Capítulo 3 No tengas miedo
Rocco se presentó en la habitación sin prisas ni demoras. Su rostro libre de cualquier emoción mientras abría la puerta. En el interior, la oscuridad bañaba cada rincón y solo la luz de la luna impedía que la estancia se consumiera por las sombras.
Su esposa lo esperaba de pie junto a la cama, con el cabello liberado del tenso recogido y el maquillaje recargado. Por alguna razón, sintió algo diferente en ella.
No supo explicar qué era, así que lo asoció únicamente a su apariencia.
Se acercó a ella con lentitud. Cuando quedó a escasos centímetros, le dijo con un tono firme pero cuidadoso:
—Levanta la mirada.
Bianca obedeció.
Rocco se sorprendió por un instante por la manera en que su esposa lo miró. No era un desafío, no había resistencia en ella, sin embargo, tampoco había miedo. Era la mezcla idónea entre la obediencia y el carácter fuerte. Eso le agradó. No quería una mujer temerosa que se pusiera a lloriquear cuando la desvirgara, tampoco le apetecía que se opusiera a él, o que le fuera indiferente.
A pesar de su reputación y sus frías condiciones, Rocco no buscaba una esposa sumisa.
Sino una compañera apropiada.
—¿Ya terminaste de llorar? —preguntó.
Bianca quiso apretar los labios ante aquella burla hacia su hermana, pero se contuvo.
—Solo estaba nerviosa —se disculpó —. Me han dicho que la primera vez siempre es la más dolorosa —susurró, sin poder ocultar su timidez y temor por la situación —. Creo que tengo derecho a sentirme asustada, debido a su reputación, no espero que sea amable conmigo. Además... usted ya ha tenido otras mujeres.
Rocco entrecerró los ojos.
—¿Qué hay con eso? ¿Te molesta?
Ella negó suavemente.
—Para nada —replicó —. Yo entiendo que todos los hombres ya han tenido a una mujer o dos mucho antes del matrimonio.
Por alguna razón, esa acusación lo hizo sentir incómodo. Bianca continuó.
—Yo solo intentaba decir que a lo mejor estar con una mujer que nunca ha tenido nada con otro hombre lo ponga impaciente.
—¿Impaciente? —repitió, confundido —. ¿A qué te refieres?
Bianca tragó saliva.
Nunca había intimado con nadie, ni siquiera se había permitido enamorarse de alguien. Pero comprendía lo que estaba por ocurrir, sabía lo que tenía que esperar: Rocco no iba a ser delicado con ella.
La tomaría de la forma que él sabía, sin cuidado, sin dignidad. Solo usaría su cuerpo de la manera que tomaba a sus amantes, ignorando su inconformidad, su dolor, si estaba cómoda o no. Ella era hermosa, sabía lo que provocaba en los hombres. Y aunque no existía amor ni atracción como motivación en esa unión, Rocco seguía siendo un hombre con pasiones. Se la iba a follar sin contemplarlo dos veces, saciándose a sí mismo, no a ella. La expectativa hizo que un nudo se formara en su estómago.
—No espero que sea amable —se limitó a responder —. Es todo. Por favor, entienda el por qué de mi comportamiento anterior. Solo tengo miedo... ¿Va a doler mucho?
No mentía. Estaba actuando el papel de su vida, sin embargo, sus palabras eran sinceras: estaba aterrada.
Rocco la miró fijamente, no expresaba nada con esos ojos fríos como picos de hielo.
—Es bueno que entiendas que nunca debes esperar amabilidad de mi parte —dijo —. Date la vuelta.
Bianca dejó escapar una leve exhalación, preparándose para lo que vendría. Obedeció sin rechistar, consciente de que no debía provocar la ira de este hombre.
Los dedos de Rocco comenzaron a quitarle el vestido. Desató los nudos complicados en la espalda, luego le bajó el cierre. Su nudillo se deslizó por su columna mientras lo hacía, provocándole un escalofrío. Como algo inevitable, sus hombros se tensaron, todo su cuerpo estaba rígido por el anticipo. «Respira, respira...»
El último trozo de tela se deslizó y cayó a sus pies. Bianca tragó saliva al quedar desnuda, apenas defendida por la ropa interior de encaje que había sacado del ajuar de su hermana.
Rocco no tardó en quitarle ambas piezas también. Sus pechos quedaron expuestos y el aire frío besó su intimidad. Esperaba que su no-esposo no tuviese problemas con la depilación. No le había dado tiempo suficiente de prepararse con propiedad.
