Capítulo 2 GARRETT DANKWORTH

Tengo horas con la pluma llena de tinta sobre el papel completamente en blanco. Las letras simplemente no quieren surgir de mi cabeza y plasmarse en la hoja. Garabateo un par de palabras, las releo y me parecen completamente ridículas. Hago una bola lo que tengo frente a mí y la arrojo al fuego de la chimenea, que chispea vibrante al contacto del papel.

—Es la quinta hoja que arruinas —señala Parrish, mi mejor amigo y compañero desde que estoy en Eflaria.

—No puedo escribir nada —admito con decepción. Dejo la pluma a un lado y volteo a verlo.

—¿Es por la noticia que te dieron esta mañana?

Esta mañana. Esta mañana mi vida había cambiado por completo. Recibí una carta de mi padre desde Dankworth. Ahora resulta que me tengo que casar con una desconocida. No sé si estoy listo para eso. Mi cabeza no deja de dar vueltas. El matrimonio no es precisamente algo que esté en mi lista de prioridades. Mucho menos con una mujer que ni siquiera conozco.

—No quiero regresar —digo al fin.

—Todavía no me cuentas qué decía la carta. —Parrish retoma lo que está haciendo. Pinta un cuadro inspirado en una modelo desnuda que está quiera frente a nosotros.

—Mi padre quiere unirme en matrimonio —suelto.

—¡¿Qué?! —El grito de Parrish asusta a la modelo. Niega con la cabeza porque ahora sí que ha perdido toda la concentración. Se levanta y le arroja una bata a la mujer para cubrir su cuerpo—. Tómate un descanso cariño.

—Me debes lo que prometiste, no lo olvides —le dice ella antes de salir. Parrish ni siquiera le presta atención.

—Habla —exige.

—No sé quién es. Solo sé que es la Marquesa de Edevane.

—Mmm, no. No he oído hablar de ella nunca. —Se rasca la cara y se ensucia de la pintura fresca que traía en las manos.

—No entiendo por qué mi padre insiste en casarme, soy muy feliz así.

—Eres su único hijo, el único heredero. Si no le das otro a tiempo, tu linaje morirá contigo —explica. Me encojo de hombros.

—No me importaría si eso pasara.

—A tu padre sí. Además, si solo le vas a dar la opción de acabar con tu linaje, entonces acabará contigo cuando menos lo esperes.

Giro los ojos, a veces Parrish puede ser muy dramático. Tapo el tintero y dejo la pluma a un lado, forzarme a escribir no será bueno para mi creatividad. Me pongo de pie y me dispongo a salir del estudio; ya es bastante tarde, y en la carta mi padre me exige que debo regresar cuanto antes.

Hace varios años que me fui de Dankworth para estudiar las artes. Al final me decante por la escritura. Me apasiona pensar que puedo dejar inmortalizados mis pensamientos a través de la magia de las palabras. Aunque eso era solo lo que soñaba, pues hasta el momento, mis letras no habían servido para mucho más que alimentar el fuego de la chimenea.

—¿A dónde vas? —indaga mi amigo.

—Voy a descansar. Mañana debo tomar un barco de vuelta a Dankworth.

—¿De verdad te irás?

—Cuando quieras puedes ir a visitarme. Te recibiré con los brazos abiertos y una buena copa de vino.

Parrish sonríe y se pone a lo suyo otra vez. Concentra sus ojos en el lienzo frente a él como si la vida se le fuera a ir en ello. Meneo la cabeza y sonrío de medio lado. Es definitivo que voy a extrañar esto.

Salgo y me aventuro por el oscuro pasillo de la universidad. Solo la luz de la luna ilumina tenuemente el lugar. Camino a paso veloz, intentando fingir que no me aterra tener que pasar por ahí solo. De noche, ese lugar parece un auténtico cuento de terror. Subo las escaleras hasta mi habitación y me echo en la cama lo más rápido que puedo. Intento conciliar el sueño, pero mi mente no deja de dar vueltas; imaginando cómo podrá ser la mujer que mi padre ha escogido para mí.

No tengo un buen referente a lo que el matrimonio concierne. Mi madre y mi padre se casaron por obligación también, y aunque ella ha demostrado ser una esposa fiel y devota, sé muy bien que no lo amó, ni lo ama. Nunca lo hará. No importa cuantas veces trate de convencerse de lo contrario. Cierro los ojos y al final caigo dormido.

Los primeros rayos de luz me despiertan. Todavía es de madrugada, pero es todo lo que puedo dormir. Abro los ojos de golpe y miro el techo de la cama. No estoy preparado para esto.

Me siento con parsimonia sobre la cama y contemplo la habitación. Todo está hecho un desastre. Parrish no volvió a dormir anoche. Estoy seguro de que se ha quedado pintando toda la noche con la modelo.

Me levanto de una vez o podría perder el barco. Arrojo todas mis cosas a la maleta, que, hasta ese momento, se encontraba debajo de la cama. Dejo unos ropajes afuera para cambiarme y corro al baño a echarme un balde de agua fresca en la cabeza para despertar del todo, luego vuelvo y me calzo toda la ropa lo más rápido que puedo.

Estoy por salir cuando Parrish abre la puerta. Se tambalea sobre sus pies y me mira con los ojos somnolientos.

—¿Ya te vas?

—Sí.

—Espero que te vaya bien. Ojalá pueda conocer a la dama que se unirá a ti en un futuro, mi querido amigo.

—Eso todavía no es un hecho.

Parrish me sonríe como si supiera algo que yo no. Entre y se arroja en la cama como un peso muerto. Sé que no se moverá de ahí en todo el día, ni aunque bajase el mismísimo Dios a despertarlo.

La universidad es tan grande que me demoro varios minutos en poder llegar a la parte de afuera del edificio. Le echo un último vistazo antes de irme. Extrañaré sus recovecos por un buen tiempo.

Hay un par de estudiantes que ya andan por los jardines de las facultades, pero en este lugar nadie me presta atención. Aquí hay gente mucho más importante que yo. Hijos de reyes de otros países, e incluso de Emperadores.

Un carruaje me espera en las afueras del recinto. El cochero me abre la puerta para subir luego de dejar mis maletas bien atadas en la parte de atrás. Me subo y el hombre no demora en arrancar el viaje hasta el puerto. El trote del caballo sobre la grava es un sonido que me relaja. Cierro los ojos y no tardo en caer dormido de nuevo.

—Mi Lord, hemos llegado —anuncia el cochero cuando se ha detenido.

Abro los ojos de nuevo y me desperezo. Tengo el cuerpo ligeramente entumecido. Bajo del carruaje y los aromas del puerto invaden mi nariz. El agua salada y el canto de las gaviotas me afirman que, en efecto, ya no estoy en la universidad.

»Su barco está por zarpar ya —agrega.

—Muchas gracias —le digo. Tomo la maleta y me dirijo hasta donde debo embarcar. El viaje será de cinco días. Cuando finalmente llegue a Dankworth, mi vida dará un giro de ciento ochenta grados, y no sé si estoy preparado para eso.

No dejo de preguntarme, ¿cómo será la marquesa de Edevane?

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