Capítulo 8 MARGARITA Y UNA CASUALIDAD

Garrett

La vida como un mozo de cuadra es todo lo opuesto a ser un duque. Debo madrugar muy temprano, incluso aunque todavía no haya esparcido el sol sus primeros rayos matutinos, tengo poco tiempo para asearme, así que solo puedo echarme un balde con el agua helada y esperar que no me dé una pulmonía en el proceso.

Ayer no estaba tan convencido de continuar con esta farsa de John y el sirviente, sin embargo, este nuevo descubrimiento sobre la marquesa me intriga lo suficiente como para quedarme un poco más. Al menos espero que sea interesante como para justificar todo este trabajo que estoy haciendo.

Salgo muy temprano para dejar listos los caballos, su comida y sus establos. Un grupo de otros mozos y sirvientes me siguen también. Esto me ha dado la oportunidad de conocer gente bastante interesante, como Olly McDonald y Mateo Cole, dos personajes bastante peculiares.

Olly es un gordito bonachón, siempre con una gran sonrisa en su rostro y dispuesto a ayudar a quien lo pida, o a quien no. Gracias a él no quedé como un completo inútil frente al capataz. Mateo es un poco más reservado, pero una vez que se deja conocer, es un gran sujeto.

—¡Ey John! —me llama Olly—, ¡atrápela! —Arroja hacia mí una gran y roja manzana. La atrapo en el aire justo antes de que caiga al suelo.

—¡Gracias! 

—Créame, es todo lo que comerá en unas buenas horas, lo mejor es que esté con energía, hoy será un día ajetreado.

—¿Por qué? —indago mientras le doy un gran mordisco a la fruta. El dulce de su interior invade mis papilas haciéndome suspirar. Está tan jugosa que un poco del líquido se escapa por la comisura de mi labio.

—Es el cumpleaños del marqués Holden. Habrá una gran fiesta así que tenemos que dejar todo en orden.

No tenía idea de que es el día de su cumpleaños

—Oh, ¿y cuándo es el de la marquesa?

Olly levanta una ceja y me mira inquisitivo. Es claro que mis preguntas ya han despertado sospechas en él. Desde que llegué no he parado de averiguar cosas sobre ella. Así es como supe que todas las mañanas ella sale a cabalgar. Que yo estuviese ahí ese día no fue una casualidad.

Lo que estoy haciendo puede considerarse de moral cuestionable. Frente a cualquier persona, esto podría clasificarse como un acto de acoso; bastante raro y perturbador, pero ahora mismo no tengo intenciones de evaluar la cuestionabilidad de mis acciones. Mis intenciones con Charlotte no son más que conocerla sin tener que llevar la carga del título que me atañe desde mi nacimiento, y quiero que ella se muestre tal cual es conmigo, sin pretender ser algo que no es, solo por mi procedencia.

—¿A qué se debe tanto interés en la marquesa? —contesta con otra pregunta, evadiendo la respuesta que quiero saber.

—Simple y mundana curiosidad, es todo.

Olly sonríe y niega con la cabeza.

—Le advierto, John, que no caiga en los encantos de la marquesa. Es muy bella, eso no se puede negar, pero ella está a otro nivel, muy por encima del nuestro. Además, escuché por las mucamas que, al parecer, su padre la comprometió con el Duque de Dankworth.

No puedo evitar sonreír de medio lado al escucharlo.

«Ya lo sé, querido Olly. Yo soy el Duque, por eso estoy aquí».

—No pensaba enamorarme de la marquesa, no tiene de que preocuparse, Olly.

—No es la primera vez que uno de los mozos cae bajo los encantos de la marquesa —continúa—, Hace un año, uno de ellos tuvo que renunciar porque no podía soportar verla todos los días y saber que ella nunca le correspondería.

—¿De verdad?

—Sí, no exagero nada —afirma.

Llegamos hasta el establo para chequear a los caballos. Mateo se nos une al cabo de unos veinte minutos. Un gran bostezo nos hace saber que todavía se está cayendo de sueño. Nos echamos a reír, entretanto, cada uno toma su tarea. A mí me toca acomodar el heno y limpiar a los caballos.

En pocos días, ya se habían habituado a mi presencia.

—Hola preciosa —le susurro a la yegua marrón. Es la primera de las caballerizas y la más dócil. Acaricio su lomo y recibo un ronquido de su parte, seguido de un gran estornudo. Me echo hacia atrás para no ser bañado por sus mocos. La yegua patea en el suelo y relincha incómoda.

—¿Qué le pasa a margarita? —pregunta Mateo.

—Solo estornudó.

—No, no se ve bien —asegura. Entra en el potrero y la examina minuciosamente—. Creo que está enferma —concluye.

—¿No es el veterinario quien debería dar ese diagnóstico?

—Sí, claro, pero tengo muchos años trabajando con estos animales como para no saberlo. Tendremos que mandarlo a llamar.

Sin darnos cuenta, el sol ya ha salido, aclarando el prado a su paso. La mansión de los Edevane es inmensa, al igual que los terrenos puestos al nombre del Marqués. Yo recibiría parte de la dote de su hija si decidiera acceder al matrimonio, aunque no es que las necesitase. En Dankworth tenemos más que suficiente y un poco más.

Continuamos nuestras labores hasta que, por la posición del sol en el cielo, calculo que deben ser pasadas las diez de la mañana. Nunca había estado tanto tiempo despierto en la madrugada, a menos que se tratase de alguna de las fiestas que tenía con Parris en la universidad, donde bebíamos alcohol hasta no poder más, jugando en apuestas y con mujeres.

Cuando hemos terminado, Mateo y yo volvemos a revisar a margarita, la yegua; para comprobar si realmente se encuentra enferma. El animal se ha sentado en el suelo de su potrero y no parece querer levantarse por ningún motivo.

—Se lo dije, está enferma. Esto no le va a gustar nada al lord Dominick.

—¿Es su yegua?

—No, esta le pertenecía a su madre. Ya tiene sus buenos años. Si mis cálculos no fallan, margarita tiene como veinticinco años.

—Es un buen tiempo para un caballo.

—Para los Edevane, esta yegua debe ser eterna. Es el último recuerdo que les queda de la señora de Edevane. Una gran marquesa sin duda alguna —dice con orgullo.

—Por como habla de ella, parece que la conoció muy bien.

—Tengo muchos años trabajando aquí. Yo vi crecer a los dos últimos de sus hijos. Fue una pena cuando falleció. La única de sus hijos que nunca pudo conocerla fue la señorita Charlotte.

Hablar con ellos es como tener un libro abierto sobre datos de la marquesa. No conocía nada de su pasado, ni de su vida. Cada detalle que descubro me ayuda a comprender mejor su personalidad. No me equivoqué al suponer que le había hecho falta la guía de una madre. Ahora sí estoy convencido de que su padre la sobreprotegió demasiado, muy seguramente debido a esa pérdida tan lamentable.

—Oh, ya veo. —Mateo suspira con fastidio.

—No puedo ir hasta el pueblo. Mandar una carta sería demasiado demorado, necesitamos al doctor aquí mismo, hoy. El joven Dominick no debe saberlo. ¿Cree que usted pueda ir al pueblo a buscar al veterinario? —me pregunta.

Tener que salir de la mansión implica alejarme de ella, y no quiero, sin embargo, debo seguir en mi papel todo lo posible.

—Sí, eso creo.

—¡Excelente! ¿Sabes cómo llegar? Solo debes seguir el camino directo, cruzando el puente del río, unas cuantas millas más adelante, no puedes perderte.

—No me perderé.

Olly viene corriendo desde la entrada principal de la casa. Inevitablemente levanto la vista hacia la habitación de Charlotte. Me pregunto qué estará haciendo ahora mismo. La imagino probándose vestidos para la fiesta de esta noche. Hay mucho movimiento de mozos y criadas este día. Hace tiempo que no veo a mi querido amigo Eric. Deberé hacerle una visita secreta.

—Muy bien, el doctor se llama Alan Hill, solo pregunta en el pueblo y te guiarán hasta su consultorio. Debe decirle que es de suma urgencia. Un pedido especial del marqués de Edevane, y vendrá con usted enseguida.

—Así lo haré.

—Cámbiese antes —me sugiere.

No traje demasiada ropa para esto, se supone que estoy de incógnito, así que solo tengo lo que me han dado aquí. Me devuelvo a mi habitación en el área de empleados y me quito la ropa que llevo puesta, que se encuentra sucia y mojada.

Mientras estoy colocándome el pantalón, escucho que la puerta se abre. Pienso que se tratará de alguno de los mozos, así que no le doy mi atención.

—¡Oh! Lo siento —dice una voz femenina a mis espaldas.

Me cubro el pecho con la camisa que estoy por ponerme. Una de las mucamas está frente a mí, y me mira con las mejillas enrojecidas.

—Señorita Woods —saludo.

Ella se queda quieta, incapaz de quitar su vista de mi cuerpo.

—Señor John —saluda con timidez, escondiendo un mechón de cabello detrás de su oreja—, no sabía que estaba aquí.

Termino de vestirme y entonces ella me mira. Tengo la sensación de que le he causado una buena impresión; juraría que le gusto.

—No se preocupe, señorita Woods. —Tomo mis cosas listo para salir. Ella se queda callada, a pesar de que creí que me diría algo más.

Vuelvo al establo y tomo uno de los caballos dispuestos para hacer algún recado de urgencia. En condiciones normales, a los mozos nos tocaría caminar, pero estoy seguro de que la urgencia del asunto requiere que tome algo de libertad para cabalgar al animal. Me parece curioso que los cuatro principales no se encuentran en sus potreros.

—¿Dónde están los otros? —le pregunto a uno de los empleados.

—Se los acaban de llevar para la marquesa, al parecer va a salir de compras con su dama, la señorita Eleanor.

¡Qué increíble casualidad! Y yo que me estaba lamentando por no poder acercarme más a ella. Esta oportunidad es perfecta.

Ensillo al corcel y me apresuro a salir para darle alcance a la carroza de la marquesa. Tendré oportunidad de verla interactuar con más personas en la región, aunque deberé hacerlo desde las sombras. Dos veces topándome con ella por casualidad es suficiente. Si me encuentra en el pueblo, en definitiva, terminaré por espantarla. Pensará que quiero arrebatarle su virtud, o algo peor.

Arreo al caballo, que empieza a avanzar a un trote suave. La carroza de Charlotte ya ha partido, al menos diez minutos primero que yo, así que no hay forma de cruzármela a medio camino, si continúo con este ritmo de andanza hasta llegar.

No se puede negar que los paisajes de Edevane en la primavera son espectaculares. El ambiente campestre y la suave brisa, en combinación con un cálido sol, hacen de la época una de las más bellas de todas. En Dankworth solo tenemos cielos nublados más de la mitad del año, y el resto del tiempo, lluvias torrenciales que han causado más de un estrago en varias oportunidades.

A pesar del clima no tan clemente de mi tierra, Dankworth tiene un encanto especial. Si sabes apreciar las interminables horas de lluvia con una buena taza de té, junto a un buen libro al lado de la ventana, o una pluma y un papel para escribir tus más profundos pensamientos, entonces podría decirse que Dankworth tiene un encanto mágico que te da las mejores musas, y los momentos más precisos de inspiración para escribir alguna historia.

Desde que había vuelto de la universidad, mi motivación para escribir se había agotado, pero ahora me pican las manos por tener, aunque sea solo un pedazo de hoja para dejar fluir estas ideas que se ocurren como un torrente.

Finalmente llego al puente del que me habló Mateo. El murmullo del río es tan relajante que jalo la cuerda del caballo para apreciar por más tiempo su suave sonido.

Tal y como me dijo, unas millas más y comienzo a divisar casas a los lados del camino, hasta que la separación entre ellas se hace tan corta que están directamente unas al lado de las otras. El bullicio acaba con la paz del bosque, la gente se arremolina entre los mercados, paseando de un lado a otro con sus compras o quehaceres.

La plaza es el lugar central, con una bella fuente justo en medio, mientras algunos niños corren persiguiendo a las palomas.

Sé que debo ir a buscar al veterinario, pero antes de eso, necesito ver a Charlotte. Según la información del empleado, está yendo a comprar ropa, así que lo más obvio es que esté en alguna de las boutiques.

Camino lentamente con el caballo hasta que llego a la primera. La carroza que la trajo se encuentra en frente, la reconozco por los caballos, y el distintivo emblema de la casa Edevane en su puerta.

Desmonto al animal y lo dejo bien atado en uno de los postes de madera dispuestos para ello.

—Ya vuelvo —le digo.

Camino casualmente por la calle, intentando ver a través de la vitrina hacia dentro, pero los pomposos vestidos y las damas que se mueven de un lado a otro ahí, no me dejan ver nada.

Qué difícil se está volviendo todo eso, Charlotte Edevane.

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