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Esposa De Un Hombre cruel

Esposa De Un Hombre cruel

Miry Reina · Completado · 114.0k Palabras

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Introducción

Él la amaba, iba a convertirla en su esposa, pero una noche antes de la boda, ella se acostó con alguien más, en su propia casa.
No suficiente con la traición, ella asesinó al amante e hirió de muerte a la abuela de Marcos, dejándola en coma.
Dolido y lleno de odio, decidió enviarla a prisión, hacer sentir el peso de su ley sobre ella, quien juraba ser inocente, pero las pruebas apuntaban que ella era una zorra, una asesina y que nunca lo había amado.
Cuando se entera que ella lleva un hijo suyo en el vientre, la rapta, la obliga a casarse con él, y en la convivencia hace que pague con creces su traición. Pero cuando su abuela recupera la memoria, Marcos Heredia llorará, suplicará por el perdón de su esposa, quien solo regresa a él, para hacerle pagar su desconfianza.

Capítulo 1

Con el sonido de un disparo que resonó en todos los rincones de la mansión, las empleadas se levantaron sobresaltadas. Emma bajó rápidamente con su ropa manchada de sangre.

—Mañana cuando despiertes, tu vida será un infierno Maite Ferri, te odio con toda mi alma, espero con ansias ver cómo el odio de Marcos caerá sobre ti, te odiará y aborrecerá -declaró mientras caminaba hacia el auto que había estacionado fuera de la hacienda. Antes de irse, vio llegar el auto de Marcos y respiró aliviada al darse cuenta de que él no la había encontrado.

—Pronto serás mío Marcos Heredia, sólo mío.

Marcos había salido de la mansión como todos los días para ir a trabajar. Sin embargo, su amigo Alfonso le había preparado una despedida de soltero esa noche.

Pero Marcos no tenía ninguna intención de disfrutar. Tenía el ceño fruncido y se le notaba estresado. Su rostro mostraba amargura al ver a las mujeres bailando para él. Se sintió furioso y ni siquiera las siguió mirando. Desvió la mirada hacia cualquier otro lado.

Por alguna razón, su corazón se sentía angustiado. Se levantó de su asiento y empujó a la mujer que bailaba frente a él, sin siquiera mirarla ni disculparse. Salió rápidamente del departamento.

La mujer sintió rabia y vergüenza, pero en el fondo agradeció que el hombre se haya ido. Estuvo toda la noche amargada, ni siquiera les sonrió ni las miró.

Al llegar a la mansión, Marcos escuchó los desesperados gritos de sus empleadas. Subió rápidamente las escaleras y al llegar a la habitación de Maite, encontró a un hombre desnudo en el suelo. Una ira se apoderó de él y caminó rápidamente hacia él. Las empleadas se quedaron paralizadas, sin saber qué hacer o decir. Habían escuchado el disparo y se habían cambiado rápidamente para llegar al lugar.

Marcos se acercó y al ver que el hombre tenía una herida de bala en la espalda, le tomó el pulso. El hombre estaba muerto.

—¿Qué diablos pasó aquí? —balbuceó alzando la mirada hacia la habitación. La puerta estaba abierta y se sintió destrozado al ver a Maite tendida en el suelo, completamente desnuda y con un arma en la mano. Varios pensamientos cruzaron por su mente y destrozaron su corazón. Estaba luchando entre Maite desnuda y el hombre muerto, y la pistola en la mano.

Tragó saliva cuando vio que al lado de su amada estaba su abuela. —Abuela -gritó desesperado al verla herida.

—¿Qué diablos pasó?

Todas las empleadas se miraron las unas a las otras hasta que una de ellas habló nerviosamente:

—No… No… No lo sé, señor.

La ira invadió a Marcos y las fulminó con la mirada.

—Cúbranla —gruñó Marcos y una empleada agarró una sábana y la tiró sobre el cuerpo desnudo de Maite.

Mientras Marcos tomaba el débil pulso de su abuela, pidió angustiado:

—Llamen a una ambulancia. Una de las empleadas agarró el teléfono y llamó al hospital.

La ambulancia llegó lo más rápido posible. El pulso de Elisa estaba debilitándose y la angustia invadía a Marcos, quien con sus ojos oscuros recorría la habitación. Encontró un teléfono en el suelo y lo tomó nerviosamente. Era el teléfono de Maite y la pantalla estaba rota, aparentemente se había caído desde un lugar alto.

En la primera pantalla encontró un video. Lo abrió temeroso y su corazón se encogió al ver las imágenes de aquel hombre tocando el cuerpo de su amada.

Marcos tragó saliva y se desvaneció, sentándose al borde de la cama. Contuvo con gran esfuerzo las lágrimas que amenazaban con salir debido a la traición de Maite.

Al verla desnuda en el frío suelo, la rabia lo cegó y con el corazón hecho pedazos, Marcos llamó a la policía.

Cuando llegaron, rodearon al hombre tendido en el suelo. Recogieron el arma y el bastón con el que habían atacado a Elisa como evidencia. A Maite la llevaron a prisión estando inconsciente, aún bajo los efectos de la droga.

Cuando la policía se llevó a Maite, Marcos se dirigió al hospital. Desde que se llevaron a su abuela, había entrado al quirófano y hasta las seis de la mañana aún no había salido.

Los doctores estaban haciendo todo lo posible para salvarla y la operación iba bien. Elisa estaba teniendo un hermoso sueño, «en el cual su amado esposo la recibía con los brazos abiertos, y tras él, estaban su hijo y su nuera, los padres de Marcos, que habían fallecido hace años. Su nuera lloraba y Elisa secaba sus lágrimas.

—No lo dejes solo —pronunciaba Mer—. Me lo prometiste.

Elisa, desde las alturas, veía a su nieto triste.

Cuando los padres de Marcos murieron, Elisa llegó al lugar del accidente y la única persona que encontró con vida fue su nuera, Mer, madre de Marcos.

—Prométeme que lo cuidarás y no lo dejarás solo —fueron las últimas palabras de Elisa. Entre lágrimas, Elisa asintió y desde aquel día vivió para cuidar a su nieto. Marcos era lo único que le quedaba de su hijo, quien falleció junto a su esposa en aquel accidente de tránsito».

Cuando la operación estaba por terminar, algo sucedió. Todos los doctores comenzaron a moverse más rápido. Elisa se estaba yendo y utilizaron la máquina para traerla de vuelta una y otra vez.

La pantalla de la máquina mostraba una línea recta y un sonido que indicaba que la vida de Elisa se había ido. Alfonso agarró las planchas y aumentó la intensidad, empezó a golpear el corazón de Elisa para tratar de traerla de vuelta. Los demás observaban y movían sus cabezas en señal de que era inútil: Elisa se había ido.

—Vamos Elisa —clamaba Alfonso—. No puedes irte, hazlo por Marcos.

En la sala de espera, Marcos caminaba de un lado a otro. De repente, las puertas del quirófano se abrieron y salió Alfonso, empapado de sudor, se quedó parado sin moverse. Marcos se acercó lentamente y, con un nudo en la garganta, miró a los ojos a su amigo, el mejor doctor de la ciudad, y preguntó con una voz aguda y tenebrosa.

—¿Está todo bien? ¿Verdad?

Alfonso movió la cabeza y Marcos lo agarró del blanco overol con una mirada asesina y un dolor profundo en su corazón.

—Dime que está bien. Dime que mi abuela se salvó —exclamó.

En la última pregunta, sus ojos se llenaron de lágrimas amenazantes que estaban a punto de salir. Alfonso trató de calmarlo diciendo:

—Elisa está bien, pero… —Hizo una pausa y tragó saliva.

—Pero, ¿qué? —preguntó furioso Marcos.

—Entró en estado de coma…

Marcos llevó sus manos al rostro e inclinó la cabeza sintiendo un profundo dolor en el pecho. Con una voz débil, pronunció:

—Es lo mismo que estar muerta —Las lágrimas rodaron por sus mejillas, esta vez no las detuvo, eran lágrimas por su abuela, la mujer que más lo había amado en la vida.

—No… —dijo Alfonso—. Hay posibilidades de que despierte.

—¿Despierte? —sonrió Marcos, con una sonrisa desesperanzada. Luego continuó—. ¿Cuándo? ¿Después de cinco, diez, veinte años?

—Ten fe, Marcos. Elisa es muy fuerte, tarde o temprano despertará —trata de tranquilizarlo Alfonso.

Después de eso, Marcos se dirigió a la celda donde estaba Maite, aún dormida.

Se paró frente a ella, mirándola con desprecio. Ella se despertó aturdida, como si estuviera teniendo una pesadilla. Abrió los ojos con asombro y lo primero que vio fue el hermoso rostro de Marcos.

Sonrió, pero él estaba tan furioso que se notaba en su mirada. Ella le tomó las manos con felicidad.

—Llegó el día, amor —dijo Maite.

Él se soltó bruscamente de su agarre y se alejó de la cama polvorienta donde estaba Maite. Ella la miró con asombro y, al sentarse, miró a su alrededor.

