Capítulo 5 NO ES MÁS QUE UN SIRVIENTE
Charlotte
No puedo creer que Dominick me haya sacado de esa forma frente a los sirvientes. Acepto su orden sin poner queja, no sin antes darle una mirada de advertencia al tal John. No debería molestarme tanto su ofensa, después de todo había sido un accidente, y en parte, culpa mía. Debo reconocer que me estaba desquitando con él de la pena que sentí con Lord Cristhian.
Mi hermano me lleva hasta el lobby, seguidos de Eleanor, que va en silencio detrás de mí.
—Char —comienza a decir con voz condescendiente. Cuando me habla de esa manera, ya sé que me espera un regaño—, no puedes ponerte de tú a tú con los sirvientes. Eso no es propio de una señorita noble como tú. Debes saber cuál es tu lugar.
—Pero, Dom... —Él levanta la mano para callarme.
—No hay peros, ¿qué crees que diría papá si te encuentra en la cocina discutiendo con ellos?
—¡Ese hombre me ensució el vestido! —exclamo.
—No voy a pretender que entiendo las cosas de mujeres, me parece que estás exagerando, pero si te hace sentir mejor, haré que lo reprendan. Lo mandaré a hacer otros oficios, ¿te parece bien con eso?
Gruño por lo bajo, no es lo que yo quiero, pero sé que no voy a ganar esa discusión con Dominick.
—Está bien, no lo quiero volver a ver en el servicio de la comida —advierto—, vamos Eleanor, acompáñame a cambiar este desastre.
—Sí mi lady —contesta con una reverencia.
—Apresúrate a bajar de nuevo, es muy descortés dejar a Lord Cristhian esperando. Hoy en la noche se irá nuestro padre, debes estar presentable para despedirlo.
—Así lo haré —asiento y de inmediato subo las escaleras hasta mi habitación.
Entro y cierro la puerta una vez que Eleanor ya está ahí conmigo. Ahora que estoy sola me permito resoplar con fuerza.
—¿Se encuentra bien, marquesa?
—¡No! Me siento estúpida, mi hermano me dejó en ridículo frente a él, creerá que soy una loca que hace berrinches de niña mimada —digo con frustración.
—Ese muchacho arruinó su vestido.
—Lo sé. —Me acerco al espejo y miro mi vestido todo dañado. El color amarillo que tenía, ahora lleva una gran mancha marrón, da la impresión de que me ha atacado un caballo. Además, mi pecho ha quedado todo pegajoso debido a la melaza de la bebida—. Esto no saldrá nunca, se ha estropeado.
Eleanor ya está buscando un nuevo atuendo para mí. Me quito el vestido de una vez y busco un pañuelo pequeño para limpiar mi piel. Lo humedezco con el agua de un tinaco que siempre está en mi habitación y comienzo a limpiarme.
—No se preocupe, lo llevaré a la mejor tintorería de la región —me asegura.
—No hace falta Eleanor, ya no importa.
Me asomo por la ventana y alcanzo a ver a lo lejos en el campo de juego a mis hermanos junto a Lord Cristhian. Después de haberle devuelto el collar y esa incómoda conversación, no sé si quiero volver ahí.
—Colóquese este, mi lady, se verá muy hermosa.
Me doy la vuelta y sonrío complacida. Eleanor ha escogido para mí un vestido en color verde menta de corte A. También saca un sombrero pequeño a juego y unos pequeños tacones.
—Me encanta tu buen gusto —halago.
Luego de volver a vestirme, salgo de vuelta hasta el jardín trasero. Lord Cristhian sonríe cuando me ve, enseguida deja de jugar y se acerca a mí, extiende su mano para que ponga el dorso de la mía en ella.
¿Será que no piensa rendirse nunca?
Los caballeros de Edevane se caracterizan por ser un tanto insistentes. No es la primera vez que él me demuestra sus afectos, pero sí es la primera vez que lo rechazo abiertamente. Aunque todavía no hay nada concreto de mi compromiso, mi padre ya ha dado su palabra, y eso no se puede cambiar.
—Se ve usted esplendida, mi marquesa. —Deposita un suave beso en el dorso de mi mano.
—Gracias.
—Vi que dejó mi presente en la mesa, le aseguro que no es necesario que me lo devuelva. Es suyo.
Caminamos de vuelta a las mesas para tomar el té. Loretta junto a otras dos mucamas se acercan con la jarra y las elegantes tazas de porcelana blanca.
