Capítulo 3 CAPÍTULO 3 EL MATRIMONIO NO DESEADO

La música suave del órgano llenaba el aire del templo, pero no lograba apaciguar el nudo que tenía atravesado en la garganta. Caminé aferrada al brazo de mi padre, sintiendo que cada paso hacia el altar era una condena. Él avanzaba firme, sin mirarme, sin notar cómo mi mano temblaba bajo la suya. Parecía más preocupado por mantener la postura adecuada para las cámaras que por preguntarse si su hija quería realmente casarse.

Yo solo podía pensar en lo rápido que estaba respirando. En que el velo me pesaba como si fuera una red tendida sobre mí. En que los pétalos blancos que habían esparcido por el pasillo parecían burlarse de mi propio funeral emocional.

Cuando levanté la mirada, encontré a Cristian esperándome. Tan impecable, tan perfecto, y  tan frío. Esa sonrisa rígida que ofrecía a los invitados nunca había sido para mí. No había calidez en ella, solo un gesto forzado que demostraba su obsesión por mantener la imagen que tanto cuidaba.

Supe, en ese instante, que no era su esposa: era su estrategia.

El sacerdote comenzó a hablar, pero cada palabra se perdía entre mis pensamientos. No escuché el inicio de los votos ni la mitad de las bendiciones. Yo solo trataba de controlar el temblor de mis manos, de disimular la presión en mi pecho, de ignorar cómo mis recuerdos insistían en traerme flashes de una noche prohibida que jamás debió existir. Aquellas manos sobre mi piel, aquel cuerpo dominando el mío, aquella voz ronca exigiendo mis gemidos… Era absurdo recordarlo ahí, frente al altar, pero mi mente no obedecía.

Cuando llegó mi turno de responder, sentí la garganta arder.

—Sí… acepto —murmuré sin sentir ninguna convicción.

El resto de la ceremonia se volvió difuso. Recibimos aplausos, sonrisas y bendiciones que no tenían sentido para mí. Solo quería salir de allí, respirar aire real, recuperar un mínimo de control sobre mi propio cuerpo.

Pero la recepción no me dio tregua.

La sala estaba repleta de invitados que apenas conocía. Políticos, empresarios, amigos del partido de mi padre, socios de Cristian… todos celebrando una boda que hablaba más de intereses que de amor. Yo sonreía mecánicamente, respondía felicitaciones como si fuera parte del decorado, posaba para las fotos sin reconocerme en ellas.

Hasta que lo vi.

Cristian me tomó por la cintura y me haló hacia un hombre que conversaba con un pequeño grupo. Era alto, de presencia intimidante, traje oscuro perfectamente ajustado a sus hombros amplios. Su cabello negro, peinado hacia atrás, dejaba al descubierto un rostro de rasgos marcados, tan simétrico y masculino que parecía esculpido con intención.

—Valeria —dijo Cristian con su tono monótono—, te presento a mi tío Dante.

El corazón se me detuvo por un segundo. Dante me dedicó una sonrisa ligera, y al hacerlo, un destello dorado brilló en una incrustación sobre uno de sus dientes. Algo en ese brillo despertó un tirón profundo dentro de mí, como si una neurona olvidada hubiera encendido una alarma.

La memoria me jugó una mala pasada. Una habitación oscura. El olor a perfume masculino. Un rostro que no había podido recordar al despertar…

¿Era él?

Mi impulso fue inmediato, algo realmente estúpido en ese momento, ¡Era el tío de mi esposo!

—¿Nos hemos visto antes? —pregunté con la voz más firme de lo que esperaba.

Dante sostuvo mi mirada sin pestañear, como si estuviera analizándome con una calma peligrosa.

—No —respondió—. Esta es la primera vez que la veo, Valeria.

Algo no coincidía. No era su respuesta… era la forma en que la dijo. Su tono contenía un matiz que no supe descifrar, pero que puso mi piel en alerta. Aun así, no tenía manera de cuestionarlo. No tenía pruebas. Solo tenía ese instinto salvaje que reconocía al hombre que había tomado mi cuerpo con una intensidad que mi mente no conseguía olvidar.

Cristian apretó mi mano de forma brusca, recordándome mi papel.

—Ven —me ordenó—. Tenemos que saludar a los demás.

Me dejé guiar sin resistencia, pero giré la cabeza una última vez. Dante seguía observándome, sin expresión alguna.


Cuando finalmente llegamos a la habitación destinada a nuestra noche de bodas, me sentí agotada. No solo físicamente, sino emocionalmente vacía. Cristian cerró la puerta y comenzó a desabotonarse el traje sin siquiera mirarme. No hubo expectativa, no hubo tensión, no hubo deseo. Solo rutina.

Se acercó a mí, tomó mi rostro entre sus dedos y me besó con la misma frialdad con la que  sellaba todos sus contratos. No hubo caricias, ni siquiera palabras dulces celebrando nuestro matrimonio. Su cuerpo se movió sobre el mío como quien cumple un requisito obligatorio, sin interés en explorarme, sin intención de provocarme, sin la menor consideración por mis emociones.

Era la consumación de un matrimonio pactado, no la unión de dos personas que se desean.

Cuando terminó, se recostó a mi lado, completamente ajeno a la incomodidad que me ardía en la piel.

Yo permanecí despierta, inmóvil, con el corazón latiendo demasiado rápido. Quería llorar, pero ni siquiera eso podía permitirme.

Entre la oscuridad de la habitación y el silencio frío de mi esposo, una presencia seguía rondando mi mente.

Su sonrisa dorada, su mirada oscura. La sensación latente de reconocer al hombre que no debía reconocer.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo