Capítulo 5 La Hermana del Alfa
Pasaron seis semanas.
Seis semanas de despertar entre sus brazos. De desayunar juntos en la terraza con vista al río. De noches que comenzaban con conversaciones tranquilas y terminaban conmigo hecha un ovillo tembloroso contra su pecho sudoroso.
Pero no todo era paz.
Alexander cumplió su palabra. No me tocó sin permiso. No entró a mi habitación sin llamar. Las primeras dos semanas dormimos separados, como habíamos acordado. Yo en mi habitación. Él en la suya.
Pero los sueños me empujaban hacia él.
Soñaba con lobos blancos que corrían sobre hielo. Con una mujer de ojos plateados que me llamaba "nieta". Con un frío que no dolía, sino que abrazaba. Y cada mañana despertaba con las sábanas revueltas y una certeza nueva: mi lugar no estaba sola.
La tercera semana, llamé a su puerta a las tres de la madrugada.
—¿Sofía? —Su voz era ronca, soñolienta. Llevaba el pelo despeinado y solo unos pantalones de pijama—. ¿Pasó algo?
—No puedo dormir.
—¿Otra vez los sueños?
—Otra vez los lobos blancos.
Me abrió la puerta del todo. No dijo nada. Solo extendió una mano.
Entré. Me acosté a su lado. Él me rodeó con un brazo, su mano en mi vientre —ya no plano, una pequeña curva evidente—, y en cinco minutos estábamos los dos profundamente dormidos.
Desde entonces, dormíamos juntos todas las noches.
Sin sexo. Solo abrazos. Solo compañía.
Pero esa mañana, el martes de la séptima semana, todo cambió.
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Estaba en la cocina del ático, preparándome un té de jengibre para calmar las náuseas, cuando escuché la puerta principal abrirse a golpes.
No era Alexander. Él estaba en una reunión en el piso 40.
—¿Hermano? ¿Dónde te escondes, cobarde?
Una mujer irrumpió en la cocina como un huracán de tacones y mal humor.
Era alta, delgada, con el mismo cabello oscuro de Alexander y unos ojos grises que me miraron como si fuera una cucaracha sobre su comida favorita. Vestía un traje rojo sangre y sostenía un bolso de diseño que probablemente costaba más que mi auto.
—Tú debes ser la asistentita que se dejó preñar —dijo con desprecio.
Mis manos, apoyadas en la encimera, se tensaron.
Escarcha.
La sentí brotar en mis dedos. Pequeños cristales blancos que brillaban bajo la luz de la cocina. Un calor frío recorrió mis brazos.
Respiré hondo.
No ahora, pensé. No con ella. No así.
Apreté los puños. La escarcha desapareció.
Mi loba interior quería salir, quería congelar a esta mujer altiva que me miraba como basura. Pero yo no era mi loba. Yo era Sofía Valenti. Y Sofía Valenti no atacaba sin pensarlo dos veces.
—Perdón, ¿usted es? —pregunté, con una calma que no sentía.
—Valeria Wolf. La hermana del alfa. Y tú eres el error que mi hermano va a pagar caro.
Se sentó en una de las banquetas de la isla de cocina como si fuera su trono personal. Cruzó las piernas. Me evaluó de arriba abajo con una lentitud diseñada para humillar.
—Vaya, no eres tan bonita como pensé. Alexander siempre tuvo mal gusto para las amantes.
—No soy su amante.
—¿Ah, no? ¿Entonces qué eres? ¿Su novia? ¿Su prometida? ¿La madre de su hijo? —Rió, pero la risa sonó afilada como un cuchillo—. Tranquila, no esperaba respuestas. Porque ninguna de esas opciones es real. Eres el agujero caliente que mi hermano usó una noche. Y el bebé que llevas dentro es el problema que yo voy a resolver.
Mi mano apretó la taza de té hasta que los nudillos se volvieron blancos.
La escarcha volvió. Esta vez más intensa. Mis dedos enteros brillaban bajo la manga de mi camiseta. La taza empezó a enfriarse demasiado rápido, incluso para té de jengibre.
Basta, me ordené a mí misma. No le des el gusto de verte reaccionar.
La escarcha se retiró. Poco a poco. Como metiendo una bestia enjaulada de vuelta a su celda.
—¿Resolver cómo? —pregunté, manteniendo mi voz neutra.
