Capítulo 2 Infiel
No podía creer lo que me había dicho Daniela, Ricardo se iba a casar y anoche habíamos tenido relaciones. ¿Era eso normal? Significa que Ricardo es infiel. Estoy tan confundida ahora. Daniela se había ido con su jefa hace un rato. Esa tal Leticia me pareció muy antipática.
—¿Roberta?
Elevé mi vista para ver a mi sexy jefe parado frente a mi. Me puse de pie de inmediato.
—Iré a cenar con unos clientes y necesito que me acompañes —me dice serio.
—¿Yo?
—Si, mi secretaria tiene que andar conmigo en las comidas de negocios, Roberta, acostúmbrate. Toma tus cosas y vámonos. No me gusta que me hagan esperar.
—Está bien —tomé mi bolso y las carpetas y lo seguí por el pasillo hasta llegar al ascensor. Los dos nos adentramos, había silencio, un silencio incómodo hasta para mi. Traté de olvidar lo que pasó anoche y concentrarme en que necesito trabajar para salir de la posilga en la que vivo y alejarme de mi familia una vez por todas.
—Te voy a pedir que no le digas a nadie sobre lo que pasó anoche —murmura rígido, sin verme.
—No pensaba hacerlo, señor.
Respondí en el mismo tono con que el me lo dijo. Tampoco iba a dejar que este sexy hombre me humillara y me hiciera sentir como que lo que pasó anoche fue un error cuando yo no lo sentí un error. Pero tenía mi orgullo aún. Fue rico, lo sé, pero no, señor, no dejaré que me haga sentir tan miserable.
—Perfecto.
Rodé los ojos y salimos del ascensor. Caminamos hasta el parqueadero donde un flamante Lamborghini nos esperaba. Bueno, a él.
—¿Donde es el almuerzo? Para seguirlo en el taxi.
Casi rió.
—Cuando digo que vienes conmigo, es conmigo —repitió, abriéndome la puerta del copiloto.
Mandón.
Como me gustan.
Me subí sin rechistar y me puse el cinturón. Este auto olía a nuevo, muy bien. Ricardo se montó al asiento principal y arrancó rápidamente.
—Solo quiero que vayas anotando cosas importantes que se hablarán en la reunión, luego me las dices en la empresa, necesito que estes muy atenta, son clientes muy importantes y el nuevo proyecto que tenemos en mente depende de si ellos quieren invertir con nosotros o no.
—Claro —asentí.
La falda se me subió un poco así que la bajé rápidamente ya que había notado que Ricardo le había puesto el ojo. Si, Ricardo, todo esto fue tuyo anoche y podría volver a serlo pero le tienes miedo al éxito.
Nos estacionamos en un bonito restaurante, bajamos y nos adentramos. Había una mesa reservada para los clientes ya, nos dirigimos a ellos. Eran tres hombres maduros pero muy simpáticos. Todos estos hombres de sociedad están más buenos que quien sabe que.
—Harold, ¿Que tal? —mi jefe saludó a cada persona.
—¿Ella es tu esposa? —me señaló uno a mi—Es muy hermosa, Ricardo, te felicito.
Me sonrojé.
Ricardo me dio una mirada rápida.
—No, es mi secretaria.
Me sentí poca cosa cuando dijo eso. En fin, nos sentamos.
—Discúlpame, aún no tenemos el placer de conocer a tu esposa en persona, pensé que ella era.
—No te preocupes, Jared, todo bien.
Almorzaron mientras platicaban, me ofrecieron a mi pero me negué, no me arriesgaría que estos señores elegantes me vieran comer como lo hago yo. Solo me limite a ponerles atención a lo que decían, cada cosa, anotar y estar atenta a como mi jefe me había dicho. No quería defraudarlo o perder el trabajo.
Llevábamos una hora aquí y ahora sí que me estaba entrando el hambre. Esa costilla de cerdo que tenía el señor Ronald en su plato estaba muy apetecible. Ni siquiera había desayunado. Me limite a tomar agua nada más.
—Gracias por todo —ellos se pusieron de pie—estaremos en contacto, Ricardo, ahora más que nunca —le dijo Jared, mirándome descaradamente. Me puse recta y le sonreí amablemente. Él me devolvió la sonrisa. Todos lo notaron, incluso mi jefe que carraspeó. —Nos vemos, bella dama —Jared tomó mi mano y la besó.