—Marcos, ¿qué sucede? ¿Qué es este lugar? —Él volteó para verla y su rostro se tornó rojo de ira.

Angustiada, Maite no sabía qué estaba sucediendo cuando Marcos decidió hablar.

—¡Esto es una prisión! —exclamó él.

Se preguntó qué hacía ella en la cárcel y cómo había llegado a ese lugar. Con una sonrisa y cerrando los ojos, dijo:

—Esto es una broma, ¿verdad?

—¡No! —escupió Marcos, enfurecido. Maite abrió los ojos y tragó saliva, nunca lo había visto tan furioso y tembló al escuchar su grito.

—¿Qué sucede? Marcos, ¿por qué te estás comportando así? —preguntó Maite, temerosa.

Él sonrió con desagrado.

—Eres una cínica, deja de hacerte la víctima —gritó enfurecido.

Maite nunca había sido tratada de esa manera y, sintiendo miedo por la actitud de Marcos, no comprendía qué pasaba. ¿Por qué se comportaba así?

Suspiró e intentó calmar su corazón que latía dolorosamente en su pecho.

La mirada de Marcos la aterrorizaba y ella no encontraba respuestas sobre por qué estaba en prisión. Seguía pensando que todo era una broma.

Reuniendo valor, preguntó:

—¿Qué he hecho? Dímelo —él rió con desgana—. No comprendo, ¿qué significa esto? Supuestamente hoy es el día de nuestra boda, ¿no crees que deberíamos estar en la iglesia? ¿Qué hacemos aquí?

Marcos tragó saliva y la miró con desprecio.

—¿Nuestra boda? —rió nuevamente— ¿Vas a seguir fingiendo que no sabes lo que ha pasado? —hizo una pausa y sacó el celular de su bolsillo—. Te lo recordaré.

Puso el celular frente a Maite, mostrando el video grabado. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Maite y sintió vergüenza por lo que veía.

Su corazón se estremeció de dolor al darse cuenta de que el sueño o, mejor dicho, la pesadilla que había tenido la noche anterior era real. Estaba grabada en un video en el que ella tenía relaciones con otro hombre que no era su futuro esposo.

—No, esto no puede ser verdad —dijo nerviosamente, llevando sus manos a la cabeza—. Yo nunca haría eso en mi sano juicio.

—Ja… —se burló Marcos con desprecio—. Tal vez no en tu sano juicio, pero te emborrachaste hasta perder el control y te acostaste con otro hombre en mi casa como una zorra.

—Marcos, no me ofendas —dijo Maite, con lágrimas en los ojos. Jamás, nadie la había tratado e insultado de esa manera, lo cual enfureció aún más a Marcos.

—Cállate —gritó él fuertemente, haciendo una pausa—. No solo me engañaste con otro hombre, sino que cuando mi abuela te descubrió, la atacaste hasta dejarla en coma y luego asesinaste a tu amante.

Aterrorizada por lo que acababa de escuchar, Maite se defendió.

—¡Mientes! —gritó, invadida por el miedo y el terror—. Yo nunca lastimaría a Elisa, ni mucho menos mataría a alguien… Todo es mentira, o una broma —decía mientras llevaba sus manos a la cabeza y se despeinaba—. No tengo amante —gritó desesperada, esperando que Marcos le creyera.

—No sigas mintiendo —dijo Marcos con amargura, apretando los puños y mordiéndose los labios—. Te encontré desnuda a ti y a él, el video muestra lo que has hecho. Eres tan p… —se tragó las demás letras y continuó— para grabar un video teniendo relaciones con otro. —Maite quería defenderse, pero la voz de Marcos era más fuerte—. Además, encontraron el arma en tu mano y tus huellas en el bastón con el que atacaste a mi abuela.

Maite no podía asimilar lo que estaba escuchando y lloraba con desesperación, al mismo tiempo que reía con disgusto. Todo esto le parecía una broma de mal gusto.

—No… No, no puede ser cierto —decía, llevando sus manos a la cabeza y frotándose la cara con fuerza. Parecía una loca desesperada, esperando que Marcos le dijera que todo era solo una maldita broma.

—Nunca te perdonaré por haber intentado matar a mi abuela. Tu padre debe estar retorciéndose en su tumba por lo que acabas de hacer —dijo él con furia.

Lo que Maite nunca permitiría era que usaran el nombre de su padre para ofenderla, así que, furiosa, le gritó:

—¡Deja a mi padre en paz! Él no tiene nada que ver con todo lo que me acusas. Si no quieres casarte, no tienes que inventar estás cosas.

—¡Que no son inventos! —ladró encolerizado.

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