Capítulo 4 Creer

No debí hacerlo, pensé para mis adentros. No debí hacerlo. Cuando me separé de Max mi jefe ya no estaba, ¿en donde se metió? Max estaba que no se lo creía.

—Roberta... —balbuceó. Ahora le di esperanzas a este chico tal y como Ricardo me las daba a mi. Genial. Soy una persona horrible. Pero Max es tan dulce y tierno que quizás me logre enamorar de él.

—Max. —sonreí, mirando para todos lados en busca de mi jefe. Lo encontré en una esquina fumándose un cigarro. ¿Y a dónde se metió su mujercita? Justo a la par mía pasó Leticia patinando, se dirigió contoneándose hacia Ricardo y se quedó en la barda para hablar con el.

Ricardo.

Se acercó a su prometida y se inclinó hacia ella. No, no puedo seguir aquí y ver esto. Me aparte de inmediato de Max y patiné lejos de él, en mi mente estaba la posibilidad de que ellos dos se besaran y me dolería mucho. ¿Por qué tengo que ser tan fácil con Ricardo? Si este hombre lo único que hacía era tener sexo conmigo y luego ignorarme. Por ir pensando en otras cosas no me fijé y pegué con un chico, el golpe me hizo caer al duro hielo y me golpeé la cabeza.

Miré doble, escuché los bullicios de la gente a lo lejos. Estaba como fuera de mi misma.

—¿Roberta? —escuché la voz distorsionada de Max, acercándose a mi—¿Estas bien?

Parpadeé varias veces sin entender, ese golpe me había afectado un poco.

—¿Roberta? —pero otra voz apareció y un hombre con cara preocupada se aproximó hacia mi y me tomó en sus brazos.

Ricardo.

¿Estaré alucinando?

—To golpeaste fuerte, voy a llevarte al hospital —lo escucho decir.

—Voy contigo —le dice Max.

—Ricardo, no me puedes dejar aquí —sentí que me cargaron—¡Ricardo! —esa era la voz de Leticia. Cerré mis ojos porque me dolía mucho. En los brazos de Ricardo me sentía segura, apreté fuertemente su camiseta para luego dejarme ir.

Me había desmayado.

Abrí mis ojos con algo de dificultad, la luz blanca me cegaba. ¿Me morí y esa es la típica luz blanca que ven las personas cuando mueren? Ay no, estoy muerta. ¡No! Me senté de inmediato y fue como si todo volviera a mi. El golpe, Ricardo cargándome.

—Roberta —Ricardo se sentó a la par mi. Verlo allí, tan clarito, parece real.

—¿Estoy muerta? —le pregunté.

El rió. Casi no lo veía reír.

—Solo estas en el hospital, te golpeaste la cabeza.

Me llevé una mano a mi cabeza porque dolía un poco.

—El medico dice que no es nada grave y que solo fue un golpe momentáneo, que volverías con nosotros en cualquier momento. Y aquí estás, me siento mejor ahora.

Achiqué los ojos en su dirección, se veía preocupado. ¿Por qué Ricardo me trajo si no le importaba?

—¿Y Max?

Miré que se tensó y apretó sus puños.

—Max fue a la cafetería. No se quería despegar de ti para nada. Lo tuve que convencer.

Suspiré aliviada.

—Gracias por traerme pero ya me siento bien —hice el amago de ponerme en pie, sin embargo Ricardo me tomó de la cintura para ayudarme.

Ese toque... ese toque me quema.

—¿Max es tu novio? —me preguntó de pronto.

¿Que se supone que respondería a eso? Apreté los labios sin saber que decir.

—No, pero en esas estamos —le dije.

Apretó su mandíbula y asintió. ¿Estaba enojado? ¿Celoso? ¿Que? Estaba tan confundida.

—¿Por qué? —quise saber.

—Porque hemos hecho el amor dos veces y no sería Justo para Max.

El amor.

Dijo que "hacemos el amor" y no "tener sexo" esas cosas son las que me ponen en duda.

—¿Y para Leticia lo es? —me cruce de brazos para verlo. —Es tu prometida, ¿no?

—Lo es. Pero es algo que no entenderías —respondió.