—Con dinero. —Sacó un cheque de su bolso. Lo deslizó sobre la mesa de mármol hacia mí—. Cien mil dólares. Suficiente para abortar y mudarte a otro estado. O a otro país. Alexander no te buscará si yo le digo que perdiste el bebé de forma natural. Los lobos entendemos de pérdidas gestacionales.
El mundo se detuvo.
¿Abortar?
Mi mano libre bajó instintivamente hacia mi vientre. La pequeña curva. El latido que sentía cada noche antes de dormir. Ese ser diminuto que ya era parte de mí.
Luna.
La llamaba Luna en mis pensamientos desde la semana cinco. No sabía si era niña, pero algo dentro de mí lo sabía. Algo que no era yo. Algo más antiguo.
Las lobas del norte siempre saben el sexo de sus cachorros, había dicho un libro en la biblioteca. Es parte de su conexión con la manada.
No sabía si era verdad. Pero la certeza estaba ahí, firme como una roca.
—No —dije.
No tembló mi voz. No dudó.
Valeria arqueó una ceja.
—¿No?
—No voy a abortar. Y no voy a tomar tu dinero. Este bebé es mío y de Alexander. Tú no tienes voto aquí.
Ella se puso de pie lentamente. Era más alta que yo. Diez centímetros más. Me miró hacia abajo con esos ojos grises idénticos a los de él, pero fríos. Muertos.
—Escúchame bien, perrita. —Su voz bajó a un susurro venenoso—. Nuestra manada respeta la sangre. Pero tú no tienes sangre de lobo. Eres una humana corriente que se metió donde no debía. Ese bebé no será un lobo puro. Será un mestizo. Una abominación. Una vergüenza que nuestra familia no puede permitirse.
—Alexander no piensa así.
—Alexander no está pensando con la cabeza de arriba. Está pensando con la de abajo. —Se inclinó hacia mí, su perfume empalagoso invadiendo mi nariz—. En un par de meses, se aburrirá de ti. Las marcas de apareamiento no son eternas cuando una de las partes no es lobo. Se desvanecerá. Y tú te quedarás sola, con un bebé mestizo y sin un centavo.
Mi corazón latía con fuerza, pero no bajé la mirada.
Y esta vez, la escarcha no apareció en mis manos.
Apareció en mis ojos.
Vi mi reflejo en la superficie brillante de la nevera. Mis pupilas se habían vuelto blancas. Completamente blancas. Como dos lunas heladas mirando a Valeria.
Esto soy, pensé. Esto siempre he sido.
Y por primera vez, no tuve miedo de ello.
—Vete de mi casa —dije.
Mi voz sonó diferente. Más grave. Con un eco que no era del todo humano.
Valeria parpadeó. Me miró extrañada, como si algo en mi presencia le resultara inquietante, aunque no supiera identificar qué.
—¿Tu casa? —Su risa fue más alta esta vez, pero sonó forzada—. Esta casa pertenece a mi familia desde antes de que nacieras. Tú solo estás de paso. Y cuando mi hermano recupere la cordura, lo recordarás con vergüenza.
—Dije —cada palabra salió envuelta en un halo de vaho, como si el aire a mi alrededor se hubiera vuelto gélido—. Vete.
Valeria me miró. Sus ojos grises se posaron en mis manos.
Las miré también.
Estaban cubiertas de escarcha. No solo los dedos ahora. Las palmas enteras. Pequeños cristales que se extendían por mis muñecas, mis antebrazos, brillando bajo la luz de la cocina.
Por un instante, vi miedo en su rostro.
Solo un instante.
Luego recuperó la compostura, ajustó su bolso en el hombro y caminó hacia la puerta con pasos que intentaban ser firmes pero resultaban demasiado rápidos.
En el umbral, se detuvo. No se giró.
—Que tengas un buen accidente, Sofía.
La puerta se cerró con un portazo.
Me quedé inmóvil, la taza de té ahora completamente helada en mis manos, el cheque de cien mil dólares sobre la mesa como una ofensa, la escarcha retirándose lentamente de mi piel mientras mi respiración volvía a la normalidad.
Las piernas me temblaron.
Me senté en la banqueta que Valeria había ocupado, apoyé la cabeza entre las manos y dejé que las lágrimas cayeran.
No lloré por mí.
