Capítulo 7 LADY GARDNER
Charlotte
Me encierro en mi habitación como si me estuviera persiguiendo el mismo demonio. Todavía me cuesta trabajo entender cómo es que ese sirviente se atrevió a seguirme hasta la cueva. Aferro fuertemente contra mi pecho el bolso de cuero donde oculto mi secreto. Nadie lo sabe, ni siquiera Eleanor.
Es un entrometido metiche. Quisiera decir que lo odio, pero la verdad es que no, en realidad me parece bastante guapo, aunque eso no justifica su falta de respeto hacia mí. Nunca había conocido a un empleado, por mucho que fuese un hombre, que sea tan insolente y atrevido.
Me asomo por la ventana trasera de mi habitación. Desde ahí alcanzo a ver las caballerizas, pero ya no lo veo a él.
Le dije que haría de su vida un infierno porque odié la forma en la que me desafió, como si lo único que yo pudiera hacer es acusarlo con mis hermanos. No, me niego, esto lo tengo que resolver sola.
Corro a guardar mis cosas preciadas en una habitación secreta, especialmente destinada a ello. Esta mansión tiene muchos lugares escondidos entre sus paredes. Yo tuve la dicha de descubrir uno de esos sitios en mi habitación cuando tenía siete años. Desde entonces, suelo esconder todo lo que me han prohibido ahí, y es que yo tengo un secreto que, en teoría, está prohibido para mí.
Me gusta coleccionar, pero no colecciono cualquier cosa. Cuando era pequeña una vez descubrí una hermosa piedra en el jardín. En ese entonces no supe lo que era, solo la tomé por la belleza que me pareció que era.
Una pequeña piedra entre un tono morado intenso y lila. Y así empezó mi fascinación por las rocas minerales. Sin que mi padre lo supiera, robé un libro de su biblioteca sobre el tema y leí todo lo que había que saber sobre ellas. Luego descubrí que esa pequeña piedra que encontré se llamaba iolita.
Empecé a recolectar todas las piedras raras que encontraba. Algunas no eran especiales como yo creía, pero otras eran de un gran valor. Lo único malo de mi pasatiempo es que encontrar minerales raros se me hacía cada vez más difícil. No todos estaban en la mansión. Tuve que ampliar mis áreas de búsqueda sin que mis hermanos o mi padre se enterasen. Utilizo las horas de cabalgata para eso.
De todo lo que he hecho en mi vida, es la única cosa en la que puedo decir que he transgredido a mi padre, porque un libro de geología está totalmente prohibido para una mujer, en especial para una Marquesa como yo.
Abro el compartimento secreto y entro en la habitación. Cierro la puerta en caso de que a Eleanor se le ocurra entrar. No me puedo dar el lujo de que me descubra ahora, cuando he mantenido esto por muchos años.
Esta vez encontré en la cueva lo que creo que es galena, pero no estoy del todo segura, necesito examinarla mejor. La dejo sobre el estante junto al resto de mi colección. No tengo demasiadas piezas, pero espero algún día poder conseguir una amplia cantidad de minerales que aporten a mi fascinación.
Salgo justo a tiempo, a los dos segundos de cerrar, Eleanor se aparece de nuevo en el cuarto.
—Mi lady, se fue mucho tiempo, ya había empezado a preocuparme.
—No hay de qué temer, ya estoy aquí.
—¡Oh! ¿Se calló del caballo? —pregunta con las manos en la boca.
—No, estoy bien, ¿por qué lo dices?
—Su vestido está lleno de tierra.
—Ah, no, no fue eso —miento. Ensuciar la ropa es una de las consecuencias de explorar en cuevas—, tuve que pasar caminando una parte algo lodosa, es todo.
—Debe cambiarse, hoy tenemos que visitar a lady Lilah Gardner.
—¿Eso era hoy? —pregunto con fastidio. Una Marquesa tiene ciertos deberes sociales, y visitar a lady Lilah es uno de esos. Una mujer de alta alcurnia, muy amiga de la familia. No llega al título noble como yo, pero es bastante respetada en la región, y, además, es quien se encarga de organizar la temporada de matrimonio de este año.
