Capítulo 5 El Peso de la Verdad

Pasaron tres semanas desde que Kira llegó a mi apartamento.

Tres semanas de entrenamiento. Tres semanas de noches en vela. Tres semanas de mirar a Alexander y preguntarme si realmente podía confiar en él.

Pero también tres semanas de despertar entre sus brazos. De desayunar juntos en la terraza con vista al río. De noches que comenzaban con conversaciones tranquilas y terminaban conmigo hecha un ovillo contra su pecho.

Kira se había mudado al ático con nosotros. No porque Alexander confiara en ella —no confiaba—, sino porque yo lo pedí. Necesitaba aprender. Necesitaba entender qué era ese fuego que ella llevaba dentro y ese hielo que empezaba a congelar mis venas.

—Concéntrate —dijo Kira esa mañana, de pie frente a mí en la terraza acristalada—. El hielo no es rabia. Es control.

—Lo sé. Me lo has dicho cien veces.

—Y te lo voy a decir otras cien hasta que lo entiendas.

Cerré los ojos. Respiré hondo. Sentí el frío recorrer mi espalda, bajar por mis brazos, llegar a mis manos.

La escarcha brotó de mis dedos. No era mucha. Apenas unos cristales diminutos que brillaron un segundo antes de desaparecer.

—Mejor —dijo Kira—. La semana pasada no podías hacer ni eso.

—La semana pasada no sabía que podía hacerlo.

—Y ahora lo sabes. Eso es un comienzo.

Alexander apareció en la puerta de la terraza con una taza de café en cada mano. Sus ojos estaban grises hoy, no dorados. El lobo dormía.

—¿Ya terminaron? —preguntó—. Hay cosas que hablar.

—¿Cosas?

—Mi padre. —Dejó las tazas sobre la mesa—. Konstantin. Envió un mensaje anoche. Quiere verme.

—¿Y vas a ir?

—Tengo que ir. Es el patriarca. Si no voy, la manada lo interpretará como una debilidad.

—Entonces voy contigo.

—No.

—Alexander...

—Dije que no —su voz se endureció—. Mi padre no es como Valeria. No negocia. No se deja intimidar. Si vas conmigo, te usará como rehén. O peor.

—¿Y si te pasa algo?

—No me va a pasar nada.

—No puedes saberlo.

—Puedo intentarlo.

Esa frase. Siempre esa frase. Puedo intentarlo. Como si la intención bastara para mantenernos vivos.

Kira se puso de pie. Sus ojos blancos nos miraron a los dos.

—Yo voy con él —dijo—. No soy su pareja. No soy su familia. Soy solo una cazadora que quiere matar a la loba negra. Konstantin no tiene motivos para retenerme.

—¿Y si te retiene igual?

—Entonces lo quemo —sonrió—. Tengo permiso para defenderme.

—No es buena idea —dije.

—Es la única que tenemos. —Kira caminó hacia la puerta—. Además, quiero conocer al hombre que crió a un hijo como Alexander. Debe ser interesante.

—Interesante es una palabra —murmuró Alexander.

—¿Qué palabra usarías tú?

—Peligroso. Manipulador. Frío.

—Entonces tenemos algo en común.

Salió. La puerta de la terraza se cerró detrás de ella.

Alexander me miró. Sus ojos grises se habían oscurecido.

—No confío en ella —dijo.

—Lo sé.

—Pero confío en ti. Y tú confías en ella. Así que irá conmigo.

—No es que confíe en ella. Es que sé que su odio a la loba negra es más fuerte que cualquier otra cosa. Mientras su odio esté alineado con nuestra protección, podemos usarlo.

—Usarla —repitió—. No me gusta usar a la gente.

—No es usarla. Es aliarse —lo tomé de la mano—. Como nosotros.

—¿Nosotros somos una alianza?

—Somos una manada. Es diferente.

—¿Y ella?

—Ella es... —busqué la palabra—. Una invitada. Hasta que decida quedarse.

—¿Y si nunca decide quedarse?

—Entonces se irá. Y nosotros seguiremos adelante.

—¿Y si se queda?

—Entonces será parte de esto.

—¿De nosotros?

—De nuestra manada —lo miré—. No de nuestra cama.

—¿Y si yo quiero que sea parte de nuestra cama?

Me quedé en silencio.

—¿Quieres? —pregunté.