«¡Esto está mal! ¿Qué estoy haciendo? Debería detenerlo antes de que sea demasiado tarde...»
—Estás temblando —señaló Rocco.
Era cierto. El miedo la estremecía hasta los huesos.
—Tengo frío —se justificó en voz baja, agachado la cabeza.
«Esto no es diferente de lo que habría tenido con otro hombre. Todos los mafiosos son así de brutos con sus esposas» se dijo para consolarse.
Rocco no dijo nada más al respecto. Sin ninguna clase de tacto, ahora que estaba completamente desnuda para él, la empotró contra el borde de la cama. Bianca contuvo su chillido de sorpresa por el abrupto movimiento. Sin embargo, no se movió, no se quejó, mucho menos lo cuestionó.
Pero cuando sintió el bulto duro y poderoso presionado contra sus nalgas, el miedo la recorrió de pies a cabeza. Apretó los párpados con fuerza; en ese momento, el sonido de la cremallera era lo único que rompía con el silencio en la habitación.
«No voy a llorar. No importa cuánto pueda doler, no pienso llorar»
Rocco se quitó los pantalones sin pensarlo dos veces. El cuerpo de su esposa era atractivo a simple vista, pero despojado de cualquier prenda, era una maravilla. Sus curvas eran una tentación en sí misma. En esa posición, su culo se veía mucho más prominente y no se contuvo a la hora de poner ambas manos en sus nalgas, apretando la carne suave de la zona.
Bianca se sobresaltó ante la breve sensación de placer que apareció.
El cuerpo de Rocco se inclinó sobre el de ella. Podía sentir su miembro caliente hundido entre sus muslos, le sorprendió lo largo y duro que estaba, la humedad vizcosa que se deslizaba por la punta y le mojaba la piel helada.
Los labios se Rocco le rozaron la oreja.
—Quiero que recuerdes algo —le dijo —: no soy un tipo amable. Pero soy generoso con quienes saben ganárselo.
Un escalofrío de placer la recorrió cuando uno de los dedos de Rocco encontró los labios inferiores y se hundió dentro de ellos hasta alcanzar su clítoris.
—Por esta noche, seré amable contigo porque es tu primera vez —confesó. Bianca abrió los ojos al oír eso. Rocco frotó su clítoris con fuerza, robándole un suave gemido involuntario —. Pero después de hoy, quiero que lo tengas claro: no me gusta el sexo dulce. La siguiente vez que te coja, vas a estar lista para recibirme. ¿Comprendes?
—Sí, señor —aceptó.
Esa sola palabra encendió algo en Rocco.
En el siguiente minuto, empujó las piernas de su esposa a los costados y acomodó su cara entre sus muslos.
Bianca frunció el ceño.
—¿Qué está...? ¡Ah!
La lengua de Rocco se hundió entre sus pliegues, chupando y lamiendo lo que él creía que le pertenecía. Bianca no sabía qué era lo que ocurría, ni por qué lo estaba haciendo, pero la sorpresa y el desconcierto por la situación pasaron a segundo plano cuando acabó rindiéndose a sus atenciones, a los espasmos que la recorrían con cada nueva ola de placer. Cada azote de su lengua hacía que sus los dedos de sus pies se encogieran y que sus manos se aferraran a las sábanas, incapaz de asimilar la descarga placentera entre sus muslos. En un punto, llegó a ser ella quien empujaba sus caderas para recibir su lengua, suplicando más con sus gemidos, demostrando que lo disfrutaba con cada estremecimiento de su cuerpo. «Más, más, más» pedía para sus adentros.
El orgasmo la golpeó tan fuerte que ni siquiera comprendió el momento en que Rocco dejó de usar la lengua para reemplazarla por sus dedos, largos y habilidosos.
Le metió dos de un solo empuje.
—Oh —gimió Bianca —. Eso... se siente bien.
Se sonrojó por su confesión, sintiéndose avergonzada de haber expuesto sus pensamientos.
Rocco no se burló de ella, tampoco añadió nada. Solo la embistió con los dedos, bombeando con fuerza en su interior, cada vez más profundo, más rápido, imaginando que era otra cosa la que se hundía hasta su núcleo, haciendo gemir y retorcerse entre las sábanas blancas que pronto estarían empapadas con sus fluidos.
Al ver que Bianca ya estaba sumergida por completo en el placer, y que su coño estaba chorreando de excitación, no lo dudó y la penetró con su miembro, reclamando lo que le había sido prometido.
«Mía»
