Capítulo 4 Tienes que casarte
«Mía» rugió para sus adentros. Ni él mismo comprendía el origen de aquella posesividad inesperada. Pero no pudo refutarlo. «Se siente como mía»
Bianca se puso rígida en ese instante. Sus paredes se tensaron alrededor de su miembro, resintiendo la invasión, la penetración de aquella cosa gruesa que parecía querer romper algo dentro de ella.
Gimió en voz baja, adolorida.
—Tranquila —le susurró Rocco, acariciando su cadera mientras se inclinaba sobre ella —. Acabará pronto.
Bianca no pudo controlar su temperamento. Le dolía como el infierno. ¿Qué sabía él sobre ser penetrado por primera vez?
—¿Alguna vez te han metido una cosa del tamaño de un brazo? —replicó, queriendo sollozar por el placer perdido. Hacía solo un momento todo era rosas y estrellas.
Una risa ronca vibró detrás de ella. Bianca parpadeó ante la repentina reacción. ¿El temido Rocco Lombardi, riéndose?
—Te aseguro que no mide lo mismo que un brazo —respondió —. Y no he terminado, falta la mitad, así que relájate.
«¡¿La mitad?! ¡Pero si ya la siento hasta el útero!» gimoteó.
Se reservó esa queja para sí misma, consciente de que no tenía que hablar con él. No cuando este encuentro era solo de una noche. Entablar una conversación, por mínima que fuera, era peligroso. Verónica nunca hablaría de esa forma, incluso algo tan sencillo podía delatar la mentira de las gemelas.
Rocco se hundió más profundo, besando la curva de su espalda, ganándose un suspiro placentero de Bianca. Cuando se la folló con los dedos, sintió cómo su coño lo apretaba y sus jugos lo mojaban. Hizo que se preguntara qué tan bien se sentiría cuando reemplazará los dedos por su miembro. Ahora, con la polla dentro de ella, había descubierto que estaba más apretada de lo que pensaba.
No podía soportarlo, necesitaba moverse de una buena vez o iba a enloquecer.
Así que la sujetó por las caderas y comenzó a follarla con avidez, controlando sus movimientos apenas, para no lastimarla más de lo que ya lo hacía. Por su parte, Bianca trataba de no sacudirse de su agarre ni decirle que se detuviera. El dolor era punzante y parecía no querer irse, pero a medida que él la continuaba embistiendo, se hacía más soportable. Hizo lo mejor que pudo por no llorar, aunque sentía pequeñas lágrimas atrapadas bajo sus pestañas.
Rocco comenzó a repartir besos en su hombro, en su cuello, incluso detrás de su oreja y en su mejilla, sintiéndose extrañamente dulce mientras aceleraba sus movimientos. Pero después de unos minutos, se volvía más ansioso, más salvaje, mordiendo su piel, chupando y amasando sus nalgas, hundiendo sus dedos en sus caderas hasta dejarle marcas rojizas, como si quisiera darle una muestra de lo que serían las siguientes noches. Bianca comenzó a sentir menos dolor, hasta que solo quedó un mínimo rastro de él.
Rocco también pareció sentir el momento en que su cuerpo se relajó, pues ya no trató de controlarse. Con un movimiento, la puso boca arriba y la penetró de una sola embestida, empujando sus caderas contra las suyas con un deseo que caló hasta sus huesos. Sin saber la razón, le recorrió el cuerpo, con los labios, con la lengua, con las manos, marcando cada centímetro de su piel con una posesividad enfermiza. Sus manos se detuvieron más tiempo del debido en sus pechos firmes y abultados. Notó qué tenía un pequeño lunar en el pecho izquierdo, por alguna razón, no pudo evitar la punzada de excitación que le recorrió al ser consciente de ese detalle.
Bianca dejó que él la reclamara como quisiera, perdida entre el placer y el cansancio que comenzaba a sentir.
Un líquido espeso y caliente se derramó dentro de ella.
Gimió suavemente cuando sintió que Rocco salía de entre sus piernas.