—Insisto en que es mejor que se lo dé a alguna mujer que lo apreciará mucho más que yo. —Tengo las mejillas sonrojadas ya, y no es precisamente por vergüenza.
—Cristhian, acepta que mi hermanita no quiere tu cortejo —dice Holden metiéndose en la conversación.
Dominick lo sigue y los cuatro nos sentamos a la mesa. Eleanor se queda de pie a mi espalda.
—Puedes irte —le ordeno. Ella asiente y se despide. Acompañada de mis hermanos no necesito que ella esté de chaperona.
—Hasta que no haya un anillo de compromiso en su mano, no me rendiré —reconoce con orgullo. Esto será mucho más difícil de lo que pensaba.
—Me halaga Lord Cristhian.
—Y a todas estas, ¿Quién es el Duque de Dankworth? Nunca lo he visto por aquí —comenta de forma casual mientras le da un sorbo a su té.
—Es el hijo del Archiduque de Dankworth, el primo del rey —explica Dominick.
Parpadeo con asombro, y Lord Cristhian también parece impresionado.
—¡Vaya! La tendré difícil entonces, no es fácil competir con el hijo del Archiduque, ¿cómo se llama?
—Creo que Garrett. Mi padre se la pasa viajando a Dankworth, su padre y el mío tienen muy buenas relaciones, honestamente no me sorprende que haya conseguido que los comprometan.
—Bueno, Lord Cristhian, ¿y qué es de su hermana? —pregunto cambiando el tema.
—Está muy bien, emocionada por el inicio de esta temporada, espero que consiga a un buen marido para ella.
Mi hermano comienza a hablar sobre temas de negocios y economía. No sé si lo hace adrede para excluirme. Me quedo en silencio mirando al horizonte, mientras pienso en el duque. Al fin sé su nombre: Garrett Dankworth.
La idea del matrimonio me entusiasma, y al mismo tiempo me da mucho miedo. No creo estar preparada para afrontar los retos que eso conlleva. Lamentablemente no pude tener el ejemplo de mi madre para saber, al menos, cómo sobrellevarlo; voy totalmente a ciegas.
Me pierdo en mis propios pensamientos un buen rato, hasta que la presencia de mi padre me trae de vuelta a la realidad.
—Caballeros —dice estrechando la mano de Cristhian y de mis hermanos—, mi preciosa hija —saluda volteando a verme.
Ya lleva su vestimenta de viaje, creí que se iría en la noche, pero parece que ha decidido adelantar su partida.
—¿Ya te irás, padre? —pregunto poniéndome de pie.
—Así es hija mía. Partiré ahora y volveré exactamente dentro de un mes, justo para el inicio de la temporada de matrimonio.
—Su excelentísimo —le dice Lord Cristhian—, no quisiera ser atrevido, ni aprovecharme de la confianza en amistad que tengo con el Marqués Holden, pero quisiera hablarle de algo importante, a solas si le parece. Antes de que se vaya.
—Por supuesto, acompáñeme a mi despacho —ofrece mi padre.
No sé por qué, pero tengo la impresión de que se trata de cierto cortejo y pedida de mano.
Cada uno toma su camino, yo vuelvo a la casa a buscar a Eleanor. Ambas nos quedamos en la gran sala mientras esperamos a que mi padre termine la conversación. Diez minutos después, Lord Christian y mi padre salen del despacho con buen ánimo.
Lo que sea que le haya dicho, ha obtenido la aprobación del Marqués.
—Me voy. Como siempre, Dominick, quedas a cargo. Holden, no molestes demasiado a tu hermana, y tú —dice dirigiéndose a mí—, sigue siendo mi niña perfecta.
Me da un tierno beso en la frente y se dispone a salir hasta la entrada. Afuera, una gran carroza tirada por cuatro caballos lo espera.
Lo despedimos con la mano mientras lo vemos alejarse cada vez más. Después de eso, Cristhian también se va. No vuelve a mencionarme nada de cortejos o joyas, a pesar de que dejó la que me había regalado en la mesa del jardín.
—Yo me retiraré a mis aposentos —aviso a mis hermanos.
Me acuesto temprano porque de alguna forma se me bajaron los ánimos. Le pido a Eleonor que me dé un libro de romance y en algún punto de la noche me quedo dormida con el libro en las manos.
—Marquesa, ¡es un nuevo día! —Me despierta Eleanor.
—¿No puedo quedarme aquí hasta que pase el mes y conozca a mi Duque? —murmuro colocando una almohada en mi cabeza.
—Hoy llegan los caballos —me recuerda.
