Capítulo 8 Al ras del micrófono
A las diez y media de la noche, Fabiola cerró la puerta de su habitación y dejó caer los tacones con un suspiro de alivio. Se quitó la ropa y se puso una playera gigante que le servía de pijama. Estaba físicamente agotada por culpa de la junta de la tarde, pero la cabeza le iba a mil por hora. Encendió la computadora, se colocó los audífonos y entró al canal privado de Discord.
Gabriel ya estaba ahí. Solo estaba su avatar iluminado en el chat de voz, esperando sin jugar.
—Pensé que te habías quedado dormida sobre los informes de tu junta —expresó Gabriel. Se escuchaba más profunda que de costumbre, arrastrada, con el cansancio pesado del que viene de discutir con tipos peligrosos todo el día.
Fabiola se acomodó en la silla, pegándose al micrófono y dejando escapar una risa suave.
—Te dije que no iba a llegar tarde, Ares. Cumplo lo que prometo. No sabes el dolor de cabeza que me dio aguantar a esos hombres en traje hoy.
—A mí casi me revienta la cabeza el viejo de mi familia —confesó Gabriel—. Estuve a punto de mandarlo todo al demonio a mitad de la tarde. Lo único que me mantuvo calmado fue leer tu mensaje.
Fabiola sintió cosquillas en su estomago. Le encantaba saber el poder que tenía sobre él, incluso a la distancia.
—¿Ah, sí? No sabía que mis textos fueran tan milagrosos —provocó ella, bajando el tono de voz a un susurro juguetón—. ¿Qué parte exacta te calmó? ¿La de que te concentraras... o la de que no llegaras tarde?
Del otro lado Gabriel sintió que la sangre se le calentaba en un segundo. Dejó el vaso sobre el escritorio y se reclinó en la silla, cerrando los ojos para concentrarse únicamente en el sonido de su respiración. Tenerla tan cerca el domingo, verla al natural en la calle, solo había empeorado la tortura de tener que escucharla a través de unos audífonos.
—Me calmó saber que estabas igual de desesperada que yo por que llegara la noche, Nix —respondió él, con una voz espesa que le erizó la piel a Fabiola—. Ayer me dejaste la pregunta en el aire en la acera. Te pregunté si te preocuparía que tuviera otra cita. No me respondiste.
Fabiola se mordió el labio, subiendo las piernas a la silla y abrazándose las rodillas. La tensión en su habitación aumentaba.
—No me preocupa, Ares. Sé perfectamente que ninguna otra te va a aguantar el ritmo como yo en el servidor —dijo ella, esquivando el golpe con orgullo, aunque el corazón le latía rápido—. Además, fuiste tú el que dijo que no querías que me enfriara.
—Y no quiero —soltó Gabriel de inmediato, sin filtros—. Si te tuviera de frente ahora mismo, con la playera que seguro llevas puesta y el cabello suelto, te aseguro que el dolor de cabeza de tu junta se te olvidaría en dos segundos. Te haría pagar por haberme dejado con las ganas en esa cafetería y en la calle.
La crudeza de sus palabras hizo que a Fabiola se le cortara el aliento. Se pegó tanto al micrófono que sus labios casi rozaban la espuma protectora, decidida a no quedarse atrás en el juego.
—Eres un peligro detrás de la pantalla. Pero hoy en la calle bien que tuviste que salir corriendo a entregar tus cafés. Te quedaste con las palabras en la boca.
Gabriel soltó una risa ahogada.
—Estaba amarrado de manos, preciosa. Mi gente estaba ahí. Pero la próxima vez que te vea, me va a importar un demonio quién esté mirando. Te voy a arrastrar a donde nadie nos interrumpa y voy a averiguar si eres tan ruda cuando te tengo encima.
Fabiola cerró los ojos, sintiendo un calor intenso que la recorrió por completo, humedeciéndole los labios y haciéndola sentir algo intenso entre sus piernas. Ya no estaban hablando, solo escuchando las pesadas respiraciones mutuas. Pasaron varios segundos así, devorándose con la mente, hasta que el sonido de una notificación interrumpió el momento.
Gabriel abrió los ojos, molesto por la interrupción, y miró la pantalla secundaria. Era un correo electrónico interno de la empresa de logística de su padre, pero enviado por el equipo de seguridad que manejaba los sistemas. Al leer el asunto, se le quitó la calentura de golpe.
«Informe técnico: Bloqueo de IP en el Sector Norte. Contramedida activa detectada de CER Software.»
Gabriel se quedó frío. Su pantalla reflejaba el nombre de la empresa de Fabiola en letras grandes. Sabía que ella trabajaba ahí, lo había mencionado el viernes en la cafetería, pero el correo detallaba que el contraataque informático que les arruinó el negocio el viernes había sido liderado por el "equipo principal de respuesta". Gabriel apretó el puño sobre el escritorio. La mujer con la que estaba hablando por teléfono, la que lo volvía loco, lideraba el equipo que casi destruye los planes de su familia.
—¿Ares? Te quedaste callado —dijo Fabiola desde el otro lado, extrañada por su repentino silencio—. ¿Te asustaste con lo que te dije?
Gabriel tragó saliva, tratando de que su voz sonara normal, aunque sentía la adrenalina de estar caminando sobre una mina de oro.
—No, para nada —respondió, forzando una voz tranquila—. Solo... me entró un correo del trabajo. Una tontería de un cliente que no sabe cómo manejar sus problemas.
—Uff, te entiendo. A mí me acaban de mandar un mensaje del grupo de soporte también —comentó Fabiola, revisando su propio teléfono corporativo sin darle mucha importancia—. Parece que el cliente de los muelles está paranoico y quiere una auditoría completa de los accesos de mañana por la mañana. Me va a tocar madrugar para revisar quién intentó meterse a sus sistemas.
Gabriel se quedó frío. Si Fabiola hacía esa auditoría a primera hora, existía una pequeña posibilidad de que rastreara las IPs secundarias que apuntaban directamente a las oficinas de su padre. El juego ya no era solo una fantasía de internet; la realidad los estaba alcanzando.
—Entonces es mejor que descanses, Nix —dijo Gabriel, con un tono extrañamente serio que hizo que Fabiola frunciera el ceño—. No quiero que vayas mañana a trabajar con sueño por mi culpa. Además, el juego de hoy ya se puso bastante pesado.
Fabiola notó el cambio de vibra, pero lo atribuyó al cansancio de ambos por el lunes.
—Está bien, Ares. Vamos a dejarlo por hoy. Pero recuerda lo que me prometiste... no me gusta que me dejen con las ganas.
—Lo tengo muy claro, Nix. Descansa.
Fabiola se desconectó del canal, dejando la habitación en un silencio absoluto. Se quedó mirando la pantalla apagada, con una sonrisa todavía dibujada en los labios, sintiendo que la presencia de ese hombre la descolocaba cada vez más.
Por su parte, Gabriel apagó la computadora de golpe y se levantó de la silla, caminando de un lado a otro en su cuarto. Miró su teléfono, sabiendo que tenía que tomar una decisión. Su padre quería volver a intentar borrar los archivos esa misma semana, y ahora él sabía que Fabiola era la única barrera que los separaba del éxito... o de la cárcel.