Lo siguiente que pasó, no lo recordó. Rocco, por su parte, al ver que Bianca comenzaba a cerrar los ojos, no trató de despertarla, a pesar de que deseaba más que a nada seguir hartándose de su cuerpo hermoso. Debería haberse marchado, dejarla ahí tendida, pero no lo sintió correcto. Con cuidado, la posicionó sobre el colchón de la mejor manera, para que pudiera descansar sin ninguna incomodidad y la cubrió con las sábanas antes de irse.
Cuando Bianca volvió a abrir los ojos al día siguiente, Rocco no estaba por ningún lado. Sintiendo los músculos adoloridos, se sentó en el colchón y miró alrededor, buscándolo.
—¿Se fue durante la noche? —dijo, sintiéndose decepcionada por alguna razón.
«Ay, ¿qué cosas pienso? Por supuesto que se fue. Solo vino para reclamar lo que se le prometió»
En ese momento, la puerta se abrió. Su madre entró junto con una sirvienta.
—Mamá —susurró, avergonzada, tratando de cubrirse con las sábanas.
—Cariño, ¿qué haces ahí todavía? ¡Levántate! Tenemos que mostrarle las sábanas a la famiglia.
Bianca sintió cómo el rubor le subía a las mejillas. Había olvidado esa absurda tradición.
—Vamos, querida, no tenemos tiempo qué perder —apresuró su madre, luego señaló a la sirvienta —. Ayúdala a bañarse y a vestirse. Yo me haré cargo aquí.
Ese mismo día, las sábanas fueron mostradas a toda la famiglia, con Verónica y Bianca presentes. "Una muestra de honor" decían.
Verónica, muy sabiamente, no le había hecho preguntas sobre la noche anterior, excepto por la más obvia.
—¿Estás bien?
Bianca se limitó a asentir.
Aprovechando que nadie las estaba observando en ese momento, se atrevió a preguntarle lo que Verónica no había sido capaz de responderle.
—¿Con quién? —exigió saber Bianca —. ¿Quién fue el hombre con el que te acostaste?
El rostro de Verónica perdió todo el color, toda la tranquilidad de la que gozaba hacía tan solo unos minutos. Pero de todos modos le concedió el nombre.
—Salvador Escuderi —susurró.
—¿El soldado?
Verónica asintió.
Bianca apretó los ojos con fuerza.
Un soldado.
El rango, aunque respetable, era el más bajo de toda la famiglia.
Salvador era un hombre que se había ganado el respeto de la mafia, un nombre, un lugar, sin embargo, eso solo hacía peor la situación. Lo que era más alarmante: trabajaba para la familia Moretti y era uno de los leales de su padre.
—Lo matarán si lo descubren —advirtió —. ¿Eres consciente de eso?
Los ojos de su gemela se pusieron vidriosos.
—Yo lo amo...
—¡Cállate! —la interrumpió, mirando alrededor. Verónica se encogió —. ¡No quiero saberlo! —relajó el gesto —. No quiero saber nada. Solo promete que no volverás a verlo.
Verónica no le respondió.
Bianca tuvo un mal presentimiento acerca de esa reacción, pero no pudo decir nada más pues Rocco apareció en ese momento.
—Te estaba buscando —dijo.
—Yo... —balbuceó Bianca.
—Solo quería tener una conversación con mi hermana —se excusó Verónica. Bianca se sintió como una tonta al pensar que Rocco le estaba hablando a ella.
El hombre apenas le dedicó un vistazo.
—Tenemos asuntos que atender. Date prisa —dijo antes de irse.
Bianca trató de no mirar en su dirección.
Ambas hermanas se despidieron en ese momento con un abrazo que comunicaba demasiadas cosas.
Ella regresó a casa junto a toda su familia luego de que la última celebración de la boda terminara.
Su hermana se mudó esa misma tarde con Rocco, su esposo.
Y el hombre a quien le había entregado su virginidad. ¿Cómo se suponía que lo olvidara? Todavía podía sentirlo entre los muslos, su lengua, sus dedos, su miembro...
—Tengo que superarlo —se dijo —. Él nunca sabrá que fui yo esa noche.
Tres semanas después, mientras se preguntaba cómo le estaría yendo a su hermana en su nueva vida, su madre apareció frente a ella.
—Tienes que casarte —declaró.
