Capítulo 7 Problema
—Pues nada. El problema es con el señor Ricardo y como no eres nada suyo estas a salvo —murmuró.
Me dio escalofríos al saber eso.
Me acordé de la vez pasada en el restaurante cuando nos tomaron fotos a Ricardo y a mi. Jamás vi esas fotos en primera plana a como había dicho Ricardo.
Sospechoso.
Nos metimos al elevador.
—¿Y que les pasa a las personas que están con Ricardo?
—Hmm eso sí no te sabría decir. Solo el señor Ricardo sabrá sus problemas.
—Si, solo el los sabe.
Salimos del elevador.
—Te veré en unas horas. —me dice.
—Está bien.
Fui a mi escritorio y dejé mis cosas. Luego hice un poco de café y entré a la oficina de Ricardo, la arreglé un poco, la ambienté, acomodé sus carpetas y papeles y dejé el café encima de la mesa. En eso la puerta se abrió y Ricardo apareció.
—Buenos días, señor Ricardo —le dije, amablemente. Como si nunca hubiéramos hecho de todo en ese sofá.
—Buenos días.
—Aquí está su café —se lo tendí.
—Gracias, Roberta. ¿Alguna novedad?
—Si, quería saber cuándo será el baby shower para anotarlo en su agenda —lo molesté.
Ricardo me miró con malos ojos.
—No sabes lo que dices.
—Tiene razón. No se lo que digo, me retiro.
—No, espera...
Me giré y lo miré.
—¿Si?
—¿Como estas? —me preguntó.
—Bien.
—¿Segura?
—Si, ¿por qué?
—Porque ayer... parecías un poco enojada y me dijiste muchas cosas.
—Dije la verdad es todo.
—No creo que se la verdad, Roberta.
—Hmm para mi lo es.
—Roberta... —Ricardo se puso de pie y caminó hacia mi.
Peligro, gritaban mis sentidos.
—Hasta hace apenas antier te estaba diciendo que éramos novios y me dejaste como si nada.
Me reí. ¿En serio estaba hablando de eso ahorita?
—¿Es broma?
—No —respondió serio.
—Pues espero que sea broma. ¿Que clase de mujer crees que soy, Ricardo? ¿Una cualquiera a quien puedes utilizar? Pues déjame decirte que no. Quizás lo que tuvimos fue un error muy grande, si hubiera sabido que serías mi jefe jamás, escúchame, JAMÁS me hubiera acostado contigo. Pero ¿que te puedo decir? La gente comete errores.
—Roberta, tus palabras me lastiman.
—Y a mi me lastiman tus acciones. Ayer estabas festejando que serías padre, Ricardo. Y me vienes a decir a mi que si somos novios. Eres peor de lo que imaginé.
—Estas confundida. Déjame que te explique.
—No quiero que me expliques nada, ¿ok? —rodé los ojos y salí de allí rápidamente. No me puedo agitar, me dije a mi misma. Me senté en el escritorio y me digné a trabajar.
Horas después tomé mis cosas y fui en busca de Daniela.
—¿Ya es hora?
—Si —me tomó de la mano y me llevó por un pasillo que no conocía. Habían más cubículos y más personas. Hmm aquí estaba más movido. Daniela me llevó al escritorio de una señora, habían otros esperando. Creo que ella era la que pagaba. —Hola, señora Flora, estamos aquí por el pago.
—Claro. ¿Ella es...? —me señaló.
—Roberta.
Buscó en los sobres mi nombre y lo encontró, me dio el sobre y también le dio el de Daniela.
—¡Gracias! —exclamó Daniela.
Nos fuimos por donde vinimos.
—¿Iremos de compras al fin?
—Solo un rato si, tengo que ir con mi amiga. Aprovecharé que tenemos la tarde libre para estar con ella.
—Por mi está bien.
•
—¿Cuánto pagan? —quise saber. Cuando conté mi dinero había demasiado y no creo que una secretaria gane eso.
