Capítulo 10 Jugando con fuego
Fabiola cruzó las puertas de CER Software y sintió de inmediato el cambio de temperatura. Le gustaba el aire fresco de la ciudad, pero lo que realmente le aceleró el pulso fue ver a Gabriel apoyado contra la carrocería de su auto, sosteniendo dos vasos de café. Llevaba una chaqueta de cuero oscura que acentuaba su porte imponente y, al verla salir, una sonrisa lenta y cargada de intenciones se le dibujó en los labios.
A Gabriel se le apretó el estómago. Verla caminar hacia él con ese traje pegado a su cuerpo resaltando su figura, la coleta alta que la hacía lucir impecable y esa mirada decidida, le recordó por qué se la pasaba pensando en ella. Pero esta vez, el deseo venía mezclado con una adrenalina no tan agradable: arriba la computadora de esa mujer estaba a punto de destruir a su familia y él no estaba tan seguro de cómo debía proceder.
—Vaya, cumpliste tu promesa de los dos minutos —dijo Gabriel cuando ella se detuvo a un paso de él. Le tendió el vaso de café, rozando sus dedos a propósito—. Buenos días, jefa.
Fabiola recibió el vaso, sintiendo la calidez del cartón y el roce de su piel. Lo miró de arriba abajo, incapaz de ocultar la atracción que sentía.
—Buenos días. Te lo dije, el café de mi oficina es un atentado contra la salud —bromeó ella, dándole un sorbo corto—. Además, me salvaste de un dolor de cabeza. Entré directo a correr una auditoría de seguridad bastante pesada y ya me tenía los ojos fritos.
Gabriel mantuvo la sonrisa, pero por dentro se le encendieron todas las alarmas. "Correr una auditoría". El tiempo se le estaba agotando. Tenía que sacarle información o desviar su atención de inmediato.
—¿Una auditoría? Suena aburrido para un martes por la mañana —comentó él con tono casual, dando un paso más hacia ella, acortando la distancia física para ponerla nerviosa—. Pensé que las jefas como tú solo delegaban el trabajo sucio.
—Me gusta encargarme personalmente de las cosas importantes —replicó Fabiola, sosteniéndole la mirada con esa misma actitud competitiva que usaba en Discord—. Especialmente cuando intentan pasarse de listos con mis clientes. El viernes hackearon los muelles y dejaron un cabo suelto. Estoy a nada de rastrear el servidor de origen.
Gabriel sintió un sudor frío en la nuca, pero su instinto de supervivencia criminal se activó en un segundo. Necesitaba que esa computadora se detuviera, y no podía subir a teclearla. Tenía que atacar desde su propio terreno.
—A veces, buscar demasiado profundo puede ser peligroso, Fabiola —dijo él, bajando la voz. El doble sentido de sus palabras resonó en el aire, una advertencia real disfrazada de flirteo—. Te puede entrar un virus... o algo peor.
—¿Me estás amenazando, Gabriel? —preguntó ella con una sonrisa pícara, dando un paso al frente, desafiándolo en su propio juego de tensión.
—Para nada. Es un consejo —respondió él.
Mientras la miraba fijamente a los ojos para mantenerla completamente concentrada en él, Gabriel deslizó la mano libre en el bolsillo de su chaqueta. Con los dedos entrenados por años de mandar mensajes rápidos bajo la mesa de su padre, abrió la aplicación de comandos remotos en su teléfono. Tenía un software básico de interferencia que el equipo de su padre usaba para saturar redes locales de corto alcance cuando hacían entregas en los muelles. No tumbaría el edificio, pero ganaría tiempo.
Presionó el botón de activación a ciegas en su pantalla dentro del bolsillo.
—La verdad —continuó Gabriel, pegándose más a ella, obligándola a levantar la mirada para sostener el contacto visual—, me importa poco tu auditoría. Vine porque no aguantaba las ganas de verte después de lo que me dijiste ayer.
Fabiola sintió que el corazón le daba un vuelco. La crudeza de Gabriel en persona se parecía tanto a la de Ares en el chat que por un segundo se sintió descolocada. La respiración se le empezó a alterar al tenerlo tan cerca, sintiendo el aroma de su loción.
—Eres un atrevido —susurró ella, con la voz un poco rota—. Estamos en la calle.
—Te dije que no me iba a importar quién estuviera mirando —le recordó él, con una mirada tan pesada y caliente que a Fabiola se le tensó la entrepierna, recordando exactamente la misma promesa que él le había hecho la noche anterior por los audífonos.
Justo en ese instante de máxima tensión, el teléfono corporativo de Fabiola, guardado en el bolsillo de su saco, empezó a vibrar. El sonido rompió su burbuja de inmediato, provocando nuevamente una gran frustracion en ella.
Fabiola parpadeó, regresando a la realidad, y sacó el teléfono con frustración. En la pantalla parpadeaba una alerta roja del sistema de monitoreo.
«ALERTA: Caída de latencia y error de sincronización en el nodo Sector Norte. Auditoría pausada por fallo de red.»
Fabiola abrió los ojos de par en par, perdiendo toda la postura coqueta en un segundo. El ataque o el fallo estaba ocurriendo justo ahora.
—Mierda... —soltó, mirando la pantalla del teléfono—. Me tengo que ir, Gabriel. El sistema se cayó o están intentando saturar el servidor del muelle otra vez.
—Ve —dijo Gabriel, fingiendo una expresión de sorpresa y preocupación perfecta—. El trabajo es primero. Nos vemos después.
Fabiola ni siquiera se despidió con un beso; se dio la vuelta y corrió hacia la entrada del edificio, desesperada por salvar el escaneo que había dejado a medias.
Gabriel esperó a que las puertas se cerraran detrás de ella. Se subió a su auto, tiró el café restante por la ventana y sacó el teléfono del bolsillo para detener la interferencia. Su corazón latía a mil por hora por la descarga de adrenalina. Había ganado tiempo, pero era una solución temporal. El juego se había vuelto una bomba de tiempo y tenía que encontrar la mejor manera para no ser descubierto.
Había sido precavido, hasta ese momento nadie de su familia lo podía ubicar en ese lugar. La vida de Fabiola no estaba en riesgo y eso le generaba un poco de paz en ese momento. Arrancó el motor de golpe, pero antes de salir de la cuadra, su teléfono celular vibró con un mensaje de texto de un número desconocido. Al abrirlo, quedó frío en un segundo.
«Buen truco el del café, Ares. Pero dile a tu papá que la próxima vez use un proxy de verdad. Tu IP secundaria ya está en mi base de datos personal. Hablamos en la noche.»
Gabriel clavó los frenos en mitad de la calle, mirando la pantalla con horror. Nix no estaba arriba revisando la computadora. Lo había descubierto.
