Capítulo 6 ¿Tu hermana va a casarse?

El día que Rocco llevó a su esposa a su nuevo hogar, notó algo extraño en ella.

La noche anterior, Verónica había sido más accesible, aunque no por eso actuaba con una sumisión rígida. Pero durante la celebración en la casa de los Lombardi, la notó tensa y silenciosa, como si algo hubiera cambiado en las horas que la dejó sola, pero lo asoció a la incomodidad por la demostración de las sábanas.

Incluso él admitía que era una costumbre anticuada y absurda.

Sin embargo, durante el viaje en auto, Verónica no se mostró más abierta, ni en confianza. Se sentó en el extremo del asiento, arrinconada a la puerta, como si estar cerca de él la envenerara. Rocco fue paciente, consciente de que no había razón para que ella se sintiera con libertades a su lado, así que no la presionó ni trató de sacarle conversación sobre los eventos de la noche anterior.

Lo único que dijo fue:

—¿Cómo te sientes?

Verónica se sobresaltó al escucharlo.

—¿Perdón? —incluso su voz sonaba diferente, de alguna manera.

Frunció el ceño sin poder evitarlo.

—Sí te sientes adolorida, tienes que decírmelo para enviarte con la doctora a que te revise.

—N-No hace falta —negó, asustada de que pudieran descubrir la mentira de la noche anterior —. Me siento bien. Gracias.

Esa fue la última conversación que tuvieron antes de llegar a la casa.

Verónica se mostró indecisa e inconforme cuando le indicó el lugar donde dormiría a partir de ese momento.

—¿Dormiremos juntos? —preguntó en voz baja, mirando la cama frente a ellos.

—Por supuesto. Estamos casados.

Casi que la vio temblar ante sus palabras.

Rocco pensó que solo necesitaba adaptarse, que no había motivos para asumir que ella lo encontraba desagradable cuando hacía pocas horas la había tenido gimiendo bajo su cuerpo.

«Tal vez recuerde lo bien que nos sentimos esa vez si la ayudo a recordarlo» se dijo.

Pero cuando la noche cayó, Verónica no fue más abierta que en el día. En el momento que la puso en la misma posición que en su primera vez, ella se puso tensa y cerró los ojos con fuerza. Aunque no le pidió que se alejara, su lenguaje corporal habló por ella. Permitió que él tomara su cuerpo, que la tocara y la besara, pero no reaccionó a sus estímulos. No de buena gana.

Fue como si ella solo se resignara, como si dejar que él se metiera en su coño fuera algo que se obligaba a aceptar. No algo que disfrutara.

No consiguió el placer en eso.

Cuando finalmente la liberó, ella se quedó tendida ahí, esperando por su orden.

—Limpiáte —dijo sin más —. No dormiré contigo esta noche.

Y se fue. Verónica fue directo al baño a ducharse, a quitar todos los restos de su tacto en su piel, sintiendo que había traicionado a Salvador, el hombre a quien le entregó su corazón antes que su cuerpo.

Rocco le asignó una habitación al día siguiente. Nunca llegaron a compartir la cama y él nunca la volvió a buscar para tener sexo. Ya ni siquiera la deseaba.

Su rechazo de esa noche cortó cualquier deseo que él hubiera llegado a sentir por su esposa.

Durante las tres semanas que llevaban conviviendo, ambos ignoraron la presencia del otro; si se cruzaban para saludarse, era un milagro. Verónica no le había pedido nada en todo ese tiempo, nada, pero ahora se aparecía en su oficina con una solicitud extraña.

—¿Cuál es el motivo? —indagó —. ¿Por qué de repente quieres ir con tu familia? ¿Ha pasado algo de lo que deba enterarme?

Verónica negó, tratando de controlar los latidos de su corazón.

—No es eso. Es solo que extraño a mi familia y quisiera visitar a mi hermana —Se mordió el labio, intimidada por la manera fría en que la miraba —. Además... me enteré que está por casarse.

Era una excusa arriesgada. El anuncio no había sido público y el prometido no había sido escogido, pero era lo único que tenía para justificar su deseo de visitarla.

No esperaba que Rocco comprendiera algo tan simple como la nostalgia por el hogar, así que ese motivo estaba descartado.

—¿Tu hermana va a casarse? —preguntó, sintiendo algo extraño en el pecho.

Cuando se acostó con Verónica en su noche de bodas, pensó que quizás se había equivocado al creer que la gemela mayor habría sido más apropiada. Pero desde el último y vergonzoso encuentro en la cama, el pensamiento regresó con más fuerza.

Su mente había grabado el rostro de Bianca, idéntico al de su hermana y al mismo tiempo, tan distinto. Había fuerza en ese rostro, en esa mirada afilada y oscura.

—No se me ha notificado de ningún acuerdo entre familias —señaló Rocco —. ¿Con quién van a casarla?

Rocco no entendía de donde provenía su curiosidad, sin embargo, necesitaba saberlo.

—No lo han decidido todavía —respondió Verónica, nerviosa —. Mi hermana solo me dijo que la van a casar pronto. Está un poco sorprendida ya que no esperaba algo así... —trató de sonreír —. Nosotros nos casamos hace solo unas semanas, no entiendo por qué mis padres se están apresurando.

El hombre se recostó en su silla, más inexpresivo que una piedra.

—Es obvio por qué.

Verónica no se atrevió a hablar.

—Los Moretti ahora tienen lazos con mi familia. Este matrimonio le abrió muchas puertas a tu familia y no van a desperdiciar la oportunidad de encararmarla con un capo bien posicionado.

«Lo que me cierra la posibilidad de cambiar a las gemelas si Verónica demuestra ser incapaz de ser una compañera adecuada» pensó.

—Oh —murmuró Verónica, sin saber qué decir —. Tienes... Tienes razón. No lo había pensado.

—¿Entonces quieres ir para darle apoyo moral? —cuestionó —. Me parece que tu hermana no es de las que se ponen a llorar por un compromiso... o en el día de su boda.

Verónica enrojeció ante la burla en sus palabras, aunque Rocco no estaba riendo, ni parecía divertido.

Sonaba más como una acusación.

—Es más sensible de lo que aparenta —se limitó a decir —. ¿Me dejarás ir? Prometo que no me tomaré mucho tiempo. Solo quiero hablar con ella en persona.

Rocco lo consideró un momento.

No había razón para negarle aquel permiso, sin embargo, por la expresión atormentada de su esposa, ella creía que él era inflexible y controlador, y no la dejaría ir fácilmente.

Le tenía miedo. Y desconfiaba de él.

Nunca había sido más consciente de eso hasta ahora.

Apretó la mandíbula.

—Está bien —aceptó —. Puedes ir.

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