Capítulo 5 Embarazada
Bianca miró a su madre con el rostro blanco del terror. Tenía el corazón acelerado.
—¿Por qué tan pronto? —cuestionó —. Mi hermana se casó hace menos de un mes. ¿No es un poco apresurado?
—Todo lo contrario. Es el mejor momento para que te cases —replicó Paola Moretti —. El matrimonio de Verónica ha puesto la atención de capos respetables en nosotros. Ahora que tenemos lazos con los Lombardi, eres la mujer más codiciada.
Su madre hablaba con tal entusiasmo que se le revolvió el estómago. Bianca tragó saliva, intentando pasar el mal sabor.
Eso no estaba bien. Ella tenía que casarse con un hombre de rango controlable, alguien a quien no tuviera que someterse. Rocco Lombardi era el pez más peligroso, y su hermana estaba amarrada a él. Sin embargo, Bianca tenía que estar con un soldado o uno de los subordinados de su padre, alguien que la necesitara a ella para escalar en posición, no alguien que podía ser exigente.
O que tuviera poder para matarla cuando supiera que ya había sido manchada.
—Mamá, yo...
El rostro de la mujer se endureció.
—No, Bianca —la interrumpió —. Has tenido suficientes travesuras y libertades como para arriesgarnos a que nos deshonres. Lo mejor será que te cases pronto, sobre todo ahora que tienes muchos pretendientes.
Bianca agachó la cabeza, sabiendo que estaba perdida.
Ella no tenía voz ni voto en esa decisión, que seguro había empezado por su padre. Y una vez que la cabeza del hogar dictaminaba algo, era definitivo.
—Cambia esa cara —dijo su madre con disgusto —. Ser la esposa de un capo es mejor que ser entregada a un soldado de la peor categoría.
Bianca no dijo nada. Su madre hablaba desde el poder y el privilegio. Ella nunca había sufrido a manos de su padre, nunca la había golpeado ni humillado.
Pocas mujeres en la mafia podían decir lo mismo.
Cualquiera de las esposas de los demás capos dirían que, si tuvieran opción de cambiar de marido, se casarían con hombres inferiores a ellas.
—¿Al menos podré elegir? —susurró, deseando esa mínima pizca de poder.
Su madre la miró por un momento.
—Sabes que esa decisión le corresponde a tu padre.
Bianca cerró los ojos, resignada. De pronto sintió un mareo y se recostó en la cama.
—Quiero estar sola.
Paola Moretti la contempló un momento, como si el instinto materno le hubiera despertado alguna empatía por su hija mayor, a quien casi nunca comprendía.
No sabía el origen de su malestar, sin embargo, sentía que algo no andaba bien, más allá de la idea del matrimonio.
—Tu padre quiere que te reúnas con él más tarde en su oficina —avisó antes de irse —. Descansa.
Cuando su madre cerró la puerta, Bianca comenzó a sentir náuseas y fue corriendo hasta el baño para vomitar. El asco trepó por su garganta hasta que la sintió irritada y el estómago vaciado.
«No..., ¡no, no, no! Dime que no es lo que pienso. Que no sea lo que temo» rogó para sus adentros, asustada de lo que aquello podría significar.
—¿Cómo...? —susurró, deslizándose por el frío mármol del baño —. ¿Cómo es posible?
Entonces lo recordó.
El líquido caliente entre sus piernas, llenándola por completo. Rocco no había usado preservativo, ¿por qué iba hacerlo? Se estaba follando a quien creía su esposa.
Y ella no tenía acceso a esas cosas. No tenía idea de que podía quedar embarazada en su primera vez.
Sus padres podían creer lo contrario, pero Bianca, a pesar de su carácter, era bastante ignorante en esos temas. Toda la educación la había recibido en casa, nunca abandonaba su hogar sin un escolta o uno de sus padres, y en el primer caso, tenían la obligación de informarle a los Moretti cada uno de sus movimientos.
Ella no era la chica que se escapaba de casa para irse a alguna fiesta o que coqueteaba abiertamente con los muchachos y escoltas; esa siempre había sido Verónica, solo que sus padres no tenían idea de que sus hijas, aprovechando su fuerte similitud, intercambiaban de identidad con frecuencia.
Y ahora, gracias a ese juego entre ellas, a que no pudo dejar que Rocco descubriera que su hermana lo había traicionado, ella estaba metida en un problemón.
—Dios —se llevó ambas manos a la cara, sin saber qué hacer —. Esto no puede estar pasando.
Verónica.
Ella tenía que ayudarla con este problema.
Con dedos temblorosos, marcó el número de su hermana. El «bip» de la llamada nunca se le había hecho tan molesto hasta ese momento.
Cuando finalmente le contestó, fue directa.
—Estoy embarazada —dijo, el silencio del otro lado fue todo lo que escuchó —. Necesito que me consigas una prueba de embarazo.
—¿Cómo dices? —balbuceó Verónica, en completo estado de shock.
Bianca hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para no gritarle en ese momento.
—Acabo de vomitar. Hace días que siento mareos y hoy empecé con las náuseas... todo indica que estoy embarazada.
—Pero, ¿cómo es posible? ¿No te tomaste la pastilla del día después?
—¿La qué? —cuestionó.
Verónica soltó un suspiro.
—Oh, Dios mío, ¿no te la tomaste? —susurró, escandalizada —. Yo pensé que era demasiado obvio, por eso no te dije nada. No creí que tú no sabrías... Dios.
—Se ve que tú sabes mucho del tema —atacó Bianca, comprendiendo que su hermana estaba mejor informada que ella.
Verónica no le respondió.
—Convenceré a Rocco de que me deje ir a casa.
Al escuchar el nombre de Rocco, algo en su pecho se apretó.
—Hay otra cosa —comentó.
—¿Qué pasa ahora?
Apretó los labios.
—Me voy a casar.
Verónica maldito en voz baja, ahora más nerviosa y alarmada que antes.
Cortaron la llamada sin despedirse, bajo la promesa de que hallaría la manera de ir a casa para corroborar o descartar las sospechas de Bianca. Verónica se preparó mentalmente para enfrentar a su esposo, el hombre que llevaba semanas ignorándola.
Desde la incómoda primera noche que tuvieron juntos —después de la noche de bodas —, Rocco no había intentado tocarla, lo que representó un gran alivio para ella.
El hombre apenas hablaba con su esposa. Verónica tocó la puerta de su oficina con el corazón desbocado.
—¿Quién es? —la voz helada de su marido la hizo saltar en su lugar.
—Soy yo —dijo, insegura.
Hubo un momento de silencio antes de que él le permitiera pasar.
—¿Qué sucede? —preguntó al verla —. ¿Se te ofrece algo, esposa?
La palabra se sentía espesa en su lengua. Rocco no había podido congeniar con Verónica en ese tiempo juntos y ella parecía temblar cada vez que lo veía, lo que lo incomodaba en sobremanera.
—Yo... La verdad es que quería pedirte un favor —admitió Verónica.
Eso lo tomó por sorpresa. Pero no cambió su expresión severa.
—¿Qué tipo de favor?
—Quiero que me permitas visitar a mi familia.
