Capítulo 6 CAPÍTULO 6: NO ES MÁS QUE UNA NIÑA MIMADA
Garrett
Charlotte Edevane no me parece otra cosa más que una niña necesitada de atención, tal vez con una vida lo bastante aburrida como para divertirse torturando a un simple sirviente. Se aleja del establo con la cabeza en alto, muy segura de que me ha fastidiado con eso. Lo único que me produce es mucha gracia.
No era mi intención mojarla la primera vez, pero la segunda no fue del todo un accidente. La vi caminando hacia acá poco antes de que entrara. Deseaba ver su reacción a un segundo asalto de mi parte, y sin duda no decepcionó.
Pienso que ella no es lo que estoy buscando en una esposa. Es arrogante, vanidosa y algo presumida; cualidades que estoy seguro se deben a la crianza sobreprotectora de su padre y la falta de una madre que la guíe hacia actitudes más dóciles; sin embargo, me parece muy entretenido su intento de pretender ser una chica mala conmigo.
No puedo esperar a ver qué tiene planeado para mí.
Todavía tengo un mes para pasearme por aquí, en ese tiempo puedo hacer mucho para hacerla desistir de la idea del matrimonio. Y es que cuando le revele mi verdadera identidad; le diré que no me casaré con ella, muy a pesar de la decisión de mi padre.
Vuelvo al corcel negro que estoy cepillando. No es esta para mí una tarea que desconozca. Allá en el castillo de Dankworth también tenemos establos con caballos. Me encantaba pasar mis horas ahí junto a los maestros de equitación, ellos me enseñaron todo lo que había que saber sobre estos bellos animales.
Para mi sorpresa, la marquesa vuelve, pero esta vez viene acompañada de su criada.
—Tú, ensilla ese caballo ahora mismo —me ordena.
—Como diga, su excelencia —contesto con una reverencia.
La escucho cuchichear con la criada algo sobre mí. Me hago el desentendido sobre ello, y me dirijo a la zona de las caballerizas donde guardan todos los implementos.
Otro de los encargados de los caballos llega de pronto y al ver a la marquesa se me acerca con los hombros encogidos.
—¿Qué estás haciendo?
—La marquesa ha pedido que se le prepare el caballo.
—Pero esa no es su silla —regaña en un susurro. Va hasta el otro lado de la pared y saca una silla de montar color negro—. Toma, esta es —dice empujándola contra mí.
No me hubiera importado poner la incorrecta si eso la hacía molestar, pero debo fingir frente a los demás sirvientes que estoy siguiendo las reglas.
Vuelvo con el caballo y ajusto la silla hasta asegurarme de que está bien puesta, no me cae tan bien la mujer, no obstante, tampoco deseo que tenga un accidente trágico montada sobre el animal.
—Ya está listo, Marquesa —aviso.
Ella pasa a mi lado igual que la otra vez golpeando mi hombro y se pone frente al lomo del caballo. Me muero por ver si de verdad es capaz de subirse. Pone un pie en el estribo, primero comprueba que yo lo haya ajustado bien. Cuando se asegura de que no se caerá, sube de un solo tirón pasando el pie por encima del lomo.
No disimulo mi sorpresa; no solo porque lo ha logrado a la primera, sino también por el estilo que ha escogido para sentarse. Sin embargo, rápidamente pasa la otra pierna a un lado, dejando ambas del lado derecho del caballo.
—¿Qué tanto me mira? —cuestiona.
—Nada, marquesa —intento aguantar la risa que me causa su actitud.
Charlotte Edevane, estoy seguro de que no eres la niñita perfecta que tu padre asegura que eres, y cuando termine, nadie se querrá casar contigo.
La marquesa agarra las riendas de su caballo y lo impulsa hacia delante. El majestuoso animal levanta sus patas y empieza a avanzar a paso lento. Ella se queda mirándome de forma fija mientras pasa a mi lado, para luego arrancar la cabalgata un poco más a prisa.
