Capítulo 8 Enojo

—Solo trato de hacer esto un poco más ligero. No quiero que estes enojada conmigo. Fui sincero en ese restaurante —se detuvo frente a un enorme acantilado.

Wow.

Desde aquí se podía ver toda la ciudad, las estrellas, la luna. Vaya, que impresionante.

Salí del coche y caminé hacia adelante.

—Que hermoso —murmuré.

—Lo es.

—Es mi lugar favorito y eres la única que lo conoce. —admitió.

No sabía si creerle o no.

—Vengo aquí cuando me siento mal, perdido, triste. Aquí solo escuchó el ruido de las hojas, el sonido del búho.

—Hmm —me senté en el capo de su coche. Ricardo también se sentó junto a mi. —¿Y por qué me traes aquí?

—Porque me siento mal —admite. No quería que se sintiera mal, es lo menos que quería—la chica que me gusta no me cree, no me acepta. Me ignora, me hiere.

—¿Y quien es esa? —espeté de mala gana.

Rió.

—Está sentada junto a mi.

—Ricardo...

—Te lo voy a explicar una vez, Roberta. Leticia y yo fuimos novios un año y medio para darle gusto a nuestros padres. Leticia siempre estuvo enamorada de mi hermano Trevor y aún lo está, ellos se ven cada vez que pueden. Mis padres no saben nada de eso, Leticia está esperando un bebé, si —me tense cuando dijo eso—pero no es mío —me miró. Yo no lo miré, solo me quedé quieta ante lo que me dijo. ¿No es suyo? —es de mi hermano Trevor. Leticia me lo contó hace algunos días y me dijo que no podía más con la farsa. Ella les contó a mis padres y pues no tuvieron otra cosa que aceptarlo. Trevor vendrá en estos días para estar con ella, ya no tiene por qué esconderse más. La persona que nos tenía amenazados jamás volvió.

—¿Qué persona?

—Una persona muy mala que nos hizo mucho daño.

Quise decirle que yo sabía toda la historia pero no me atreví.

—Yo seguiré al mando de la empresa por un año más, la condición era casarme con alguien, estaba Leticia para eso. Ahora todo cambió.

—Entonces no serás padre.

—No. Ni siquiera estoy preparado para serlo —confesó. ¿Que hago? ¿Le digo o no le digo? Estoy tan confundida. Ni siquiera sé cómo reaccionará cuando le diga que será padre de un bebé. De nuestro bebé.

—Entiendo.

—¿Y... que piensas?

—¿De que?

—No querías estar conmigo porque pensaste que Leticia me daría un hijo pero no es así.

—Hmm —lo medité—ahorita no se que pensar, Ricardo, estoy confundida.

—Esta bien. Yo te esperaré el tiempo que sea necesario —me tomó de la mano y la besó. —Quiero estar contigo, Roberta —se acercó peligrosamente y me besó el cuello seductoramente.

—Ricardo...

—Te necesito... —me dice. Me tomó de la cara y me dio un beso cálido. Suave. Tierno. Tímido. Quizás pensó que lo rechazaría. Pero ¿cómo rechazarlo? No puedo. Le correspondí el beso y me dejé llevar otra vez por Ricardo, esta vez hicimos el amor encima del capo de su coche y bajo las estrellas.

—Sigo pensando que el sueldo es muy exagerado —comenté mientras me acomoda la camisa.

—No hay devoluciones, Roberta. Íbamos a montarnos al coche pero un auto a toda velocidad se acercó a nosotros. Ricardo se puso frente a mi como protegiéndome de sea quien sea. El coche apagó las luces y pude confirmar que era el de la mañana que me estaba siguiendo. De el salieron tres hombres. Conocía al tipo por las fotos. Era el mafioso.

—Hasta que nos volvemos a encontrar, Ricardo —le dice el tipo.

—¿Que demonios quieres? —espetó Ricardo.

La mirada del mafioso se posó en mi. Fue una mirada llena de diversión y deseo.

—Una ve me quitaste lo que era mío y sufrí mucho por eso. Ahora vengo a advertirte que es mi turno de quitarte lo que es ahora tuyo —me miró.

—Primero te mato con mis propias manos antes de que eso pase —le espetó Ricardo. Estaba muy enojado.

El mafioso sonrió modo burlón.

—Ya estás advertido, mi querido amigo. —le dijo. Ahora me miró a mi—Creo que nos miraremos más seguido, Roberta —me guiñó un ojo. Ricardo quería ir pero lo detuve. El hombre se dio la vuelta y se subió al coche con los demás tipos para después irse. Ricardo golpeó con su mano el capo del coche haciendo una abolladura en este.

—¡Tranquilízate!

—No puedo. Me amenazó el imbecil. —se dirigió a mi—Jamás dejará que te haga daño. No, necesito que te vengas a vivir conmigo, estarás más protegida y siempre estaremos juntos. Por favor —su cara era de súplica. Jamás lo había visto así. —No puedo perderte, no a ti.

—Shhh ya —le sobé la espalda par que se tranquilara.

—Cálmate.

—Hablo en serio —me dijo—quiero que vivamos juntos.

—No viviré contigo solo porque tienes miedo de que ese hombre me haga daño. No así.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo