Capítulo 9 Al borde del abismo
El martes por la mañana arrancó avisando que el día iba a ser largo. Gabriel no había podido dormir en toda la noche. Se había quedado dando vueltas en la cama, mirando el techo, procesando el hecho de que Nix —la mujer que lo traía loco y con la que había compartido mensajes subidos de tono unas horas antes— era la misma Fabiola que tenía el poder de rastrear las IPs de su familia y mandarlos a todos a prisión.
A las siete de la mañana, Gabriel ya estaba metido en su auto, estacionado a una cuadra de las oficinas de CER Software. No sabía muy bien qué estaba buscando al ir hasta allá, pero la adrenalina lo empujaba a moverse. Monitoreaba su teléfono, esperando que en cualquier momento saltara una alerta del sistema informático de su padre. Tenía que adelantarse a Fabiola de alguna manera, pero sin levantar sospechas ni con ella ni con su propia familia. Estaba jugando en una cuerda floja muy delgada.
Mientras tanto, Fabiola entraba al edificio corporativo con un café grande en la mano y las ojeras bien marcadas. Tal como le había dicho a Ares la noche anterior, le había tocado madrugar. Se cambió el chip de la chica coqueta del chat y se puso el de la directora de ciberseguridad.
Al llegar a su oficina, encendió el monitor principal y se dispuso a iniciar la auditoría de accesos del muelle cuatro. El silencio del piso a esa hora era absoluto, nadie se atrevía a respirar fuerte ni siquiera, era una labor importante. Fabiola tecleaba con rapidez, ejecutando el análisis sobre el historial de conexiones del viernes. Tenia que entregar un informe definitivo al cliente antes del mediodía.
—Vamos a ver quiénes son estos imbéciles... —murmuró para sí misma, dándole un sorbo a su café mientras la barra de carga avanzaba en la pantalla.
A los pocos minutos, su teléfono personal vibró sobre el escritorio. Era un mensaje de Discord.
Ares: Buenos días, preciosa. Sé que entraste temprano a trabajar. Solo quería saber si ya lograste resolver el problema de tu cliente paranoico.
Fabiola sonrió frente a la pantalla, sintiendo que el cansancio se le aliviaba un poco al leerlo. Le parecía increíble que, a pesar de lo tosco que podía ser Ares, siempre estaba pendiente de ella.
Nix: Buenos días. Justo estoy en eso ahora mismo, corriendo el escaneo de seguridad. En un rato deberé tener el origen real de los atacantes del viernes. Esos tontos dejaron un rastro flojo.
Al leer eso en su auto, a Gabriel se le congeló la sangre. El "rastro flojo" significaba que Fabiola estaba a punto de llegar al servidor puente que su padre usaba en la oficina del puerto. Si ella cruzaba esa última línea, el nombre de la empresa de logística de su familia saldría a la luz.
Sin pensarlo dos veces, Gabriel metió primera, avanzó con el auto y se estacionó justo frente a la entrada del edificio de CER Software. Tenía que frenarla, o al menos distraerla el tiempo suficiente para pensar en un plan de contingencia. Sacó el teléfono y le marcó directamente a su número celular.
Fabiola, concentrada en los primeros datos que empezaban a brotar del escaneo, se sobresaltó al ver la llamada de Gabriel en la pantalla. Dudó un segundo, pero terminó contestando.
—¿Gabriel? Hola. Qué raro que llames tan temprano —dijo, tratando de mantener su voz profesional.
—Hola, Fabiola. Disculpa el atrevimiento —respondió él, intentando que su voz sonara lo más natural y relajada posible, ocultando el temblor de la adrenalina—. Es que ando por tu zona resolviendo unos asuntos y pasé por la cafetería de la otra vez. Me acordé de que ayer me dijiste que hoy tendrías una mañana difícil, y pensé que te caería bien un buen café para arrancar. Estoy aquí abajo de tu oficina.
Fabiola se quedó helada en la silla, mirando la pantalla donde la barra de la auditoría ya iba por el setenta por ciento. La propuesta la tomó totalmente desprevenida. La idea de bajar, ver a Gabriel y escapar de la pantalla por diez minutos era demasiado tentadora, especialmente después de lo mucho que se había quedado pensando en él todo el domingo y el lunes.
—¿Estás abajo? —preguntó ella, con una sonrisa que no pudo ocultar—. Vaya, qué detallista. La verdad es que me urge un café de verdad, el que tengo sabe a plástico.
—Entonces baja. No te quito mucho tiempo, sé que estás ocupada —insistió Gabriel, mirando hacia la entrada del edificio, rogando internamente porque ella aceptara el anzuelo.
Fabiola miró el monitor. Faltaban unos minutos para que el reporte terminara de procesarse. Pensó que no pasaba nada si dejaba la computadora corriendo el análisis sola mientras bajaba a recibir el café.
—Está bien, dame dos minutos y bajo —dijo ella, colgando la llamada.
Fabiola se levantó de la silla, dejando la sesión abierta y la pantalla parpadeando con los datos en proceso, completamente ajena a que el hombre que la esperaba abajo con un café era el mismo que estaba buscando desesperadamente una forma de borrar esos archivos antes de que fuera demasiado tarde.
