Capítulo 6 Cruces de domingo

El domingo por la tarde, la ciudad estaba inusualmente tranquila, lejos del caos de los días de semana. Fabiola caminaba a paso apresurado hacia una farmacia de veinticuatro horas, vistiendo unos jeans cómodos, una playera blanca básica y unos tenis. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta y la mente puesta en el dolor de cabeza que cargaba desde la mañana, producto de todo el estrés acumulado por el hackeo del viernes. Tuvo una mañana ocupada entre una visita familiar y coordinar el almuerzo de ese día, estuvo muy distraída, tanto que se había olvidado de su "amigo" de Discord.

Al mismo tiempo, Gabriel salía de una cafetería cercana con dos vasos de café para llevar en una bolsa de cartón. Su padre lo había mandado a resolver un papeleo rápido de última hora con un contacto en una oficina cercana y él se había ofrecido a buscar las bebidas solo para escapar cinco minutos del aire tenso de su familia. Iba de lo más normal: unos pantalones oscuros, una sudadera gris y el cabello un poco despeinado. Nada que ver con la elegancia pulcra del viernes.

Fabiola cruzó la esquina mirando la pantalla de su teléfono, buscando la dirección exacta de la farmacia, cuando chocó de frente con el hombro de alguien.

—Disculpa, no estaba vien... —comenzó a decir Fabiola, levantando la mirada.

Las palabras se le atoraron en la garganta. Frente a ella estaba Gabriel.

Él también se tensó, deteniéndose en el acto al reconocer esos ojos oscuros y expresivos. La sorpresa en el rostro de ambos fue instantánea. Ninguno de los dos se imaginaba encontrar al otro en medio de un domingo cualquiera, vestidos de forma tan casual y hogareña.

—Nix... —soltó Gabriel, con una sonrisa de medio lado que se le formó casi por instinto, sus ojos se habían abierto en una mezcla de sorpresa y emoción que le fue dificil ocultar—. Vaya sorpresa. No me digas que trabajas los domingos también.

Fabiola soltó una risa nerviosa, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja. Sentir la voz ronca de Ares en vivo, después de la calentura de los mensajes del sábado en la noche la había puesto un poco tensa, no sabía porqué, pero su voz la destruía por completo.

—Para nada, solo ando haciendo una diligencia personal rápida —respondió ella, notando lo bien que le quedaba la sudadera gris y lo natural que se veía—. ¿Y tú? Tampoco pareces el tipo serio del reservorio hoy. ¿Acaso estás en otra cita? — preguntó con picardía.

Gabriel se rió un poco fuerte por su suposición — Claro que no. Cosas del negocio familiar, me tocó hacer de chofer y mensajero por un rato — aclaró y levantó la bolsa con los cafés, mirándola con unas ganas enormes de tirar todo a la basura y quedarse con ella—. ¿Por qué? ¿ Te preocuparía que tuviera otra cita? — replicó con la misma picardía con la que ella le habia preguntado, sin embargo, antes de que respondiera tuvo que interrumpirla — Me están esperando en el auto a la vuelta. Tengo que entregar esto ya. Así que tendrás que responderme más tarde.

Fabiola miró su reloj y asintió, sintiendo una punzada de frustración. La habían dejado con las palabras en la boca y quería seguir hablando con él. Además, la pregunta que Gabriel le hizo la puso a pensar. Sin embargo, ella también tenía los minutos contados; el repartidor de unos documentos importantes estaba por llegar a su departamento.

—Yo también estoy apurada, el tiempo me lleva corriendo hoy —dijo ella, con un tono de sincera lástima.

Gabriel dio un paso más hacia ella, bajando la voz para que solo ella lo escuchara en la acera.

—Qué mala suerte tenemos, Nix. Ayer nos moríamos por vernos y hoy que nos cruzamos, no podemos quedarnos. Me dejas con las ganas otra vez.

El comentario, directo y sin filtros, le encendió la piel a Fabiola. Lo miró fijamente, sosteniéndole el reto.

—Vas a tener que aguantarte, Ares. Las cosas buenas se hacen esperar. Anda, ve a entregar tus cafés antes de que se enfríen.

Gabriel soltó una risa baja, mirándola de arriba abajo una última vez.

—Nos vemos en la noche, preciosa. No llegues tarde para que yo tampoco me enfríe.

Se despidieron con un gesto rápido y cada uno siguió su camino. Durante el resto de la tarde, ninguno de los dos pudo concentrarse. Fabiola no dejaba de pensar en lo guapo y a la vez imponente que se veía Gabriel con ropa deportiva, y Gabriel no podía quitarse de la cabeza lo hermosa que estaba ella al natural, sin el saco ejecutivo.

A las diez de la noche, el cuarto de Fabiola estaba en silencio hasta que el sonido del Discord la hizo reaccionar. Se colocó los audífonos volando.

—Hola, Ares —dijo ella, con la voz suave.

—No sabes el trabajo que me costó concentrarme hoy después de verte con esos jeans, Nix —soltó Gabriel de inmediato, directo al grano y con la voz cargada de una calentura pesada—. Si no hubiera tenido a mi gente esperando en el auto, te juro que te meto a un callejón ahí mismo para quitarme las ganas de ayer.

Fabiola se recostó en su silla, mordiéndose el labio al sentir algo entre sus piernas debido a sus palabras. El domingo de calma se había terminado.

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