Capítulo 7 Cabezas descolocadas

El lunes por la mañana llegó, era un día pesado en la semana. Volver a la rutina después de un fin de semana tan intenso era un golpe duro, y más cuando la realidad de cada uno exigía el cien por ciento de su atención, aunque sus mentes estuvieran atrapadas en el sábado por la noche.

Fabiola estaba sentada en la sala de juntas principal de CER Software. Alrededor de la mesa, varios directivos de traje gris discutían sobre los costos de los daños del viernes y las nuevas estrategias que debían presentarle al cliente de los muelles. Normalmente, Fabiola era la primera en tomar la palabra, exponiendo con firmeza y sin titubeos, pero hoy estaba en automático.

Apoyaba la barbilla en su mano, mirando fijamente la presentación proyectada en la pared. Cada vez que un directivo decía la palabra "Sector Norte", a ella no se le venía a la mente el mapa de los servidores dañados; se le venía la imagen de Gabriel con la sudadera gris, su sonrisa de medio lado y la promesa pesada que le había hecho por Discord de meterla en un callejón. Sintió un leve escalofrío y se acomodó en la silla, carraspeando para disimular. Tenía que concentrarse. Estaba rodeada de jefes aburridos hablando de presupuestos, pero el cuerpo le seguía pidiendo la adrenalina del fin de semana.

—¿Fabiola? ¿Estás de acuerdo con el informe de daños para la junta de la tarde? —le preguntó el director general, sacándola de golpe de sus pensamientos.

Ella parpadeó, recuperando la postura de jefa impecable en un segundo.

—Sí, totalmente. El perímetro ya está reforzado. Si intentan entrar otra vez por el muelle cuatro, los vamos a frenar antes de que toquen un solo archivo —respondió con voz firme, aunque por dentro solo quería que dieran las cinco de la tarde para salir de ahí.

Al mismo tiempo, a unos cuantos kilómetros de distancia, Gabriel la estaba pasando peor. Estaba metido en una oficina escuchando el sermón de su padre. El viejo caminaba de un lado a otro, fumando y quejándose de la incompetencia de la gente que contrataron para borrar los registros del cargamento.

—Nos trancaron la puerta en la cara, Gabriel. El ochenta por ciento de los datos de los contenedores sigue en el sistema de esa empresa de seguridad —se quejó su padre, golpeando el escritorio—. Quiero que te encargues de presionar a los contactos de la aduana mañana mismo. No podemos dejar cabos sueltos.

—Ya te dije que yo me encargo, papá. El papeleo va a estar listo antes de que inspeccionen la zona —respondió Gabriel, con una calma fingida que usaba como escudo.

Su padre lo miró de arriba abajo, buscando alguna debilidad, pero Gabriel sostuvo la mirada con la seriedad que le habían enseñado desde niño. Sin embargo, por dentro, la historia era otra. Gabriel miraba los papeles sobre el escritorio, pero lo único que veía era a Fabiola caminando por la calle con esos jeans ajustados. Recordaba la picardía con la que le había preguntado si estaba en otra cita y el deseo le incrementaba. Estaba harto de los negocios turbios de su familia, harto de los gritos de su padre, y el único escape que quería era escuchar la voz de Nix.

A mitad de la tarde, aprovechando que su padre había salido de la oficina, Gabriel sacó su teléfono personal. Sabía que ella debía estar trabajando y que probablemente no respondería, pero la ansiedad lo estaba matando.

Ares: Tengo una reunión larguísima con los viejos de mi familia y me estoy muriendo de aburrimiento. Solo pasaba a decirte que no me he podido quitar de la cabeza cómo te veías ayer con esa coleta alta.

En la oficina de CER Software, el teléfono de Fabiola vibró en medio de otra aburrida explicación financiera. Ella lo tomó de reojo y, al leer el mensaje, una sonrisa inevitable se le formó en los labios. Miró a los directivos, que seguían discutiendo por tonterías, y se agachó un poco para responder rápido por debajo de la mesa.

Nix: Qué mala suerte, Ares. Yo también estoy atrapada en una junta eterna con directivos aburridos. Concéntrate en tus cosas, que si te siguen regañando no vas a llegar a tiempo a la noche.

Gabriel leyó el texto en su oficina del puerto y soltó una risa baja, sintiendo cómo el ambiente pesado del lugar desaparecía por un segundo.

Ares: Por ti salgo corriendo de aquí ahora mismo, preciosa. Nos vemos en la noche. Prepárate.

Fabiola guardó el teléfono en el bolsillo de su saco, sintiendo que el corazón le iba un poco más rápido. La aburrida jornada de lunes seguía su curso, pero la promesa de la noche ya estaba quemándoles la cabeza a los dos, sin prestar atención a lo que ocurría individualmente en la vida de ambos.

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