño, envuelto en un aura de perfección y arrogancia, y en cuestión de minutos, se había convertido en el centro de un torbellino que no sabía si me terminaría salvando o destruyendo.

—Doña Carmen —llamé hacia la puerta, sin quitarle los ojos de encima—. Prepare la habitación de invitados. El señor Montgomery se queda. Y que nadie, absolutamente nadie, sepa que ha llegado hoy. Si vamos a jugar este juego, vamos a hacerlo bajo mis términos.

Zack Montgomery inclinó la cabeza ligeramente, un gesto de reconocimiento que me hizo temblar.

—Como usted diga, señorita Watson. Pero recuerde: en los juegos de estrategia, a veces es necesario ceder el control para ganar la partida. Y usted, claramente, necesita a alguien que sepa cómo mover las piezas.

Cuando salió de la biblioteca, el aire volvió a ser pesado, pero algo había cambiado. La soledad que me había estado ahogando parecía haber sido invadida, o quizás, simplemente, desafiada. Tenía un enemigo en casa, un aliado disfrazado o algo mucho más peligroso. Solo el tiempo diría qué papel jugaría realmente este hombre en mi vida, pero mientras observaba sus huellas sobre la alfombra desordenada, supe una cosa con certeza: mi vida tranquila de heredera lisiada se había terminado para siempre. La cacería acababa de comenzar, y por primera vez desde el accidente, sentí una chispa de fuego en las venas que no tenía nada que ver con el dolor.

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