—No lo sé —apretó mi mano—. Pero no quiero cerrar la puerta.

—Tampoco quiero abrirla del todo.

—Entonces la dejamos entreabierta.

—¿Y si ella entra?

—Entonces hablamos.

—¿Y si no entra?

—Entonces seguimos.

—Eres complicado, Alexander Wolf.

—Soy tu alfa. Es lo mismo.

Sonrió. Esa sonrisa de lobo que me derretía las rodillas.

—Ven —dijo, levantándose—. Vamos a la cama.

—¿A dormir?

—A pensar.

—¿A pensar en qué?

—En cómo vamos a sobrevivir a esto.

—¿Y si no sobrevivimos?

—Entonces morimos intentándolo.

—Esa frase se está volviendo tu mantra.

—Es mi promesa.

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En el dormitorio, Alexander me desnudó despacio.

No con prisa. Con devoción. Como si cada centímetro de mi piel fuera un territorio que debía explorar.

—Eres hermosa —dijo, sus labios rozando mi hombro.

—Estoy embarazada.

—Más hermosa.

—Tengo estrías.

—Más hermosa.

—Estoy cansada.

—Más hermosa.

—Eres un mentiroso.

—Soy un lobo. Los lobos no mienten.

—Los lobos mienten todo el tiempo.

—Con la persona adecuada, no.

Su boca bajó por mi pecho. Lamió mis pezones. Chupó. Mordió suavemente. Mis dedos se enredaron en su cabello.

—Alexander...

—Disfruta —dijo contra mi piel.

Su boca siguió bajando. Vientre. Caderas. El interior de mis muslos. Cuando llegó a mi centro, ya estaba temblando.

—Mírame —ordenó.

Lo miré.

—¿Ves cómo te quiero?

—Lo veo.

—¿Ves cómo te necesito?

—Lo veo.

—Entonces dime que esto es para siempre.

—Esto es para siempre.

Su lengua encontró mi clítoris. Lamió despacio. Mis dedos se aferraron a su cabello. Mi espalda se arqueó.

—Así —gemí—. Así.

—Ven —dijo contra mi carne.

—Todavía no.

—Ven.

—Alexander...

—Alfa —su voz era un gruñido—. Dime alfa.

—Alfa, por favor.

—¿Qué quieres?

—Quiero venir. Quiero sentirte dentro de mí. Quiero que me folles hasta que no pueda caminar.

—¿Estás segura?

—Segura.

—¿No vas a huir?

—No voy a huir.

—¿Vas a quedarte?

—Voy a quedarme.

—Entonces eres mía.

Se colocó sobre mí. Su pene presionó mi entrada.

—¿Segura? —preguntó otra vez.

—Segura.

—Entonces eres mía.

Empujó. Entró. Profundo. Completo.

Grité.

No de dolor. De placer.

—Eres mía —dijo mientras se movía—. Siempre mía.

—Tuya.

—Dime que me quieres.

—Te quiero.

—Dime que siempre me vas a querer.

—Siempre te voy a querer.

Aceleró. Cada embestida era profunda, medida, intencional.

—Voy a venir —dijo.

—Ven conmigo.

—¿Segura?

—Segura.

—¿No vas a huir?

—No voy a huir.

—¿Vas a quedarte?

—Voy a quedarme.

—Entonces eres mía.

Su orgasmo desencadenó el mío. Los dos al mismo tiempo. Los dos gritando en la boca del otro. Los dos temblando.

Se derrumbó sobre mí. Su peso era un ancla.

—Te quiero, Sofía Wolf.

—Te quiero, Alexander Wolf.

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Después, en la cama, enredados, Alexander me acarició el pelo.

—Tu hermana tenía razón en algo —dije.

—¿Qué?

—Que no te conozco. Que llevamos tres semanas juntos. Que esto es rápido.

—¿Y?

—Y me da miedo.

—¿Qué te da miedo?

—Que me equivoque. Que esto no sea real. Que un día despiertes y ya no me quieras.

Alexander se incorporó. Me tomó del rostro con ambas manos.

—Sofía, no soy un humano común. Soy un lobo. Y cuando un lobo encuentra a su pareja destinada, no hay vuelta atrás. Puedes odiarme. Puedes dejarme. Puedes congelarme. Pero no voy a dejar de quererte. Nunca.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque sé lo que es la soledad —su pulgar acarició mi mejilla—. Y sé que esto es lo contrario.