—Nos vemos. —dije tímida.
Los tres hombres se fueron, dejándonos solos al fin. Estaba cansada y con hambre.
—¿No comerás nada? Trabajaremos hasta tarde hoy, te lo advierto —me dijo el.
—Hmm no, bueno si. No lo sé —estaba tan indecisa.
—Mesero —llamó Ricardo—por favor tráigale el plato del día a la señorita y algo de tomar.
—Si, señor.
—Oye, es que la verdad este lugar es muy caro y ahorita no tengo dinero. Voy a cancelar la orden —hice el amago de levantarme pero me detuvo.
—Yo te lo pago.
—No es necesario.
—Es una orden, Roberta.
—Bueno.
Me senté de golpe.
—Anoté lo que me pediste —le hice saber.
—Luego me lo enseñas.
Silencio.
—Conocí a tu futura esposa. —murmure, y ni siquiera sé por qué se lo dije. Va a pensar que soy una entrometida.
—¿Y?
—Yo... es bonita.
—Ujum —murmuró mientras tenía la mirada en su tablet.
—Lo que no entiendo es por qué.
El sabía a lo que yo me refería con ese comentario.
—Limítate a hacer tu trabajo nada más, Roberta.
—Ricardo, yo... perdón, señor Ricardo, solo quería que me aclarara si era usted infiel o...
—Roberta —me dijo de golpe, mirándome con esos ojos que anoche me deseaban. Anoche me comían con la mirada.
—Dime —yo estaba como embobada con el.
¡Reacciona, Roberta, reacciona!
—Por favor, no me hagas despedirte.
Golpe bajo.
—No, por favor. No sabes como necesito el trabajo.
—Entonces no... no te metas en mi vida privada por favor. Se que tienes dudas y lo que pasó anoche quizás te dejó con alguna ilusión pero no, solo fue algo de una noche.
Y aquí estaba yo, sintiéndome arrastrada. Sintiéndome que le estaba rogando a un hombre por atención. Eso me hizo despertar de mi sueño, eso me hizo mirarlo con malos ojos aunque fuera mi jefe.
—Si me disculpa, señor Ricardo, pero es mi hora de almuerzo y tengo hasta las dos de la tarde, iré a almorzar porque estoy en todo mi derecho y luego vuelvo. Nos vemos, señor. —me levanté del asiento y salí del restaurante sin mirar atrás. Quería llorar por ser tan estupida. ¿Por qué tuvo que ser él mi jefe? En serio, no lo entiendo.
Me metí a un lugar de comida rápida y almorcé con pesadez. Hasta el hombre se me había quitado.
Si Ricardo quería que actuáramos como si nunca nos hubiéramos conocido estaba muy bien. Lo haría.
Esa tarde en la oficina solo me limité a darle los informes y a pasarle llamadas. Jamás lo miré a los ojos, me limité a responder sus preguntas de forma seca, como toda una profesional que nunca tuvo una noche de pasión con su jefe y ya. Hice todo el trabajo que la secretaria anterior había dejado en vano y lo dejé listo en su escritorio. Cuando eran las siete de la noche, la hora en que tenía que salir de trabajar, tomé mi bolso y rodeé el escritorio para irme.
—¿Ya te vas? —Ricardo sale de su oficina.
—Si, es mi hora de salida. ¿Por qué? ¿Tendré que quedarme horas extras?
—Te dije que trabajaríamos hasta tarde hoy.
—Pero las horas extras no estaban en mi contrato, lo siento, señor. —me giré y caminé orgullosa hacia el elevador.
•
—¿Es tu jefe? —Tara se quedó boquiabierta con lo que le había contado—El hombre más guapo de todo el estado fue tu amante de una noche y resulta que es tu jefe.
Asentí. Estábamos en su casa, la verdad no quería ir a la mía.
—no se si es el destino o mala suerte.
—Mala suerte diría yo. Se porta grosero como si nunca me hubiera hecho suya hasta más no poder —mordí mi labio inferior.
—Ay, amiga, lo siento tanto.
—Está bien. El señor quiere jugar a que jamás nos conocimos así que eso le daré.
—Eso, no te dejes amedrentar por el. Piensa, si estuvo contigo quiere decir que no quiere a la tal Leticia.