Solo basta esa frase para que yo salte de la cama como un resorte y corra a vestirme. Mi padre me había prometido un par de caballos de cabalgata para el verano, pero como se fue, creí que ya no llegarían.
—¿Por qué no lo dijiste antes? De prisa, mi vestido para montar.
Eleanor se pone a ello, entretanto yo cepillo mi cabello. Una de mis grandes pasiones es montar a caballo, y se me da de maravilla.
Cuando todo está listo, bajo las escaleras corriendo sin importar que alguno de mis hermanos me reprenda. Por suerte ninguno se encuentra en casa a esa hora. Es bastante temprano, sin embargo, Holden se ocupa de sus propios negocios, y de Dominick no sé en realidad, creo que últimamente se la pasa mucho en la casa de ; algo me dice que este mes tendremos más de una boda en la familia.
Voy directo hasta los establos. Eleanor no me acompaña esta vez porque ella tiene terror a los caballos. De todos modos, no debería haber nadie ahí. Parece que ya han llegado, así que acelero el paso. Cuando estoy a punto de entrar en los establos, un salpicón de agua casi cae en mi vestido.
—¡Ey! —grito.
—No puede ser —dice el hombre. Su voz ya es inconfundible para mí. Esto tiene que ser una terrible broma de mal gusto.
—¿Cuántas veces nos vamos a encontrar así?
Para su fortuna, esta vez no cayó ni una gota en mi vestido. Brinco el charco y levanto la mirada. Por un momento quedo embelesada con la espectacular visión que tengo en frente. John está de pie al lado del caballo negro, sin camisa, y mostrando todo su esplendoroso cuerpo sudado.
Trato de apartar la vista, pero me es imposible. Es la primera vez en mis dieciocho años que veo a un hombre tan guapo como él. Su pecho tiene unos perfectos pectorales marcados, cubiertos por una fina capa de vello corporal.
El muchacho carraspea la garganta y recién ahí me doy cuenta de que tengo la boca abierta como una tonta.
Parpadeo varias veces y aparto la mirada con las mejillas sonrojadas. No puedo verlo a la cara después de esto.
—Mil disculpas su excelencia, no fue mi intención —dice haciendo una reverencia. Giro mis ojos y lo ignoro por completo, para acercarme directamente a los caballos.
—Te salvaste de que te despidieran, pero no durarás mucho aquí —amenazo.
Acaricio el cuello del imponente equino frente a mí; es bellísimo.
—Ten cuidado, es una fiera peligrosa —comenta de pronto.
—Sé montar de toda la vida, no es ningún riesgo para mí.
—Se lo decía al caballo —murmura.
—¡¿Qué?! —Volteo a mirarlo con los ojos desorbitados, ahora sí que se pasó de la raya, pero él está muy campante aguantándose la risa en una esquina— ¿Qué has dicho?
—Solo lo digo porque si al pobre animal se le ocurre levantar la pata y ensuciarle el vestido, seguramente también lo echará.
—¡Insolente! ¿Cómo te atreves a hablarle así a tu marquesa? ¿Quieres que te despidan?
El muchacho de ojos marrones y un cuerpo de infarto da un paso hacia mí. Por instinto retrocedo, pero no puedo avanzar demasiado pues el caballo me lo impide. Realmente estamos solos aquí, si él quisiera hacerme algo, no hay nadie que lo pueda impedir.
—No me sorprendería que vaya corriendo a llorarle a sus hermanitos para que me despidan, es lo único que podría hacer, ¿no es cierto?
Este hombre está provocando mis límites, sin embargo, no puedo negar que tiene un punto. Ya he protestado para que lo echen, y mi hermano solo lo mando aquí pensando que mi queja era una nimiedad. No soporto sus aires de agrandado, como si se creyera mejor que yo. Recompongo mis facciones y levanto la cabeza, no le daré el gusto de pasar por una niña mimada, que acusa a la primera oportunidad; como ayer.
John tiene pinta de ser esa clase de hombres que se creen superiores solo por el hecho de serlo, pero yo le voy a bajar esos humos.
Acorto la distancia entre los dos, quedando a solo un metro entre nuestros cuerpos. Lo veo flaquear cuando me acerco, su sonrisa burlona se borra.
—No voy a acusarte con mis hermanos —digo con voz fría y mirándolo a los ojos. Paso a su lado rozando mi hombro con el suyo, me detengo a medio camino y volteo de medio lado para finalizar—, pero haré de tu vida aquí un infierno, hasta que supliques que te despida. ¿Crees que soy una fiera peligrosa? Aún no me conoces.