—¿Y si algún día te aburres?

—Nunca me voy a aburrir. Eres demasiado complicada para aburrirme.

Sonreí. A mi pesar.

—Eso no es un cumplido.

—Es la verdad.

—Vas a tener que esforzarte más con los cumplidos.

—Voy a esforzarme más con todo. Con los cumplidos. Con el sexo. Con la confianza. Con ser el hombre que mereces —me besó la frente—. Puedo no ser perfecto. Pero voy a intentarlo. Día a día. Hasta que no te quede ninguna duda.

—¿Y si nunca se me van las dudas?

—Entonces seguiré intentándolo. Hasta que se me acabe el tiempo.

—Eso es muy romántico.

—Soy un lobo romántico. Con la persona adecuada.

—¿Y yo soy la persona adecuada?

—Eres la única.

El latido en mi vientre se intensificó.

Como si el bebé estuviera de acuerdo.

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El teléfono de Alexander sonó a las tres de la madrugada.

Se incorporó de un salto. Su cuerpo estaba tenso, sus ojos ya dorados.

—¿Máximo? —dijo al teléfono—. ¿Qué pasa?

Escuchó. Su rostro palideció.

—¿Cuándo? —preguntó—. ¿Dónde? —hizo una pausa—. No. No hagas nada. Voy yo.

Colgó.

—Alexander, ¿qué pasa?

—Konstantin —dijo, poniéndose de pie—. Está muerto.

El mundo se detuvo.

—¿Muerto?

—Asesinado. En su casa. Alguien entró y lo mató.

—¿Quién?

—No lo saben. Pero dejaron una marca —me miró—. La marca de la loba negra.

Mi mano bajó a mi vientre. El latido se aceleró.

—¿Eso significa...?

—Que no está en el norte. Que ya está aquí —se vistió a toda prisa—. Tengo que ir. Ver el cuerpo. Hablar con la manada.

—Voy contigo.

—No.

—Alexander...

—Dije que no —me tomó del rostro—. Te quedas aquí. Con Kira. Con los guardias. No sales de este ático hasta que yo vuelva.

—¿Y si no vuelves?

—Voy a volver.

—¿Y si no vuelves?

—Entonces corres —apoyó su frente contra la mía—. Tomas a Luna y corres. Llegas a Canadá. Cambias tu nombre. Le enseñas a nuestro hijo quién fue su padre. Y le dices que lo amaba antes de conocerlo.

—No voy a tener que decirle eso porque vas a volver.

—Sofía...

—Te quiero —la frase escapó sin pensarla. Pero no quise recuperarla—. Te quiero, Alexander Wolf. Y no voy a permitir que te mueras antes de que pueda decírtelo suficientes veces.

Él soltó un sonido ahogado. No un gruñido. Un sollozo.

Nunca había visto llorar a un hombre lobo.

—Te quiero —respondió—. Te quiero tanto que duele.

Me besó. No fue un beso de lobo. Fue un beso de hombre. De miedo. De promesa.

—Espérame —dijo—. Espérame y todo va a estar bien.

—No prometo nada.

—Lo sé.

—Vuelve.

—Vuelvo.

Y se fue.

La puerta se cerró.

Me quedé en la cama, con las sábanas enredadas entre mis piernas y el latido de Luna en mi vientre.

Kira apareció en la puerta del dormitorio.

—Escuché todo —dijo.

—Lo sé.

—¿Qué vas a hacer?

—Esperar.

—¿Y si no vuelve?

—Entonces lo busco.

—¿Y si está muerto?

—Entonces lo vengo.

Kira sonrió. Su sonrisa de loba.

—Eso es lo que iba a decir.

—¿Cómo?

—Porque eres una loba del norte. Y las lobas del norte no se rinden.

Se sentó en el borde de la cama.

—Ahora duerme —dijo—. Mañana empieza el entrenamiento de verdad.

—¿Entrenamiento?

—El hielo. La lucha. Todo. Tienes mucho que aprender.

—¿Y si no puedo?

—Puedes —su mano encontró la mía—. Porque no estás sola.

Y en la oscuridad del ático, las dos nos quedamos en silencio.

El frío ya se extendía por mis venas.

Pero ahora, también había fuego.

Y rabia.

Y una promesa.

Vuelve, Alexander. Vuelve o te busco.

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