Lloré por la rabia contenida. Por la certeza de que había sido más fuerte de lo que creía. Por el miedo a lo que estaba empezando a ser.
Lloré porque la escarcha en mis manos no me había asustado.
Lloré porque me había sentido poderosa.
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—¿Sofía?
La voz de Alexander resonó en el ático.
Limpié mis mejillas con el dorso de la mano, pero ya era tarde. Él apareció en el marco de la puerta de la cocina, el traje impecable, el cabello perfectamente peinado... y los ojos girando del gris al dorado en una fracción de segundo.
—¿Lloraste? ¿Quién te hizo llorar?
No alcancé a responder. Sus fosas nasales se dilataron. Olfateó el aire.
—Valeria —dijo. No era una pregunta. Su voz se volvió grave, animal—. Mi hermana estuvo aquí.
—Vino a ofrecerme dinero para abortar.
El rugido que salió de su pecho no era humano.
La taza de té se rompió en el suelo. Las luces del ático parpadearon. Los vidrios de las ventanas vibraron. Alexander Wolf, el CEO impecable, desapareció. En su lugar quedó una bestia furiosa temblando de ira.
—Te juro por mi manada —dijo cada palabra entre dientes, los colmillos extendidos, los ojos ardiendo—. Valeria va a pagar por esto.
—Alexander...
—Nadie amenaza a mi pareja. Nadie amenaza a mi cachorro. —Se acercó a mí con pasos pesados. Sus manos temblaban cuando me tomó del rostro—. ¿Te hizo daño? ¿Te tocó?
—No. Solo habló.
—Suficiente. —Apoyó su frente contra la mía. Cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, el dorado se había apaciguado un poco, pero seguía ahí, hirviendo bajo la superficie—. Te voy a dejar con mi seguridad personal. Nadie entra a este ático sin mi permiso. Ni siquiera mi hermana.
—No quiero que pelees con tu familia por mi culpa.
—No es por tu culpa. Es por su estupidez. —Me besó la frente. Luego los párpados. Luego la punta de la nariz—. Eres mía. Eres nuestra. Y voy a protegerte aunque tenga que quemar el mundo.
—No hace falta que quemes nada —dije.
—¿No?
—Me defendí sola.
Alexander se apartó lo suficiente para mirarme. Sus ojos recorrieron mi rostro, buscando señales de daño, de miedo.
—¿Cómo?
Levanté una mano. La escarcha brotó de mis dedos, no como un estallido, sino como una flor que se abre. Lenta. Controlada.
—Así.
El se quedó mirando mis dedos helados. Su boca se abrió ligeramente.
—¿Eso es...?
—El despertar. O como lo llames. Lo sentí cuando ella me amenazó. Quería congelarla entera. Pero... —Apreté el puño. La escarcha desapareció—. No lo hice. No quería darle el gusto de verme reaccionar.
—Controlaste tu poder. —No era una pregunta. Era un descubrimiento—. Sin entrenamiento. Sin guía. Solo lo sentiste y lo dominaste.
—No sé si dominarlo. Solo... lo guardé. Para otro momento.
Alexander me miró largamente. Sus ojos habían vuelto al gris por completo. El lobo se retiraba, no por derrota, sino por respeto.
—Eres increíble —dijo.
—Estoy aprendiendo.
—Estás siendo una loba del norte. Como las de las leyendas. —Me tomó del rostro otra vez, esta vez con suavidad—. Mi hermana no sabe con quién se metió.
—Todavía no. Pero lo sabrá.
—¿Qué piensas hacer?
—Nada. Por ahora. —Apoyé su mano sobre mi vientre—. Pero si vuelve a amenazarme... si vuelve a amenazar a nuestra hija...
No terminé la frase. No hizo falta.
Alexander asintió.
—Vamos a hablar con mi padre. Juntos. Esta noche.
—¿Hoy?
—Hoy. Antes de que Valeria le cuente su versión. Tiene que saber la verdad. Que no eres una humana indefensa. Que eres una loba del norte. Y que si su hija vuelve a amenazarte...
—¿Qué?
—Tendrá que responder ante mí. Y ante la manada.
Respiré hondo.
Miedo. Pero también alivio.
Por fin, después de seis semanas de dudas, de noches en vela, de sueños con lobos blancos y manos heladas... iba a enfrentar a la familia de Alexander.
No como víctima.
Como lo que era.
Una loba.
