Capítulo 1 CAPÍTULO 1 DESPEDIDA DE SOLTERA

PUNTO DE VISTA VALERIA.

No sé cuántos tragos llevaba encima, solo sé que el último me quemó desde la lengua hasta el pecho cuando Mariana inclinó la botella como si quisiera bautizarme en fuego. El licor me abrió la risa, me aflojó los huesos, me quitó la vergüenza, y cuando la música subió, algo dentro de mí se rompió… o se liberó, no lo sé.

Fue entonces cuando lo vi, a ese maldito desconocido, que llevaba observándome desde el primer momento en que toque la baldosa del piso de ese lujurioso lugar. Ese hombre con una presencia que hacía que el aire temblara a su alrededor. Su mirada se clavó en mí como si hubiera estado esperándome toda la noche. No apartó los ojos. No tuvo pudor. Y el calor que me recorrió el cuerpo no tuvo nada que ver con el alcohol.

Mi respiración cambió, y mi pulso también. Y cuando caminó hacia mí, supe que algo iba a pasar… algo que no tendría vuelta atrás.

—Pareces aburrida —me dijo, con esa voz baja que parecía hecha para rozarme la piel.

—Estoy celebrando —respondí, incapaz de sostener su mirada sin sentir que mi ropa me quedaba demasiado ajustada. —Celebro mi despedida de soltera. —dije abiertamente en un estúpido tono borracho, y solté una carcajada, pero su expresión fue seria.

—Entonces déjame ayudarte.

Su mano se deslizó a mi cintura sin pedir permiso, firme, segura, y un suspiro me escapó del pecho, suave, tembloroso, casi un gemido disfrazado. Él lo escuchó. Lo sintió y claro que lo disfrutó.

Me llevó a bailar como si mi cuerpo le perteneciera desde antes de tocarme. Mis caderas chocaron con las suyas, su pecho rozó mis hombros, y mis manos terminaron aferradas a él sin que yo supiera cuándo había perdido la distancia.

Me movió con una seguridad que me desarmó, guiándome con la mano en mi espalda baja, acercándome más, mucho más de lo que debería haber permitido. Su respiración me rozaba el cuello, caliente, profunda y  peligrosa.

Y entonces ocurrió:dejé escapar un gemido.

Suave, involuntario, directo desde un lugar de mi cuerpo que nunca había reaccionado así.

Él sonrió contra mi piel.

—Así —susurró—. Sigue así.

Su mano subió por mi costado, lenta, firme, provocándome un jadeo que no pude contener. Mis piernas temblaron. Mis sentidos se redujeron a él, a su olor, al roce de su cuerpo contra el mío y como su dura erección se marcaba contra mi cuerpo, estaba reducida a la manera en que me sujetaba como si supiera exactamente dónde apretar para hacerme perder el equilibrio.

—Estás temblando —murmuró contra mi clavícula.

—No… es el alcohol —mentí, respirando entrecortada.

—No —negó, rozando su nariz con mi cuello—. Soy yo quien te hace temblar. —sus labios rozaron un poco mi carne, y me erice de inmediato.

¡Por supuesto que era él! Claramente era él.

Cuando me tomó de la mano y tiró de mí hacia la escalera, no dudé. No pensé. No quise pensar. Lo seguí con el corazón martillando contra mis costillas y el calor bajando a mi vientre como una ola que estaba a punto de romperse.

Subimos al segundo piso, atravesamos un pasillo oscuro que nos dirigía hacia un lugar del bar que yo no conocía, hasta estacionarnos frente a una puerta.

Él la abrió por completo, me empujó suavemente hacia dentro y cerró con llave. El clic resonó en la habitación como un disparo.

De inmediato me acorraló contra la cama. Su cuerpo chocó con el mío. La fuerza de ese contacto me arrancó un jadeo más profundo, más descarado. Mis manos se aferraron a sus hombros, calientes, desesperadas, como si lo hubiera estado necesitando toda mi vida.

—No sabes cuánto te he estado mirando —susurró cerca de mis labios, su voz se transformó en un roce que me erizó por completo—. Ni cómo te vi temblar cuando te toqué, hueles delicioso, y luces preciosa esta noche.

