Capítulo 4 NO ES UNA BUENA PRIMERA IMPRESIÓN

Garrett

No puedo creer que se me haya ocurrido una idea tan loca. Estoy de pie frente a la mismísima Marquesa de Edevane fingiendo ser un simple sirviente. En un peculiar giro de los acontecimientos; de alguna forma he tropezado con ella y ahora toda la bebida que llevaba está en su vestido de seda amarillo. Le he dicho que me llamo John, y en realidad no es mentira, pues mi nombre es Garret John III de Dankworth. Tenía demasiada curiosidad por saber cómo es mi futura esposa; simplemente no podía quedarme con las ganas.

La marquesa amenaza con despedirme. Eso podría ser bastante contraproducente, teniendo en cuenta que mi objetivo es estar aquí de infiltrado por un mes para sabotear mi compromiso antes de presentarme ante ella como el Duque. Para cuando termine aquí, Charlotte Edevane no querrá casarse conmigo ni por todo el oro y los títulos del mundo.

—Esta será la última vez que trabajes para un noble en tu vida —amenaza de nuevo. Agacho la cabeza, a pesar de que n estoy acostumbrado a tal acto de servidumbre.

—Lo siento tanto, mi lady. No era mi intención —digo—, permítame limpiarla —le pido, y saco un pañuelo blanco que cargo en el bolsillo.

Detallo a la marquesa por primera vez. Es sin dudas una dama muy hermosa. Su cabello rubio cae en gajos a los lados de su rostro. Su piel parece porcelana blanca y sus mejillas están sonrojadas por la molestia que le he causado. Mis ojos se dirigen sin querer hacia el escote de su vestido, el cual he arruinado con la bebida. Sería muy inapropiado de mi parte pasarle el pañuelo por ahí.

Es mucho más menuda que yo, y su figura es pequeña y delicada. Ahora entiendo por qué mi padre la ha elegido para mí.

No es un secreto que mi padre y el suyo son socios y colegas desde hace muchos años. En varias ocasiones vi al Marqués de Edevane, Bernard Edevane II, en conversaciones con mi padre, pero nunca viajó fuera con su hija, así que solo la conocía como la marquesa. Ni siquiera sabía su nombre.

Le entrego el pañuelo para que se limpie, no deseo ofenderla aún más. Ella me lo arranca de las manos y lo restriega contra el vestido.

Escucho pasos que se acercan a nosotros, así que me alejo lo más posible de ella. Una chica de cabello negro y piel oliva se acerca desde detrás de la marquesa.

—Mi lady, ¿qué ha pasado?

—Este inútil me ha arrojado las bebidas encima —brama furiosa.

No es la mejor impresión que me estoy llevando de ella. Tanta belleza queda opacada por esa manera tan déspota de ser. Sé que le he arruinado el vestido, pero ella tendría que aceptar que ha sido su culpa. Era ella quien venía corriendo hacia mí sin ver adelante.

—¿Quién eres tú? —encara la otra mujer.

—Soy John... Kane —me apresuro a decir. Utilizo el primer apellido que se me ocurre, el de Parrish.

—Nunca te había visto. —Entrecierra los ojos y me mira con suspicacia.

—Soy nuevo.

—Es tu primer día —responde con voz condescendiente.

—Y el último —amenaza de nuevo la marquesa, me fulmina con la mirada llena de odio—. Retírese. Presente sus cosas con el mayordomo para largarse de aquí.

No digo nada y asiento. Es gracias al mayordomo que estoy aquí. Me alejo de ellas porque sé muy bien que en mi posición de sirviente no podré lograr mucho.

Mientras camino empiezo a rememorar los pasos que me llevaron hasta este momento.

Había llegado a Dankworth para el anochecer. Mi madre se alegró mucho al verme y me envolvió en un abrazo que casi me deja sin respiración. Mi padre me estrechó la mano y me dio un abrazo también. Se alegró de que hubiese aceptado sin chistar su decisión de buscarme esposa.

Se suponía que dentro de un mes debía viajar a Edevane a conocerla, justo para la temporada matrimonial. Ya venía maquinando el plan desde que me subí al barco aquel día. Yo necesitaba conocerla, pero, sobre todo, necesitaba hacerla desistir de la idea del matrimonio conmigo. Si me caso alguna vez, quiero que sea con la mujer que yo escoja, no la que me imponga mi padre solo por su terquedad.

Todo se había alineado; casi como el destino; para que mi padre decidiera salir de viaje durante ese tiempo. Solo tenía que escabullirme hasta Edevane y hablar con el mayordomo, a quien conozco porque solía acompañar al marqués a sus viajes en tiempos pasados. Si lograba convencerlo de que me dejara hacerme pasar por un sirviente para conocer a la marquesa sin que sepa quién soy yo realmente, todo estaría perfecto.

Y así lo hice. Mi madre creyó que iría a visitar a unos primos en Alboria, pero en realidad intentaría convencer a la gran marquesa de Edevane de que el Duque no es el adecuado.

Llego a la mansión y entro por la puerta del servicio. Eric, el mayordomo, tiene una lista en la mano, y coordina a otros empleados. Me ve llegar y por mi cara, se da cuenta de que no traigo buenas noticias.

Menea la cabeza y hace una seña para que lo acompañe a un lugar más privado.

—¿Qué pasó? ¿Lo ha descubierto? —pregunta con preocupación.

—No, pero creo que tendrás que salvarme el pellejo esta vez. Ella quiere despedirme.

En ese preciso momento, la marquesa entra a la habitación de empleados. Eric me mira y traga en seco. Él sabe quién soy yo, pero si desea mantener su puesto, no puede desobedecer a la marquesa.

—Ese hombre debe ser despedido —ordena.

—Mi lady, por favor... —comienzo a decir, pero ella levanta la mano y no me permite seguir hablando.

—Mi marquesa, el joven es nuevo. Yo tomaré la responsabilidad de lo que ha hecho —interviene Eric.

Quiero abrir la boca para protestar, pero no me deja. Niega con la cabeza y me echa hacia atrás. Debe estar disfrutando poder hacerme eso en esta condición de sirviente.

—No, no te corresponde —Se queja ella.

De pronto uno de sus hermanos aparece por atrás. Lo asumo por sus ropas. No parecen unos sirvientes cualesquiera.

—Hermana, ¿qué haces aquí? Lord Cristhian te espera.

—Estoy resolviendo un asunto —responde y le da la espalda.

—Estos no son asuntos que te conciernan, déjale eso a Holden, o dile a nuestro padre.

Estaba seguro de que el viejo padre no se encontraba ahí. Deberé mantenerme lejos de su vista hasta que me cerciore de que se vaya.

—Pero... —protesta.

—Pero nada, vamos —ordena.

La actitud alzada que tenía hace unos segundos se esfuma, y asiente sin chistar, no sin antes darme una mirada de pocos amigos. No me gusta nada de lo que he visto hasta el momento. Charlotte no es más que otra niña de la monarquía. Es muy bella, pero eso es todo lo que parece. Me alegra saber que mis conclusiones sobre ella no estaban equivocadas después de todo.

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