—Así es, su excelencia. Quedó en una cita para después del almuerzo, justo a la hora del té.
—Bueno, no demos más alargues a la tortura y hagámoslo de inmediato. Cuando le diga que mi padre ha conseguido que el Duque de Dankworth se comprometa conmigo, entonces me dejará en paz, ciertamente.
—Esperemos que sí, su excelencia, porque esa mujer puede ser una verdadera molestia si se lo propone.
Ambas nos echamos a reír. Eleanor es la única con la que tengo ese nivel de confianza. Solo a ella le contaría mis más oscuros secretos; excepto por mi pasatiempo, eso es algo solo mío. No obstante, también prefiero reservarme otro secreto, mi encuentro con el sirviente.
Podría interpretarse a mal que una Marquesa y un hombre que ni siquiera es de la alta sociedad, hablen solos en una cueva, e igual, no tengo forma de justificar qué estaba haciendo ahí sin confesar lo demás.
Una vez que me he cambiado el vestuario, salgo directo a la puerta de entrada para encontrarme con el carruaje que me llevará hasta la casa de lady Gardner.
—Hermanita, ¿a dónde vas a estas horas? —Me encuentro con Holden justo al salir, al parecer él está llegando.
—Voy a visitar a lady Gardner.
—¿Para qué? ¿No has dicho que padre te consiguió un marido ya?
—Debo darle aviso de todas maneras.
—Está bien, pero no demores demasiado, está oscureciendo temprano en esta temporada del año.
Asiento con una ligera reverencia y subo al carruaje junto a Eleanor, que se queda mirando a mi hermano más de lo habitual. Sé muy bien que ella tiene afectos por él, aunque nunca me lo ha confesado; la forma en la que sus ojos brillan cuando lo ve, como se enrojecen sus mejillas y de pronto le da calor.
Justo ahora, acaba de abrir el abanico para refrescarse.
—Creo que Holden morirá soltero —comento.
—Todos los años en la temporada de matrimonio, las señoritas luchan por conquistar su corazón, pero ninguna lo ha logrado —murmura Eleanor sin quitar la vista del camino. Hace mucho que lo dejamos atrás, pero ella sigue mirando hacia afuera mientras suspira.
—Tal vez es porque está demasiado concentrado mirando afuera, cuando debería mirar a mujeres más cercanas.
—¿Qué? —voltea y me mira con una ceja enarcada. Quiero reírme, pero trato de contenerme.
Sé que, aunque hubiera una remota posibilidad de que mi hermano se fijase en ella, lo suyo no podría ser. Ella es una dama de compañía, no tiene nada que ofrecerle a mi hermano, ni una dote, ni títulos, ni siquiera una casa.
Eleanor perdió a su familia cuando era muy joven, y mi padre la acogió como si fuese otra hija, luego le dio la tarea de ser mi compañía, y desde entonces hemos estado juntas. Ella es solo un par de años mayor que yo.
—Olvídalo, a veces hablo puros desvaríos.
Eleanor se queda callada y vuelve a mirar hacia afuera. El camino hacia la casa de lady Gardner es bastante pintoresco, lleno de árboles y pasto verde. Miro hacia afuera yo también, por la otra ventana. Salir hasta acá me da oportunidad de poder encontrar nuevas rocas para mi colección, el problema es que debo ser cuidadosa al buscarlas.
Los árboles pasan como una gran mancha verde, mientras escucho el trote de los caballos mi mente rememora el momento con John. Me ha costado sacar de mi cabeza la vívida imagen de su torso sin ropa.
Cuando menos me doy cuenta, hemos llegado a la casa de Lady Gardner.
No se puede negar que la mujer tiene un gran gusto. Sus jardines son impecables, decorados con flores púrpuras, fucsias, rosa claro y blanco, creando así una sensación de degradado. Es exquisito.
A la reunión no vengo solo yo, todas las damas casamenteras han venido también. Es de suponer que quieren saber cómo será todo el encuentro.
