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Herencia de plomo y terciopelo

Herencia de plomo y terciopelo

torrenswladimir96 · En curso · 36.7k Palabras

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Introducción

De curadora de arte a reina del contrabando. Tras sobrevivir a un atentado, Elena debe decidir: ceder ante quienes asesinaron a su padre o aliarse con el oscuro Dante Valerius para transformar su herencia en un arma de venganza

Capítulo 1

Capítulo 1.

El Barniz de la Inocencia

El silencio en la Galería Verity no era un vacío, era una presencia pesada y carísima. Elena movía el pincel con una precisión, aplicando una capa mínima de barniz sobre el borde de un lienzo flamenco del siglo XVII. El olor a trementina y aceite de linaza era su refugio, el bálsamo que la mantenía amarrada a una realidad donde los problemas se resolvían con calma y luz ultravioleta.

Elena tenía treinta y dos años y llevaba una vida que muchos dirían que era aburrida, aunque para ella estaba llena de matices. Una mujer sencilla: suéteres de lana en tonos neutros, pantalones de sastre y el pelo castaño recogido en un moño bajo que no dejaba escapar ni un mechon. Su cara tenía una belleza serena, casi de libro, con unos ojos grises que chequeaban el mundo como si siempre estuvieran buscando una grieta en la pintura.

— Elena, el café se te está enfriando y el mundo allá afuera sigue dando vueltas, aunque te empeñes en ignorarlo.

La voz era de Marcus, el dueño de la galería y su mentor desde hace una década. Era un hombre correcto y de buenos modales. Elena ni siquiera levantó la vista del cuadro.

— El mundo de afuera hace mucho ruido, Marcus. Aquí las cosas tienen sentido —respondió ella con una sonrisa—. Además, este Van Dyck no se va a arreglar solo.

— Tu papá llamó tres veces esta mañana —añadió Marcus, bajando la voz—. Parecía… urgido. O al menos todo lo urgido que puede sonar un hombre que se la pasa entre aviones privados y puertos de carga.

Elena frenó el pincel a un milímetro de tocar la tela. Mencionar a su padre, Julian, siempre causaba una nota desafinada en su interior. Julian era el mandamás de Global Horizon Logistics, una fuerza de la naturaleza que movía contenedores por todo el mundo como si fueran piezas de un juego. Para Elena, él era una figura lejana, un hombre que mandaba postales desde Londres o cualquier parte del mundo, pero que casi nunca estaba para un cumpleaños. Su relación era un pacto de respeto a la distancia: ella no se metía en su imperio y él no cuestionaba que ella prefiriera vivir rodeada de fantasmas del pasado en vez de juntas directivas.

— Le devuelvo la llamada cuando termine el turno —dijo Elena, aunque los dos sabían que lo más seguro era que no lo hiciera.

Pero el destino no tenía ganas de esperar a que ella terminara de trabajar.

Dos horas después, la campana de bronce de la puerta no anunció a un cliente con interés, sino a un tipo con un traje negro que costaba más que todo lo que había en la tienda. No venía a comprar nada. Su postura era demasiado tiesa, su mirada demasiado pesada.

— ¿Señorita Elena? —preguntó el hombre. Tenía esa voz de quien está acostumbrado a mandar.

— Depende de quién pregunte —respondió ella, soltando el bisturí de limpieza y quitándose los guantes de látex.

— Me temo que tiene que venir conmigo. Su padre tuvo un… incidente.

“Incidente”. Esa palabra fue el primer golpe contra la vida tranquila de Elena. El camino en el carro negro fue un borrón de edificios y lluvia. No la llevaron a una clínica, sino a las oficinas principales de Global Horizon, una torre de puro acero y vidrio que mandaba en toda la ciudad.

Cuando entró al despacho de su padre, sintió que el aire acondicionado le bajó diez grados de golpe. No había rastro de Julian. En su lugar, tres hombres y una mujer la esperaban sentados alrededor de una mesa de madera fina que parecía un altar. Eran la junta directiva: el nido de víboras, como Julian les decía cuando se ponía sincero.

— Elena, querida —dijo la mujer, Victoria, con una sonrisa afilada—. Es una tragedia. El avión de Julian desapareció sobre el Atlántico hace seis horas. No hay sobrevivientes.

El mundo de Elena se quedó mudo. El dolor no llegó de un solo golpe; en su lugar, apareció una claridad extraña. Miró a los que estaban ahí. Victoria fingía que le dolía, pero en sus ojos se veía que ya estaba sacando cuentas. Los otros tres tipos se miraban entre ellos, como caimanes esperando a ver quién mordía primero.

— Ya sé por qué están aquí —dijo Elena, con la voz más firme de lo que se sentía—. Quieren saber qué va a pasar con la empresa.

— De hecho —intervino uno de los hombres, un calvo llamado Harrison—, Julian dejó un testamento. Tú eres la heredera de todo. Pero seamos realistas, Elena. Tú eres restauradora. No sabes nada de logística, ni de aduanas, ni de… operaciones especiales. Solo firma este papel de cesión y nosotros nos encargamos de cuidar lo que dejó tu papá mientras tú te regresas a tus cuadritos.