Y antes de que pudiera responder, me tomó por la cintura y me lanzó sobre la cama. Caí de espaldas, con el pulso desbordado, respirando hondo, sin saber cómo alguien podía desarmarme tan rápido.

Se inclinó sobre mí hasta que su peso y calor me aplastaron deliciosamente contra las sábanas. Su sombra me tragó entera, una oscuridad tibia que olía a deseo. Entonces su boca bajó, lenta, tortuosa, hasta posarse en mi cuello; el primer beso fue un estallido de fuego húmedo que me arrancó un jadeo de mi garganta. El segundo se hundió más hondo, su lengua lamiendo mi pulso acelerado como si quisiera bebérselo. Y el tercero… Dios, el tercero me devoró: sus labios voraces, sus dientes que rozaron justo al borde del dolor, una succión profunda y obscena que me hizo arquearme entera esboce un gemido largo, roto y sin vergüenza, sobre todo cuando su cabeza iba descendiendo por mi pecho.

Mis dedos se hundieron en su ropa mientras su boca recorría mi piel como si buscara encenderla pedazo por pedazo. Él respiraba fuerte, controlado, pero la forma en que sus manos se deslizaron por mis muslos revelaba que también estaba perdiendo el control.

—Quiero escucharte —dijo, atrapando mi labio inferior entre los suyos, tirando despacio, obligándome a soltar un jadeo que vibró entre nosotros—. No te contengas.

Y no pude. No pude contener nada.

Mis gemidos comenzaron a mezclarse con los suyos, más profundos, más hambrientos. Él me sostuvo por las caderas, me alzó un poco, como si necesitara sentirme más cerca, más suya. Cada movimiento era más urgente, y su erección, parecía que iba a explotar por debajo de la tela de su jean ajustado. El colchón crujía. Mis manos temblaban. Su respiración se volvía cada vez más pesada contra mi oído.

Yo ardía. ¡Literalmente ardía.! Y él parecía disfrutar cada segundo de ver cómo me deshacía bajo su cuerpo.

Sus manos se volvieron salvajes: con un rugido bajo desgarró mi ropa como si fuera papel, su boca hambrienta bajaba por mi cuerpo, devorando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Sus labios eran puro fuego líquido, su lengua una llama que lamía, chupaba, mordía mis pechos, costillas, vientre, hasta que llegué a temblar sin control.

Sus dedos, fuertes y seguros, me atraparon las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano mientras la otra descendía,  y se colaba entre mis muslos y me abría sin piedad. Uno, dos, tres dedos me invadieron despacio, girando, estirándome, abriendo mi sexo apretado y empapado hasta que me retorcí debajo de él, suplicando con gemidos que ya no eran palabras.

Entonces se apartó apenas lo suficiente para arrancarse los pantalones. Lo vi, Dios mío, lo vi: veinticinco centímetros gruesos, duros, palpitantes, la punta brillaba de deseo, todo eso solo para mí. Mis ojos se abrieron como platos, mi boca se secó y se humedeció al mismo tiempo.

—Por favor… hazme tuya, ahora —rogué con la voz rota.

Y él obedeció.

Se colocó entre mis piernas, me alzó las caderas con rudeza deliciosa y me penetró de una sola embestida brutal, profunda, que me partió en dos y me llenó hasta el alma. Grité, me arqueé, clavé las uñas en su espalda mientras él empezaba a follarme sin contemplaciones: estocadas salvajes, rápidas, tan fuertes que la cama crujía y mi cuerpo rebotaba contra el colchón. Cada golpe era más hondo que el anterior, su pelvis chocaba contra la mía, sus huevos me golpeaban el culo, su gruñido animal en mi oído.

Me tenía completamente abierta, poseída, perdida. Sentía cómo me estiraba, cómo me quemaba, cómo me rompía y me volvía a armar con cada embestida. El placer se hizo insoportable, una ola gigantesca que crecía y crecía hasta que explotó: me corrí con un grito desgarrado, mi sexo lo apretó en espasmos violentos,  mis chorros calientes empaparon sus caderas mientras él rugía mi nombre y se hundía una última vez, tan adentro que casi me parte, derramándose en mí en oleadas ardientes y eternas.

Nos quedamos temblando, pegados, destrozados y completos, con el corazón latiendo al mismo ritmo frenético…

Me quede dormida producto de la borrachera y el cansancio…

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