Capítulo 5 Líneas calientes
El viernes por la noche había dejado a Fabiola con la cabeza frita por el trabajo y a Gabriel lidiando con el humor de perros de su padre tras el fallo en el puerto, ese día ninguno tenía ánimo de encontrarse en el videojuego, a pesar del cosquilleo que podian sentir por el otro. Necesitaban veinticuatro horas para respirar, pero la distancia solo había logrado que las ganas se acumularan.
A las once de la noche del sábado, Fabiola se sentó frente a la computadora con una playera de hilos suelta y un short cómodo. Se colocó los audífonos y, antes de que pudiera abrir el juego, el sonido de Discord le avisó que Gabriel ya se había conectado directamente a su canal de voz privado.
—Pensé que me ibas a dejar esperando otra vez, Nix —soltó la voz de Gabriel. Sonaba más baja de lo normal, ronca, con una vibración que a Fabiola le bajó directo al estómago.
Ella sonrió, acomodándose en su silla y pegando el micrófono a sus labios.
—Ayer tuve una tarde complicada, Ares. Te lo debías imaginar por cómo salí corriendo. Pero hoy soy toda tuya.
Del otro lado, Gabriel dio un trago largo a su vaso de whisky. Escuchar ese "soy toda tuya" viniendo de la misma mujer elegante que veinticuatro horas antes lo había frenado en seco en la cafetería le encendió la sangre. Se reclinó en su silla, cerrando los ojos para imaginársela en su habitación.
—Toda mía... Me gusta cómo suena eso —respondió él, con un tono peligrosamente lento—. Ayer nos quedamos a medias, Nix. Muy a medias. Me dejaste con la palabra en la boca y con un humor terrible el resto de la noche.
Fabiola ya estaba comenzando a sentir calor en sus mejillas. Entró a la partida del juego de manera automática, moviendo a su personaje por el mapa, pero su mente estaba atrapada en el reservorio de madera.
—Tú fuiste el que empezó, Ares. Te pasaste de atrevido acorralándome así. En Discord eres muy rudo, pero en persona eres un peligro.
—¿Te asusté? —preguntó él, y Fabiola pudo jurar que estaba sonriendo con esa maldita sonrisa de medio lado que le vio en la cafetería.
—Para nada. Me sorprendiste, que es diferente. No me suelo dejar doblegar por nadie, y tú casi haces que se me olvidara que estábamos en un lugar público.
Gabriel soltó una risa ahogada, dejando el vaso sobre el escritorio. El juego ya no le importaba en lo absoluto; su personaje estaba quieto en una esquina del mapa, mientras sus dedos golpeaban el escritorio por la ansiedad de tenerla cerca.
—Si no hubiera sonado ese maldito teléfono tuyo, no habríamos salido de ese reservorio en un buen rato, Nix. Te tenía contra la mesa y sé perfectamente que te gustaba. Te sentí temblar.
La crudeza de sus palabras hizo que Fabiola soltara el mouse. El juego pasó a segundo plano. La tensión se volvió tan pesada y caliente que el aire en su cuarto empezó a parecerse al de la cafetería.
—Eres un ególatra —susurró ella, pegándose más al micrófono, con la respiración empezando a alterarse—. Pero no te voy a negar que... tienes buena mano. Me dejaste pensando en eso todo el día.
—¿Ah, sí? ¿Y qué pensabas exactamente? No te guardes nada, preciosa.
—Pensaba en lo que hubiera pasado si cerraban bien esa puerta —soltó Fabiola, entregándose por completo al juego de la provocación—. En qué habrías hecho si no me apartaba. Porque me mirabas como si quisieras destrozarme ahí mismo.
Gabriel apretó la mandíbula, sintiendo una punzada de deseo salvaje que lo golpeó directo en la entrepierna. La inocencia de la pantalla se había ido al demonio. Ahora que conocía su rostro, sus labios y sus curvas en ese saco, la distancia de internet era una tortura.
—Te habría besado hasta quitarte esa pose de jefa engreída, Nix. Te habría subido a esa mesa y te aseguro que el saco que llevabas no habría terminado en su lugar —su voz bajó a un susurro espeso, cargado de una posesividad que la hizo jadear bajito—. Me encantas. Me vuelves loco en el juego, pero tenerte de frente y oler tu perfume casi hace que pierda el control. La próxima vez no voy a ser tan paciente.
Fabiola se mordió el labio inferior, cerrando los ojos mientras se abrazaba a sí misma en la silla. Las ganas de tenerlo enfrente otra vez eran físicas, un dolor dulce en el pecho.
—¿Eso es una amenaza, Ares? —preguntó, con la voz rota por la calentura del momento.
—Es una promesa, Nix. Y tú sabes que yo cumplo.
Se quedaron en silencio un momento, escuchando únicamente la respiración del otro a través de la línea. Estaban jugando con fuego, completamente enganchados, disfrutando de ese momento secreto sin tener la más mínima idea de que sus verdaderas identidades estaban a punto de colisionar en una guerra real que ninguno de los dos iba a poder detener.
