Capítulo 6 Capítulo 6: El lenguaje del plomo

El silencio de El Remanso era, por lo general, una caricia para mis oídos, pero hoy, con Zack Montgomery caminando a mi lado, se sentía como un campo minado. Habían pasado apenas cuarenta y ocho horas desde su llegada, y el hombre se movía por la hacienda con una confianza que me resultaba, a partes iguales, irritante y fascinante.

—Las tierras del norte son las más productivas, pero también las más difíciles de vigilar debido a la densidad del bosque —dije, manteniendo una distancia prudente. Me apoyaba en mi bastón con una firmeza que ocultaba el dolor punzante en mi pierna. Quería que supiera que, aunque necesitara un administrador, yo seguía siendo la dueña absoluta de cada centímetro de este suelo.

Él no respondió de inmediato. Sus ojos, oscuros y observadores, barrían el horizonte. Llevaba un abrigo largo, quizás demasiado elegante para el barro de los senderos, pero de alguna manera lograba que incluso eso pareciera una elección táctica.

—Su padre tenía una visión clara para esta zona —comentó Zack, su voz rompiendo la calma—. Pero veo que el mantenimiento ha sido descuidado. La cerca perimetral tiene puntos vulnerables que, si yo fuera alguien buscando aprovecharse de su vulnerabilidad, explotaría sin dudarlo.

Me detuve en seco. El sonido del metal de mi bastón contra una piedra resonó como un disparo.

—No soy vulnerable, Montgomery —espeté, girándome para encararlo. A pesar de mi condición, me negué a dejar que me mirara desde arriba—. Esta hacienda es mi legado. Y si hay vulnerabilidades, es porque mis empleados han sido intimidados o porque alguien dentro de este círculo se ha encargado de debilitarnos deliberadamente.

Él se detuvo a un par de metros de mí. Sus manos estaban enterradas profundamente en los bolsillos de su abrigo. Una sonrisa sutil, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.

—No hablo de debilidad de carácter, señorita Watson. Hablo de logística. Usted tiene enemigos que prefieren que sus tierras sean tomadas por el abandono antes que por la fuerza.

Caminamos un poco más. El aire se volvía más denso conforme nos alejábamos de la casa principal. A través de la maleza, el sol se filtraba con dificultad, creando un juego de luces y sombras que me ponía los nervios de punta. Desde el accidente, mi instinto de alerta se había agudizado. Cualquier ruido, cualquier rama crujiendo, me transportaba a esa noche fatídica donde perdí el control de mi vida.

De repente, una extraña sensación de desasosiego me recorrió la columna vertebral. No era solo el bosque. Era algo más. Un peso en la nuca, la certeza absoluta de que estábamos siendo observados. Mi mano se deslizó instintivamente hacia el bolsillo oculto de mi chaqueta de cuero, donde guardaba una pequeña arma que mi padre me había obligado a aprender a usar antes de morir.

Zack pareció notar mi cambio de postura. Su expresión cambió, esa arrogancia calculadora desapareció para dar paso a una tensión alerta.

—¿Qué pasa? —preguntó, bajando el tono de voz.

No le contesté. Mis ojos se fijaron en un arbusto a unos cincuenta metros de nosotros. Algo se movió allí. No era el viento. Era una presencia, un peso que se desplazaba con una cautela antinatural. Mi corazón empezó a martillear contra mis costillas, una síncopa de adrenalina que nublaba mi juicio.

—Quédate donde estás —murmuré, con una voz que no reconocí como mía.

Antes de que pudiera protestar, saqué el arma con un movimiento fluido, olvidándome por completo de mi pierna y del dolor que debería haberme frenado. El cañón frío se sintió como una extensión de mi brazo. Apunté sin titubear, mi mente centrada exclusivamente en el punto donde la maleza se agitaba.

Bang.

El disparo retumbó en el valle, un estruendo seco que pareció desgarrar la paz del atardecer. Los pájaros se elevaron al unísono, gritando en su huida.

Zack, el hombre que hace apenas un momento se mostraba imperturbable y dueño de la situación, se congeló. Sus ojos se abrieron de par en par, su mandíbula apretada en una línea rígida. Se quedó petrificado, incapaz de articular palabra, observándome como si fuera la primera vez que me veía realmente.

Un segundo después, un movimiento rápido y errático surgió de entre los arbustos. Un zorro salvaje, asustado y disparado como un resorte, cruzó el sendero a toda velocidad, perdiéndose en la espesura del bosque contrario.

Bajé el arma, mis manos temblando levemente solo cuando el peligro —o lo que fuera— hubo pasado. El silencio regresó, pero esta vez era un silencio cargado de electricidad. Zack no se había movido. Seguía ahí, como una estatua, con los músculos en tensión, mirando hacia donde se había ocultado el animal.

