Capítulo 7 CAPÍTULO 7

Había pasado una semana desde que las hermanas se encontraban en el penthouse. Durante esos días, Daniela se había dedicado a enseñarle a Gabriela cómo vestirse y comportarse. Su intención inicial había sido llevarla ese mismo día a la mansión, pero terminó posponiéndolo. Aun así, avisó que su hermana comenzaría a trabajar allí.

También se encargó de transformarla con maquillaje, procurando que el parecido entre ambas no fuera tan evidente. Aunque, en el fondo, eso poco le importaba. Su verdadero objetivo era otro, que Gabriela se encargara de cuidar a su esposo. Y, durante las noches, cuando ella quisiera escabullirse, no dudaría en marcharse, dejando a su hermana en su lugar para hacerle compañía a aquel hombre amargado.

La ausencia de la tía Lina, quien había salido de viaje, representaba una ventaja perfecta para Daniela.

—Bien, ahora te ves más radiante, más espectacular. Ya no luces tan descuidada —comentó Daniela con satisfacción.

Gabriela no respondió. Permaneció en silencio, observándose en el espejo. Daniela se acercó y se colocó junto a ella. Eran prácticamente idénticas, aunque el maquillaje lograba marcar diferencias sutiles.

—Estás hermosa. Ya sabes lo que debes hacer —añadió—. Debes actuar como yo. En las noches, usar ropa sensual, aunque mi esposo ya no pueda ver, lo importante es que sienta.

Gabriela tragó saliva, nerviosa. No sabía cómo haría todo aquello; era completamente inexperta. Sin embargo, no dijo nada. Tampoco pensaba cruzar ciertos límites. La sola idea de acostarse con su cuñado le resultaba una aberración.

—¿Por qué no lo dejas, entonces? —preguntó finalmente Gabriela—. Si no lo amas.

—¿Y quién dice que no lo amo? —replicó Daniela, a la defensiva—. Claro que lo amo. Pero no puedo vivir como una mujer atada a sus condiciones. Necesito libertad.

— ¿Tú permitirías que tu esposo estuviera con otra solo por libertad?

—Tu no eres otra.

—Yo… sí soy otra —respondió Gabriela con incomodidad.

—No lo eres. Somos la misma sangre. No tiene nada de malo —insistió Daniela—. Además, parece que tú eres la que se molesta. Sé que él no te gusta. Pero será solo por un tiempo, después yo me encargaré de todo.

Gabriela decidió no responder. Permaneció en silencio, incapaz de comprender del todo lo que pasaba por la mente de su hermana. Aun así, aceptó. Daniela había pagado su fianza, la había sacado del infierno y la había protegido en el pasado. Aquello era un recordatorio constante, debía pagar esa deuda, le gustara o no.

Ahora le tocaba sacrificarse.

—Vamos, es hora de irnos a la mansión —dijo Daniela.

—Está bien… —respondió Gabriela.

—Ponte recta. Debes verte impecable.

—Eso trató.

Gabriela subió al lujoso automóvil de su hermana. Durante el trayecto, su mente no dejaba de dar vueltas. Conocía a Alexander, pero nunca había estado en su mansión. Lo había visto en el pasado, cuando él y Daniela comenzaron a cortejarse. Había recuerdos, pero no era momento de revivirlos.

Al llegar, Gabriela quedó impresionada. La mansión era enorme. No era de extrañar, Alexander, el CEO de la gran fábrica Fraiché, no era un hombre cualquiera.

Los empleados se sorprendieron al ver a Daniela acompañada de una joven casi idéntica a ella.

—Por favor, todos al salón principal —ordenó Daniela.

El personal obedeció de inmediato.

—¿La tía Lina no se encuentra? —preguntó, fingiendo desconocimiento.

—No, señora. Viajó anoche —respondieron.

—Perfecto. Les presento a mi hermana. Ella se quedará cuidando al señor Alexander mientras yo estoy en la fábrica. Ella es una excelente enfermera. Quiero que la traten bien. Será una empleada más, pero con un trato especial.

—Sí, señora. Bienvenida, señorita.

—Muchas gracias. Mi nombre es Gabriela.

Las miradas no tardaron en caer sobre ella. Era hermosa, casi igual a la señora. Algunos empleados consideraban injusto el trato preferencial, pero nadie se atrevía a cuestionar a la esposa del señor Alexander.

—Ven, querida —indicó Daniela.

Ambas subieron al segundo piso. Daniela le mostró la habitación donde se quedaría y luego la puerta contigua.

—Esa es mi habitación y la de él esta al otro lado. Ahora vamos a verlo. Te lo presentaré, aunque ya te conoce. Solo que, no te recuerda. — comentó con tono de burla.

Gabriela asintió, incómoda.

—Vamos.

Alexander se encontraba sumido en sus pensamientos. Había escuchado que su esposa llevaría a su hermana a trabajar a la casa. La idea no le agradaba. No necesitaba que nadie lo cuidara; no era un niño. Sin embargo, Daniela insistía en que Gabriela necesitaba trabajo.

No recordaba realmente a la hermana de su esposa. Sin embargo, su tía no se encontraba, así qué no tenía opción.

Un suspiro pesado escapó de sus labios cuando escuchó la puerta abrirse.

—Querido esposo… —dijo Daniela con tono dulce.

—Por fin apareces —respondió Alexander, molesto.

De pronto, percibió un aroma distinto. Jazmín, pero más suave. No dijo nada.

—Aqui esta mi hermana. Ah, cierto, olvidé que no puedes ver —añadió Daniela con ligereza y burla.

—Basta de juegos. Te escucho —replicó él con frialdad.

—Traje a mi hermana. Gabriela, ven, preséntate.

—Ya la conozco —interrumpió Alexander—. ¿Qué más?

—¿Por qué eres así? Tuve que traerla para que te cuide. No quieres enfermeras ni ayuda de nadie, pero ella estudió un poco de enfermería, así ya sabe cómo es el asunto.

—Ya entendí.

Gabriela dio un paso al frente.

—Señor Alexander, estaré a su disposición para lo que necesite.

—Está bien —respondió él con indiferencia—. Daniela, dile a tú hermana qué nos deje solos.

Gabriela sintió incomodidad, pero antes de reaccionar, Daniela le hizo un gesto para que permaneciera cerca de la puerta.

Daniela se acercó a Alexander e intentó besarlo, pero él la rechazó.

—Siempre haces lo que quieres —murmuró él.

—Lo hago porque te amo —respondió ella—. No quiero que estés solo. Tu tía no está, y no quiero que te pase nada.

—No necesitaba que la trajeras.

—Pero lo hice. Y punto.

Alexander guardó silencio unos segundos.

—Quiero salir al jardín.

—Entonces le diré a Gabriela que te acompañe. 

—Llévame tú. 

—Estoy cansada, ha sido una semana pesada.

—Claro, es verdad, ahora tengo niñera —ironizó él.

—No seas así. Es porque te amo.

—Haz lo que quieras.

—Te amo —susurró Daniela antes de salir junto a Gabriela.

Pero Alexander no respondió.

El silencio lo envolvió. Cerró los ojos mientras el aroma a jazmín volvía a invadirlo.

Frunció levemente el ceño.

¿Era el aroma de su esposa o el de la hermana?

Sin decir nada, buscó un chaleco. Necesitaba salir, sentir el aire de la noche y ver si esa mujer aguantaba su mal humor.

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