Capítulo 2 Detrás de la pantalla

Fabiola pasó la tarde del viernes alternando la mirada entre los códigos de seguridad de CER Software y el reloj en la esquina inferior de su monitor. A las tres y media, cerró la laptop de golpe. Sentía una opresión extraña en el estómago que no tenía nada que ver con el trabajo. Era ridículo; tenía veintitrés años, lideraba un equipo de ingenieros y no se dejaba intimidar por nadie, pero la idea de ponerle rostro Ares la tenía descolocada. Habían sido meses fantaseando un poco con él.

En el espejo del baño de la oficina, se tomó cinco minutos para recomponerse. Se soltó el cabello oscuro, dejando que cayera en ondas sobre sus hombros, y se retocó los labios. Llevaba su uniforme diario: un pantalón de vestir de tiro alto, una blusa de seda y un saco oscuro que le quedaba al cuerpo. Se veía profesional, pulcra e inalcanzable. Justo la distancia que necesitaba marcar.

El trayecto lo hizo en un taxi, no quería tráfico. La cafetería que Gabriel había elegido estaba escondida entre dos enormes torres de cristal; un lugar discreto, de techos altos y luz tenue, frecuentado por ejecutivos que buscaban cerrar tratos sin llamar la atención.

Cuando Fabiola empujó la puerta de cristal, el aroma a café y el murmullo de las conversaciones bajas fue lo primero que encontró. Sus ojos recorrieron el lugar de inmediato, buscando. ¿Cómo se supone que reconoces a alguien a quien solo has escuchado respirar y hablar a través de unos audífonos?

No le hizo falta una señal. Lo supo en el acto.

Al fondo, junto a un ventanal que daba a un jardín interno, había un chico sentado solo. Fabiola se detuvo un segundo a observarlo. Esperaba, quizás por el estilo agresivo con el que jugaba, a un tipo rudo, tal vez con mala postura o la vibra descuidada de los que no salen de su cuarto. Pero él era todo lo contrario. Tendría unos veintiseis años, el cabello castaño oscuro perfectamente arreglado y vestía una chaqueta oscura sobre una playera lisa. No tenía tatuajes a la vista ni cadenas, su piel estaba limpia y sus facciones eran finas. Sin embargo, lo que la hizo detenerse fue su postura: estaba apoyado en el respaldo con una seguridad tan natural y pesada que provocaba en ella un interés por encima de los demás que estaban en el lugar. Tenía la mirada fija en la entrada, como si supiera exactamente a quién estaba esperando.

Fabiola respiró hondo, enderezó la espalda y caminó hacia su mesa. El eco de sus tacones llamó la atención del chico, que desvió los ojos hacia ella. Su expresión seria se transformó de inmediato en una sonrisa de medio lado. Una réplica exacta de la que ella siempre le adivinaba detrás del micrófono.

—Llegas dos minutos tarde, Nix —dijo él al verla llegar. Su voz no tenía el filtro del software de Discord, pero era exactamente el mismo tono ronco, bajo y jodidamente cautivador que la había desvelado tantas noches.

Fabiola sonrió con ironía, sentándose frente a él y cruzándose de brazos.

—El tráfico del distrito financiero es pesado, Ares. Además, te dije que no me gustaba esperar, no que yo fuera a ser puntual.

Gabriel soltó una risa baja y se puso de pie. Al hacerlo, Fabiola notó que era bastante más alto de lo que imaginaba, obligándola a inclinar un poco la cabeza para sostenerle la mirada. Su presencia física era imponente, limpia, pero cargada de una energía sutil que a ella generaba un cosquilleo diferente. No parecía un peligro de callejón, sino algo mucho más elegante y letal.

—Un punto para ti —concedió Gabriel, mirándola de arriba abajo con una fascinación que no se molestó en ocultar—. Aunque, honestamente, la espera valió la pena. Estás espectacular. Te imaginaba imponente por cómo hablas, pero esto superó mis expectativas.

—¿Esperabas a una nerd con lentes? —bromeó ella, sintiendo que sus mejillas se iban a poner rojas por la intensidad de su mirada.

—Esperaba a una mujer que me intrigaba. Y ahora mismo me intrigas el doble —respondió él, dando un paso hacia el pasillo lateral de la cafetería—. Ven, reservé un espacio privado al fondo. Aquí hay demasiado ruido y prefiero que hablemos donde nadie nos interrumpa.

Fabiola asintió, siguiéndolo mientras observaba la seguridad con la que él se movía, ganándose el saludo respetuoso del encargado del lugar. Entraron a un reservorio pequeño, apartado del salón principal, donde una mesa de madera oscura y un sillón tapizado los esperaban bajo una luz cálida y difusa. El mesero cerró la puerta corrediza tras ellos, dejándolos en un silencio absoluto.

Fue en ese preciso instante, al quedarse solos entre esas cuatro paredes, cuando el ambiente cambió por completo. La timidez inicial de la cafetería se esfumó y la brutal química que llevaban meses conteniendo en línea se materializó en el espacio. Gabriel no esperó a que se sentaran; se giró hacia ella, acorralándola sutilmente contra el borde de la mesa, desatando esa tensión animal que los dejó a un milímetro de perder el control...

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