—Las secretarías ganamos tres mil quincenal. ¿Por qué? ¿Te dieron menos? —quiso saber. Estabamos en una tienda muy bonita. Daniela buscaba ropa elegante y ropa casual. ¿Tres mil dólares quincenal? Entonces tuvo que haber algún error conmigo porque en mi sobre no había tres mil sino quince mil dólares. Con esto me pago un apartamento y varios meses de renta, compro comida para todo el mes y aún me sobra.
—No. ¿Quien se encarga de pagar?
—La señora que nos dio el cheque. Pero a ella se lo mandan desde presidencia, o sea, el señor Ricardo.
Sabía que el tenía algo que ver en esto. ¿Quien se cree que soy para que me compre así? Guardé el dinero muy bien porque antes de irme donde Tara le haría una visita corta a Ricardo.
Pasamos un buen rato comprando algunas cositas. Cuando veía cosas de bebés como cunas y biberones me daban náuseas pero también me daban ternura. Ahorraré para darle una buena vida a mi bebé y que no le falte nada. Ya que su padre jamás sabrá de su existencia.
—Gracias por acompañarme —me dice Daniela, saliendo del centro comercial.
—De nada. Nos vemos el lunes.
—Hasta el lunes. —Daniela se fue en la dirección contraria, iba comiéndose un helado. Paré un taxi y me dirigí a la empresa.
•
—¿Que es esto? —le cuestioné a Ricardo, mostrándole el sobre con mi nombre.
—Hmm tu pago.
—¿Mi pago por qué? —quise saber—Aquí hay más que un sueldo de secretaria, Ricardo. ¿Por qué me pagas? ¿Por haberme acostado contigo? ¿Es eso?
Ricardo me miró con ojos de enojo, tanto así que me dio miedo.
—¿Sabes que, Robertita? —se puso de pie—Piensa lo que quieras, ese será tu sueldo quincenal a partir de ahora. Si no lo quieres regálalo, pero no cambiaré mi decisión.
—Si estás pensando que yo vuelva contigo solo por este dinero estás muy equivocado.
—Jamás pensé eso, Roberta. —parecía sincero—Ya estoy sabido que no volverá conmigo a pesar de no haber escuchado mis explicaciones.
—¿Que explicaciones, Ricardo? Me vas a volver loca. Estas con Leticia y luego vienes conmigo, tendrás un bebé con ella y yo... —me detuve en seco porque casi se me sale que estoy embarazada también—... yo no soy juguete de nadie.
—¿Y quien está hablando de que eres un juguete? Por Dios, ¿sabes que? Ya vi que tenemos que tener una conversación muy larga nosotros dos —se puso su saco—ven conmigo —me tomó de la mano y ambos salimos de la oficina.
—¿A donde me llevas? —quise saber estando en el ascensor.
—Ya lo verás.
—No me aprietes tanto, duele —me quejé.
Las puertas se abrieron así que salimos de la empresa. Ricardo me abrió la puerta del copiloto de su carro y me hizo montarme. No tenía otra opción que escucharlo para ver qué tenía para decirme.
Ricardo se montó al asiento del conductor y arrancó.
—¿A donde vamos? —quise saber. Era de noche, quizás las siete y media. Tenía hambre y frío. —Apaga el aire aunque sea.
—¿Por qué? ¿Estas enferma?
—No pero tengo frío.
Según también leí algunas madres pueden experimentar algo de gripa en los primeros meses o semanas de embarazo. No lo sé, la verdad es que no sé nada. Ricardo me hizo caso y apagó el aire.
—Gracias.
Salíamos de la ciudad, me llevó por un camino de tierra, en el bosque, una montaña.
—Oye, en serio, ¿que hacemos aquí? Me estás dando miedo —recriminé.
—Hmm deberías de tener miedo. —me molestó.
Lo miré mal.
—Soy un asesino en serie y te mataré—me dio una mirada rápida mientras reía.
—Ja-ja, que gracioso. Como comediante te mueres de hambre.