Me asomo desde los establos mientras la veo alejarse. En el establo solo quedo yo, pues el otro sirviente que había venido, se volvió a ir al poco tiempo. He venido aquí a saber todo sobre ella, y si es posible, sabotear este matrimonio del cual no tengo interés en concretar; por ende, aprovecho la oportunidad y tomo otro caballo con la intensión de seguirla. Solo quiero saber qué hace cuando se encuentra sola.
Ya Charlotte ha tomado bastante camino de ventaja, lo cual me conviene, no quiero que crea que la estoy persiguiendo para hacerle daño. Sigo las huellas que ha dejado con el caballo, hasta que la alcanzo a distinguir a lo lejos. Disminuyo la velocidad y me quedo oculto entre los árboles, pues ella ha entrado al campo abierto. La dejo avanzar un poco más hasta que se vuelve a perder en la línea de la arboleda a lo lejos.
—¿A dónde vas, Marquesa? —me pregunto en voz alta.
Arreo al caballo para que corra, si la pierdo entre los árboles no podré saber qué se trae entre manos; tal vez la marquesa tiene toda una vida secreta y escandalosa, cosa que me beneficiaría para cancelar este matrimonio.
Cuando logro alcanzar el bosque, no la veo por ningún lado. Es como si el bosque se la hubiera tragado. Hago avanzar al caballo un poco más, hasta que escucho el ronquido característico de su corcel. No debe estar demasiado lejos. Entre más me acerco, más me intriga lo que pueda estar haciendo.
Llego a divisar la cola negra del animal meciéndose tranquilamente mientras pasta un poco. Lo ha dejado atado a una rama gruesa del tronco de un árbol caído, pero ella no está por ningún lado.
Dejo a mi caballo atado cerca y decido bajar a pie. Lo único que encuentro cerca de ahí es una cueva oscura, pero no creo que ella haya ido por ahí, ¿o sí? ¿Qué podría hacer una Marquesa metida en una cueva aterradora?
Mil teorías se me pasan por la cabeza, desde brujería, hasta un amante secreto, o tal vez ella sea una asesina despiadada. Lo que sea, debe ser lo más interesante que le he visto a alguna mujer en toda mi vida. Esto incluso me da una idea para una nueva historia de aventuras.
Decido adentrarme en la cueva, porque no hay otro lugar a donde pueda haber ido. Solo avanzo unos pocos metros y alcanzo a divisar una luz pequeña que viene del interior.
Me acerco todo lo que puedo sin que ella lo note; la curiosidad por saber qué hace me vuelve loco. Charlotte Edevane está agachada en el suelo con la antorcha clavada a un lado, lleva una pequeña lupa, una cartera de cuero marrón colgada de lado en su hombro, que atraviesa diagonalmente su cuerpo hasta la cadera opuesta; una pala pequeña y una brocha.
«¿Qué estás haciendo?»
Me oculto detrás de una roca y observo atentamente. Tengo la impresión de que está buscando algo, pero, ¿qué? Charlotte rebusca entre la tierra y las paredes de ese lugar oscuro sin mucho resultado. Pasan varios minutos, hasta que finalmente la veo emocionarse por algo que ha hallado en el borde de la cueva, entre el suelo y el piso. Lo que sea que tiene en la mano parece muy valioso para ella, lo limpia con la brocha y procede a guardarlo en ese bolso que le cuelga.
No es lo que esperaba ver. Creí que al menos haría algo más escandaloso aquí, sin embargo, no creo que se trate de algo así. La vida de la realeza puede ser muy aburrida; lo sabré yo que estoy en esto desde que nací. Por eso había decidido huir un par de años de la monotonía de las reglas y etiquetas, para buscar mis verdaderas pasiones en las letras. Sospecho que la marquesa hace algo igual; aunque lo que ha escogido hacer es bastante inusual para una chica.
Una mala pisada de mi parte provoca que un poco de la roca donde estoy apoyado se desprenda. El ruido es inevitable. Lo primero que hago es arrojarme al otro lado para que no note mi presencia, pero ella ya está alertada.
—¿Quién está ahí? —pregunta en voz alta.
No estoy seguro de que me dé tiempo de correr a la salida y tomar el caballo antes de que sepa de mí.
