Capítulo 4 Fuego en el sistema
Gabriel se quedó estático en el sillón de la cafetería, mirando la puerta corrediza que Fabiola acababa de cerrar con un golpe fuerte. Todavía sentía el rastro de su perfume en el aire, lo había dejado un poco caliente después de la situación tensa que habian vivido recientemente, pero el shock de lo que acababa de escuchar le dio un balde de agua fría.
"Sector Norte. Los muelles".
— Maldita sea... — Gabriel se pasó una mano por la cara, frustrado, mientras sacaba su propio teléfono. Sabía exactamente qué estaba pasando. Su padre, el líder del grupo, llevaba semanas planeando ese maldito barrido digital para borrar las trazas del cargamento que entraba a medianoche. Pero Gabriel no tenía idea de que la empresa encargada de proteger esos servidores era CER Software, y mucho menos que la mujer que lo traía loco era la estratega encargada de contenerlos.
Se puso de pie de un salto, tirando un billete sobre la mesa para pagar los cafés, y salió de la cafetería a paso apresurado. No podía intervenir, no podía avisarle a Nix, y tampoco podía decirle a su familia que pararan el ataque sin levantar sospechas. Estaba atrapado en el medio, rogando internamente porque las cosas no se salieran de control tan rápido.
Mientras tanto, Fabiola ya estaba subiéndose a un taxi a toda prisa, con los dedos volando sobre la pantalla de su celular.
—Activen el protocolo de aislamiento ahora mismo —ordenó por teléfono, estaba muy seria, con la voz completamente fría y cortante, sin rastro de la chica nerviosa de la cafetería—. No dejen que pasen del segundo anillo de seguridad. Voy en camino. — Estaba muy segura de sí misma y de lo que su sistema podía lograr, pero tenía que actuar.
El taxista la miró por el retrovisor al notar la tensión, pero Fabiola ni se dio cuenta. Tenía la mente fija en el mapa de calor que parpadeaba en rojo en su pantalla. El ataque era agresivo, directo y muy profesional. No eran unos adolescentes jugando a ser hackers; era gente que sabía exactamente a dónde ir para borrar historiales de carga y manifiestos de aduana.
Cuando llegó a las oficinas de CER Software, el piso de soporte era un caos controlado. Las pantallas reflejaban muchas alertas y varios ingenieros tecleaban como locos. Fabiola dejó su saco tirado en una silla, se soltó el cabello por completo y se plantó frente al monitor principal.
—¿Qué tenemos? —preguntó, tomando el control de los comandos.
—Están usando una IP enmascarada del extranjero, jefa —respondió uno de sus programadores, sudando frío—. Van directo a la base de datos del muelle cuatro. Están intentando sobrescribir los registros de entrada de los contenedores de hoy.
Fabiola apretó los dientes, sintiendo la adrenalina a millón.
—No en mi guardia. Bloqueen los accesos de red de ese sector y manden un script espejo para rastrear el origen real. Vamos a encerrarlos.
Durante las siguientes tres horas, Fabiola se olvidó del mundo, del café y del mismísimo Ares. Fue una guerra digital silenciosa, un choque de estrategias donde ella tuvo que poner a prueba toda su agilidad para levantar murallas de código antes de que los atacantes lograran borrar todo. Al final, con un último comando, Fabiola logró cerrar la brecha, salvando el ochenta por ciento de los archivos del cliente, aunque los atacantes lograron evaporarse sin dejar rastro de su identidad.
A las ocho de la noche, el silencio volvió a la oficina. Fabiola se dejó caer en su silla, exhausta, sintiendo los ojos pesados. El estrés del ataque comenzó a bajar y, de inmediato, el recuerdo de lo que había pasado en el reservorio con Gabriel regresó a su mente con el mismo encanto que cuando ocurrió. Se sintió mal por haberlo dejado plantado de esa manera, pero el deber la había llamado.
Tomó su teléfono personal y abrió Discord. Vio el avatar de Ares conectado y, sin pensarlo mucho, le escribió un mensaje directo.
Nix: Perdón por salir corriendo así. El trabajo se puso horrible. ¿Llegaste bien?
A los pocos segundos, la respuesta llegó. Gabriel, metido en su oficina mientras escuchaba los gritos de su padre furioso porque el "trabajo informático" en los muelles había fallado a medias, miró la pantalla con una mezcla de alivio y una culpa que le llegó al pecho.
Ares: No te preocupes, entiendo que tu trabajo es pesado. Yo también tuve una tarde complicada con el negocio familiar. Lo bueno es que ambos sobrevivimos a los tiburones por hoy.
Fabiola sonrió frente a la pantalla, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Ninguno de los dos sabía el nombre real del otro, ni qué caras tenían detrás de esos textos, pero en medio del caos de sus vidas reales, se estaban convirtiendo en el único lugar seguro donde querían estar.