—¡Roberta! Despertaste —Max apareció en la puerta.

—Te veo mañana en la oficina —fue lo único que me dijo mi jefe para después largarse por esa puerta. Apreté mis puños porque a veces me sacaba de mis casillas. Ricardo era el hombre más complicado que podía existir.

—¿Te sientes mejor?

—Si, me siento mejor. Vámonos.

—Me preocupaste mucho —Max me tomó de la mano. No sentí nada con su toque a como siento con cada roce de Ricardo. Tengo que olvidarlo, me dije, tengo que olvidarlo.

Salimos del hospital y nos montamos al coche de Max.

—Gracias por aceptar salir conmigo aunque haya resultado muy malo para ti. Lo siento. Me siento culpable —me decía Max mientras ponía el coche en marcha.

—Max, no fue tu culpa. Yo siempre he sido torpe así que no te sientas así. Me gustó la salida —lo miré y le sonreí. Max me sonrió tímidamente también. Estaba como nervioso. No se.

—Gracias —fue lo único que me dijo. Minutos después llegué a la casa, a esa casa que no me gustaba para nada. Noté a mi abuela en la entrada.

—Te veo después —le dije, bajándome y yendo a la entrada rápidamente.

—¿Quien es ese chico? —me pregunto mi abuela.

—Un amigo —me limité a decir, para después entrar a la casa.

—¿Que amigo? —me preguntó quien se supone que es mi tío. Lo odiaba y odiaba más que se metiera en mis cosas. —Vaya, al parecer la señorita ya empezó a tener citas —me dijo. Todos estaban en la sala, mi abuelo, la abuela ya había entrado. También estaba mi otro tío que casi no se metía con nadie, mi primo.

—Eso es algo que no te importa —le dije, espetándole las palabras.

—¿Como me hablaste? —se acercó.

—Ya no respetas a la familia —me regaña mi abuela, siempre apoyando a su hijo preferido. —Malcriada.

—Los respetaré cuando ustedes me respeten a mi —le exclamé a ella, porque era mas que la verdad. Pero algo pasó, sentí un fuerte golpe en mi mejilla que me hizo caer al piso. Miré a mi tío de pie, me había golpeado.

—A mi madre la respetas y no le gritas —me tomó de las brazos para ponerme de pie y darme otro golpe en la mejilla.

Lloré, acepto que lloré mientras lo hacía.

—¡Suéltame! —grité. Se había vuelto un escándalo de nuevo. Mamá bajó rápidamente del segundo piso.

—¿¡Que está pasando aquí?! Suéltala —le exigió a su hermano. Mi tío me soltó y me tiró al piso. Sabía lo que venía después, corrí escaleras arriba y me encerré en mi cuarto a llorar. Abajo se escuchaba a mi madre pelear con mi tío y también escuché a mi tío amenizando con pegarle. Estaba llorando pero de rabia. No podía ser que jamás pudiéramos salir de esta maldita casa, ellos eran los demonios. Me miré en el espejo, tenía sangre en mi labio inferior y sangre saliéndome de la nariz. Saqué mi celular y me tomé fotos así, porque necesitaba tener evidencias por si un día decidía hablar. Me fui al baño y me hice bolita para seguir llorando, no quería escuchar los gritos de todos ahí abajo. Pero sabía que duraría toda la noche.

Desperté de golpe, sintiéndome dolida la cara. Miré mi reloj de mano y noté que eran las ocho y media. ¡No puede ser! Es súper tarde. Se supone que debería de estar a las siete en la empresa. Me quité la ropa de inmediato y me di un baño rápido. Salí y busqué lo primero que encontré para ponérmelo. Esta vez fue un vestido holgado, me puse las medias negras y unos tacones. Me miré en el espejo, se veía el moretón en mi labio y cachete. Jamás podría pasarlo desapercibido. ¿Y si le digo a Ricardo que no iré hoy? Me peiné y dejé el pelo suelto, quizás si me tapo a la hora de hablar no sé noté. Además casi no hablo con nadie. Tomé el bolso y salí corriendo de la habitación, salí corriendo de esa casa. Busqué un taxi y me fui a la empresa.