—¿Por qué...? —comenzó él, buscando las palabras, su voz sonando extrañamente hueca—. ¿Por qué ha disparado?

Me giré hacia él, guardando el arma con una parsimonia que me costó mucho fingir. Mi respiración estaba agitada, pero mi rostro permanecía impasible, una máscara que me había costado años perfeccionar.

—Pensé que nos seguían —dije, simplemente.

Él me miró, y por un momento, la máscara de frialdad que él siempre portaba pareció resquebrajarse. En sus ojos vi una mezcla de horror y fascinación.

—¿Eso hace siempre? —preguntó él, acercándose un paso—. ¿Vive así, apuntando a las sombras en cada rincón de su propia casa?

—Este bosque está lleno de sombras, Montgomery —respondí, dándole la espalda para continuar nuestro camino—. Si usted viene aquí a jugar a ser el administrador elegante, le sugiero que se vaya ahora mismo. Aquí no se viene a lucir trajes, aquí se viene a sobrevivir. Y si cree que un zorro es el único que nos vigila, está mucho más perdido de lo que pensaba.

Empecé a caminar de vuelta, esta vez sin esperar a ver si me seguía. Mi pierna derecha palpitaba con una intensidad insoportable, una protesta silenciosa por el esfuerzo, pero no me detuve. Sentí sus pasos detrás de mí, esta vez menos seguros, menos cargados de esa arrogancia inicial.

Zack alcanzó mi ritmo, manteniendo una distancia un poco mayor a la anterior.

—Podría haberle dado —dijo él, su voz ahora llena de una cautela que antes no tenía.

—Tenía el objetivo claro —mentí. En realidad, no me importaba el zorro. Lo que me importaba era el mensaje. Él necesitaba entender que yo no era la víctima pasiva de esta historia, y que si alguien pretendía usarme como un peón en su tablero, terminaría encontrándose con una pieza que mordía—. La próxima vez, no dispararé al aire.

—¿Me está amenazando, Izzi?

Me detuve de nuevo, esta vez sin mirar atrás. Sentía su presencia justo detrás de mí, ese perfume a madera y ciudad que empezaba a volverse demasiado familiar.

—Le estoy dando la bienvenida a El Remanso, Zack. Aquí las reglas no se firman en contratos. Las reglas se ganan con el pulso firme y la disposición a hacer lo necesario. Si mi padre lo contrató, supongo que vio en usted algo que yo aún no termino de descifrar. Pero no se equivoque conmigo: no soy la damisela en apuros que necesita protección. Soy la mujer que va a recuperar lo que le pertenece, con o sin su ayuda.

Zack no contestó. Por primera vez desde nuestra llegada al bosque, no encontré una réplica ingeniosa o una orden administrativa. Escuché su respiración, pausada, analizando cada palabra, cada gesto.

Cuando finalmente reanudamos el camino, el ambiente entre nosotros había mutado. Ya no era el administrador y la heredera rota. Había una tensión diferente, un reconocimiento mutuo de que ambos estábamos jugando un juego peligroso donde las apuestas eran mucho más altas de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a admitir.

Llegamos a la casa justo cuando el sol se ocultaba tras los cerros. Doña Carmen nos esperaba en el porche, su rostro reflejando una preocupación que trataba de esconder bajo una sonrisa servicial. Zack se detuvo en el umbral, antes de entrar.

—Señorita Watson —dijo, deteniéndome con su voz profunda—. A partir de mañana, revisaré la seguridad perimetral personalmente. Si hay alguien siguiéndonos, me encargaré de que no tengan que volver a disparar.

Lo miré a los ojos. Había algo en su mirada, un brillo oscuro que no lograba interpretar. No era lástima, ni miedo. Era... ¿determinación?

—Como prefiera, administrador —dije, dejando caer el bastón sobre la madera con un sonido sordo.

Subí las escaleras hacia mi habitación, sintiendo el peso de la mirada de Zack clavado en mi espalda. Sabía que esta noche no dormiría. Sabía que el bosque me llamaría una y otra vez en mis sueños, y que el disparo de hoy solo era el preludio de una guerra que apenas comenzaba.

Pero, por primera vez en meses, la soledad no me pesaba tanto. Tenía un extraño a mi lado, un hombre que parecía entender que la fragilidad es, a menudo, la mejor arma que uno puede usar contra aquellos que creen que ya te han vencido. Y mientras cerraba la puerta de mi alcoba, sonreí para mis adentros. Que intentaran seguirme. Estaría esperando. Y la próxima vez, Montgomery estaría ahí para verlo, y quizás, solo quizás, para ser parte del caos.

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