Cada año esto se vuelve un gran evento. La encargada escoge un tema y organiza un gran baile por todo lo alto donde se reúnen todos los hombres que buscan esposa, y las mujeres que necesitan un marido.
Bajo de la carroza junto a Eleanor, y de inmediato entro a la casa. Varias de las chicas que quieren participar este año ya se encuentran ahí.
—Su excelencia —saludan con una reverencia cuando entro.
—Lady Thomas, lady Porter, lady Chapman, un placer verlas —saludo con una venia de mi cabeza.
—Estoy ansiosa por ver cuál será el tema de este año —dice lady Thomas emocionada.
A medida que esperamos, llegan más chicas a la reunión, cuando somos un total de quince, se cierran las puertas y lady Gardner aparece desde el otro lado de la recepción.
—Bienvenidas, señoritas.
—Buenas tardes lady Gardner —saludamos todas al unísono.
—Les anunciaré rápidamente de qué se va a tratar el baile de este año. Tienen menos de un mes para prepararse, pero estoy segura de que lo harán excelente. Este año haremos una temática de blanco y negro.
Escucho murmullos y chillidos de aprobación entre las damas a mi alrededor. Ya puedo imaginarme cómo me pedirá la mano el Duque en la fiesta.
»Las damas irán de negro, y los caballeros de blanco, para hacer algo un tanto diferente —dice con una gran sonrisa.
—¡Ah! ¡Qué emoción! Ya quiero conocer a un hombre que se enamore de mí —comenta lady Chapman presionando las manos sobre su pecho.
—No seas tan fantasiosa, los hombres solo buscan una buena dote, o una mujer bonita que pueda tener a sus hijos, no hay amor en estas cosas —le responde lady Porter.
—¡Ella-Rose! —exclama usando su nombre de pila.
—Es la verdad. —Se encoge de hombros ante la mirada inquisitiva de Lady Gardner. Sin embargo, no la reprende.
Comienza a explicar más a fondo los detalles de la fiesta, qué debemos hacer y cómo comportarnos ese día. Establece muy bien las reglas. No podemos estar solas, siempre debe haber al menos un chaperón o chaperona con nosotras, y si en las tres semanas que dura el evento no conseguimos esposo, nuestras oportunidades se reducen considerablemente.
—Usted, Marquesa, ¿tiene a alguien en mente? Espero que su hermano Holden o Dominick decidan participar esta vez —le dice lady Thomas.
—En realidad, he venido para informarle a lady Gardner que mi padre ya ha encontrado un esposo para mí.
La noticia hace que todas volteen a verme con asombro. De nuevo se hacen los murmullos en el gran salón, y, en definitiva, llega a oídos de Gardner.
—Su excelencia, acérquese por favor —me pide.
Las catorce chicas abren paso para dejarme pasar. Le hago una reverencia a la señorita frente a mí, ella me devuelve una gran sonrisa.
»No he podido evitar escuchar lo que acaba de decir, ¿su padre la ha prometido?
—Todavía no se ha concretado al cien por ciento, pero ya mi padre habló con el suyo, y aseguró que vendría durante la temporada para pedir mi mano en matrimonio.
—¿De quién se trata? —pregunta inclinándose un poco hacia mí. Incluso ella no puede ocultar su curiosidad.
—El Duque de Dankworth —anuncio.
Jadeos de sorpresa llenan la sala una vez más. Sonrío orgullosa, no es para mí motivo de vergüenza decirlo en voz alta, todo lo contrario.
—¡El Duque! ¡Vaya! Sin duda un gran prospecto. Esperemos que llegue entonces.
—Por supuesto, nuestro compromiso es ya casi un hecho.
—No es un hecho hasta que no haya un anillo en tu mano —contradice.
Aquello me hace borrar la sonrisa del rostro, no había pensado en esa posibilidad hasta que lo dijo. Ni siquiera conozco al Duque, mucho menos él a mí, ¿podría suceder que se arrepienta?