Al llegar me bajé, caminé hacia el ascensor con la vista abajo, tratando de taparme con el pelo.

—Buenos días, señorita —me dice el portero.

—Buenos días —le dije.

Cuando llegué al segundo piso me encontré a Daniela en el pasillo.

—Buenos días, Roberta, pensé que no ibas a venir.

—¿Ha dicho algo Ric... digo, el señor Ricardo?

—No, incluso pensó que tampoco ibas a venir pero no estaba enojado. Me contó que ayer tuviste un pequeño incidente.

—Si —respondí, bajando la vista.—voy a mi escritorio, hablamos después—hui de Daniela y me fui a mi pequeño escritorio. Me senté y empecé a trabajar, tenía trabajo de ayer así que terminé de hacer ese. Si tenía algo de suerte Ricardo no saldría de esa oficina hasta que yo me vaya.

Me giré para sacara unas copias.

—¿Roberta?

Me tensé al escuchar la voz de mi jefe detrás de mi.

No puede ser.

—Pensé que tomarías el día libre —me dice.

—No, tengo que trabajar —conteste sin girarme.

—¿Te sientes bien?

—Lo estoy.

—Roberta, mírame. Es de muy mala educación darle la espalda a tu jefe.

—Estoy ocupada —le dije.

—Roberta, te estoy hablando —ahora si su voz era autoritaria. Tomé las copias y las puse desde la nariz hacia abajo. Me giré, mirándolo.

—¿Que?

—Quítate eso de la boca —tomó los papeles antes de que pudiera detenerlo.

Y pasó lo que temía que pasara.

Ricardo se quedó observando mis golpes en la cara. De inmediato me tape con la mano.

—¿Que... quien demonios te golpeó, Roberta? Dímelo y ahorita mismo voy y le parto la cara —parecía enojado.

—Nadie.

Ricardo me tomó del brazo y me hizo ponerme de pie, me llevó a su oficina y nos encerramos. Ricardo me tomó de la cara e inspeccionó mis golpes.

—¿Quien te lo hizo? —demandó—Roberta, no te quedes callada. ¿Fue Max?

—¿Que? No —admití—me caí en el baño ayer, soy muy torpe, ya lo sabes.

—Pues no te creo. Roberta —ahora su tono era más suave, como tendiéndome paciencia—dime quien fue, por favor.

Lo miré a los ojos.

—No puedo —medio sonreí.

Ricardo negó con la cabeza.

—No puedo creer que no seas capaz de hablar —me dijo—Solo quiero ayudarte y protegerte. No puedo permitir que te pongan una mano encima.

—¿Por qué?

El se quedó pensativo.

—Soy tu jefe y mi deber es velar por mi gente —respondió.

—¿En serio? ¿Esa es tu excusa?

—No es excusa, es la verdad.

—Bueno, pues está empleada no te dirá nada. Son cosas personales y allí no tienes nada que ver —iba a girarme pero Ricardo me tomó de los brazos y me hizo que lo viera. Ahora estábamos muy cerca.

No caeré de nuevo. Me besó el cuello, haciendo que mis piernas se sintieran débiles. Su boca pasó a mis moretones y los besó. Sentí su toque cálido, sus besó cálidos. Me empecé a sentir más relajada y bien. ¿Por qué me haces esto, Ricardo? ¿Es tu manera de manipularme?

—Ricardo... te vas a casar.

—¿Y?

—No podemos hacer esto —murmuré.

—Yo quiero — me dijo, tomándome de la cara para que lo mirara. Sus ojos tenían mucho placer, se veían deseosos—Te necesito —me dijo, como confesándomelo. Mordí mi labio inferior y él lo notó. No nos aguantamos más, Ricardo me besó y yo le correspondí el beso. De inmediato me cargo para el sofá que se había convertido en nuestra cama. Ricardo me acostó y me quitó los zapatos, las medias y el vestido. Se quitó su traje rápidamente para después besarme los labios, el cuello, mis pechos. Todo.

Esa mañana Ricardo me hizo el amor con tanta pasión que parecía irreal la manera en la que lo hacíamos. Gemidos por aquí y por allá. Bajos claro está porque podían escucharnos.

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