—Quien sabe. Solo Ricardo sabe lo que siente y lo que quiere.
•
Dias después.
Los demás días fueron tan fríos como el que hacía el Seattle, solo me limité a trabajar y a hacer mis deberes como la secretaria del dueño de la empresa. A veces me decía que lo acompañara a comidas de trabajo, lo hacía, pero me iba en taxi y lo alcanzaba en el restaurante. Nada mas. No le dirigía la palabra que no sea por trabajo. Y creo que estaba empezando a desconcertarlo un poco. Estaba en mi oficina trabajando tranquilamente cuando Ricardo apareció tarde a la empresa, venía un poco extraño. Su pelo estaba hecho un desastre y parece que llevaba la misma camisa de ayer. Pensé en lo peor. Pensé en que tuvo una noche loca con otra mujer y hasta ahorita esta llegando.
Dios, ¿que son estos celos?
—Buenos días, señor Grayson —le dije como todas las mañana. El me miró. —¿Se le ofrece algo?
Se quedó pensativo un momento.
—Si, ven a mi oficina —dicho eso se metió en su oficina.
Hmm parece que alguien amaneció de malhumor. Me puse en pie y abrí la puerta, cerrándola estando dentro. Ricardo se quitó la camisa dejando ver ese cuerpo que fue mío hace unos días. Sus abdomen plano, sus fuertes brazos.
Carraspeé y miré a otro lado que no sea el.
—¿Alguien ha preguntado por mi? —me pregunta.
—Nadie.
—¿Leticia?
—No ha venido.
—Está bien, mejor.
¿Que habrá pasado? La curiosidad me mata.
—Ayúdame aquí —me dice, se había puesto otro saco y quería que le ayudara con la corbata. Me acerqué un poco recelosa pero le ayude a acomodar la corbata. Estábamos muy cerca para mi gusto y ese olor volvió a inundar mis fosas nasales.
No caigas, Roberta, no caigas. ¡Es una trampa! A los hombres no les gusta perder. Se la terminé de acomodar, me iba a alejar pero Ricardo me tomó de la mano. Lo miré a los ojos por primera vez en días.
—¿Que pasa? —quise saber.
—Me encontré a Jared por ahí —me dice—no habrá negocio con ellos, quítalos de la lista.
Fruncí el ceño pero asentí.
—Está bien.
Mi mano...
—¿No quieres saber por qué? —apretó un poco la mano.
—Eh... no creo que me incumba —le dije, sus ojos me penetraban.
—Jared dijo cosas sobre ti.
Me asusté.
—¿Que cosas?
—Dijo que estabas hermosa, que quería salir contigo y se preguntó si serías buena en la cama. ¿Y sabes que le respondí yo?
Mis mejillas ardieron.
—¿Q-que?
—Le dije que eras buena en la cama y luego de eso le di una golpiza.
Por eso venía todo hecho un desastre. Tragué grueso porque no podía creer que eso haya pasado.
—No entiendo por qué hizo eso —le dije, tratando de zafarme de su agarre pero no me soltaba, es más, me agarró la otra mano también. Me tenía acorralada.
—Yo tampoco lo entiendo. Solo sé que me dio rabia oírlo decir eso, Roberta. Me dio rabia porque sentí que fui el primero en tu vida —murmuró.
Dios, ¿como lo supo? Si, era virgen cuando me acosté con Ricardo, el efecto de todo me hizo querer cometer esa locura. Pero Ricardo fue el primero.
—¿Lo fui? —quiso saber.
—esas son cosas personales y privadas y yo que recuerde preguntas cosas personales quedó prohibido.
—Roberta, déjate de rodeos y dímelo. —se acercó más, podía sentir su aliento cerquita de mi boca. Como quisiera besar esa boca.
—No te lo diré —me quise zafar.
—Dímelo, Roberta, necesito saberlo.
—Oblígame —elevé una ceja y lo reté.
Eso hizo que las pupilas de Ricardo se dilataran más, no se que pasó, o en qué momento sucedió pero Ricardo me estampó contra la pared y me besó como si su vida dependiera de ello. No me negué, también lo bese como si no hubiera un mañana porque deseaba hacerlo desde que lo volví a ver. Ricardo me abrió la camisa y me acostó en su sofá.
Sabía lo que venía después.