»¡Salga ya mismo! —exige.
Estoy atrapado, ¿qué se supone que debo decirle? ¿Cuál es la excusa para haberla seguido hasta aquí?
Escucho sus pasos en la grava avanzar, y la luz de la antorcha acercarse a mí. No puedo seguir escondiéndome cual cobarde. Me levanto y salgo a la luz del fuego. Ella ahoga un grito de susto cuando me ve salir de la nada.
—¡Ay! ¡Santo Dios! ¡¿Qué está haciendo aquí?! —exclama con una mano en su agitado pecho.
¿Digo la verdad? De todos modos, no puedo perder nada.
—Me dio curiosidad saber a dónde iba y la seguí —respondo campante.
—¿No sabe usted nada sobre la privacidad? ¿Por qué me sigue a todo lado que voy? Es un poco preocupante esa actitud de acosador.
—Perdóneme, su alteza, pero una mujer sola en un caballo hacia el medio del bosque es mucho más preocupante, la seguí en caso de que necesitase ayuda.
Ella se echa a reír y suelta un bufido.
—Hace nada me llamó fiera peligrosa, ¿y ahora teme por mi seguridad? No quiera pretender ser un caballero, porque no lo es —enfatiza cada palabra de esa última frase.
Me empuja a un lado y pasa de largo para salir de la cueva. La luz se aleja con ella, no quiero quedarme aquí solo, entonces, la sigo de cerca.
—Me intriga mucho lo que estaba haciendo ahí, si no es demasiado, puedo preguntar, ¿de qué se trata?
La luz natural hace innecesaria la antorcha encendida. Charlotte apaga el fuego y camina en silencio hasta su caballo, esconde todas las cosas que traía en el bolso de la montura.
—Sí, es demasiado preguntar. Conozca su lugar como sirviente, usted y yo ni siquiera tendríamos que cruzar palabra. —Me mira de arriba abajo con desdén.
Me pregunto si me trataría igual de saber quién soy realmente. Por supuesto que no, porque esta es su verdadero yo, es a quien yo en verdad quería conocer.
Se sube a su caballo, esta vez de la forma menos femenina posible, y lo arrea para salir corriendo con la intención de alejarse todo lo posible de mí.
Necesito saber de qué se trata todo eso de la cueva, tengo mis sospechas, pero no estoy del todo seguro. Retomo al caballo y vuelvo a los establos, cuando llego, ella ya ha dejado al suyo y se ha ido. Pongo al corcel a tomar agua mientras la veo correr por los jardines hasta perderse en la distancia.
—¡Ey, tú! —me llama el capataz.
—Dígame, señor.
—¿Dónde estabas? Llevo buscándote toda la mañana.
Se me hace difícil acostumbrarme a esto de ser quien recibe órdenes, no estoy familiarizado con tener que seguir un estricto horario de trabajo físico, ni mucho menos a estas condiciones laborales.
—Fui a darle un paseo al caballo —digo para salir del paso.
—Ya tuviste un primer llamado de atención allá dentro, ahora acá sales a hacer lo que te da la gana, creo que no durarás mucho aquí, John Kane —amenaza.
Si el capataz me bota, creo que tendré problemas para concluir mis planes con Charlotte.
—Lo siento, señor, no volverá a pasar.
—No, por supuesto que no —asegura—, toma. Los establos deben estar limpios para el medio día —ordena arrojándome a los brazos el rastrillo.
Creo que prefería el trabajo de la casa.
Miro una vez más la gran mansión de los Edevane, se puede distinguir la ventana habitación de Charlotte desde ahí. Si quiero saber más de ella, necesito entrar en ese lugar, y de paso averiguar qué es exactamente lo que ha encontrado en esa cueva y por qué lo hace a escondidas.
Tal parece que la Marquesa tiene muchas más facetas de las que pensé en un principio, sin embargo, todavía mi opinión de ella sigue siendo algo reservada, sigo estando seguro de que no es la esposa ideal para mí, pero sí que me ha intrigado sobre manera el secreto que oculta en ese lugar.