Elena se acercó al escritorio de su papá. Había una carpeta de cuero sobre la mesa. La abrió por puro instinto. No eran reportes legales. Eran rutas de barcos marcadas en rojo, coordenadas que no llegaban a ningún puerto oficial y una lista de nombres en clave que le helaron la sangre.

Plomo y terciopelo.

— Mi papá no solo movía mercancía legal, ¿verdad? —preguntó, clavándole la mirada a Victoria.

El silencio que se armó fue la respuesta. La empresa de logística era la fachada perfecta para algo mucho más pesado. Elena sintió que se le hundía el piso. No era solo una heredera; era la nueva dueña de una de las redes de contrabando más grandes del mundo. Y la junta directiva no quería “ayudarla”; querían quitarla del medio para repartirse el botín.

Esa noche, Elena volvió a su apartamento, pero no estaba sola. Sentía esa picazón en la nuca de cuando te están siguiendo. Las luces de la calle dibujaban sombras largas en las paredes de su sala, que estaba llena de bocetos y libros. De pronto, el silencio se rompió con el crujido de una madera.

Ella se dio la vuelta, agarrando un libro pesado de historia del arte como si fuera un arma.

— Un libro de tapa dura puede servir, pero dudo que aguante una bala de 9mm —dijo una voz desde un rincón oscuro.

Un hombre salió a la luz. Era alto, con una elegancia que asustaba. El traje era de un azul tan oscuro que parecía negro, y sus facciones eran tan perfectas que daban miedo, como una escultura que cobró vida con malas intenciones. Sus ojos eran lo más fuerte: fríos, inteligentes y con una intensidad que hizo que Elena diera un paso atrás.

— ¿Quién es usted? ¿Cómo entró? —preguntó ella, tratando de que no se le notara el temblor en la voz.

— Dante Valerius —respondió él, como si con su nombre bastara—. La seguridad que te coloco la junta es muy buena supongo. No están aquí para cuidarte, Elena. Están vigilando para ver cuándo te “desaparecen” aprovechando que estás mal por lo de tu papá.

Dante se acercó despacio, con un ritmo tranquilo. Elena sintió una electricidad en el aire, una tensión que no era solo miedo, sino algo más fuerte, algo que le daba ganas de salir corriendo pero que al mismo tiempo la dejaba clavada bajo su mirada.

— ¿Qué quiere de mí? —susurró ella.

— Tu papá y yo teníamos negocios. Mi empresa de tecnología le da el software que mantiene a Global Horizon fuera del radar de la policía internacional. Sin mí, tu nuevo imperio está ciego. Y sin ese imperio, mis rutas se cortan.

Él se paró a unos centímetros. Elena sentía el olor de su perfume, algo a madera y cuero que contrastaba con el peligro que emanaba. Dante señaló los papeles que ella se había llevado de la oficina.

— Victoria y Harrison ya hablaron con la gente de Marsella. Te ven como un estorbo, una muchachita que juega a limpiar cuadros viejos. Si mañana vas a esa reunión sin alguien que te respalde, no sales viva del edificio.

— ¿Y usted es el que me va a respaldar? —preguntó Elena con sarcasmo—. Un hombre que se mete en mi casa sin permiso y habla de contrabando.

Dante se le acercó más, invadiendo su espacio hasta que Elena sintió el calor de su cuerpo.

— No soy ningún santo, Elena. Soy el hombre que sabe cómo quemar el mundo para salvar lo que es suyo. Y ahora mismo, por contrato y por herencia, tú eres de lo más valioso que tengo.

La palabra “valioso” le pegó fuerte a Elena. Él no la veía como una persona, sino como una ficha en su tablero. Pero cuando Dante la miró a los ojos, vio algo más que puro negocio. Había un hambre oscura, una fascinación que el tipo ni se molestaba en esconder.

— Tengo un refugio —siguió él, con la voz bajita y aterciopelada que la hizo estremecer—. En los Alpes. Lejos de las víboras, lejos de los tiros que, te lo aseguro, van a empezar a sonar pronto. Firma la sucesión, vente conmigo y yo te enseño a domar a esos lobos. O quédate aquí y deja que tu vida tranquila se llene de plomo antes de que amanezca.

Elena miró el libro que tenía en las manos y después al hombre que tenía enfrente. Por primera vez, limpiar cuadros no iba a alcanzar. No podía arreglar este lío con paciencia y pinceles. El mundo seguro de la galería se había muerto con su papá.

Frente a ella estaba Dante Valerius, un hombre que era todo lo que ella temía y, por alguna razón que no entendía, todo lo que su cuerpo empezaba a pedir en medio del desastre.

— ¿Por qué me ayuda de verdad, Dante? —preguntó ella, buscando alguna expresión en su cara fria.

Dante se terminó de acercar, atrapándola contra la mesa de dibujo. El roce de sus trajes sonó clarito en la habitación. Él bajó la cabeza y le habló casi al oído.

— Porque las obras de arte más raras merecen un dueño, no solo que las miren. Y tú, Elena… tú eres la pieza más valiosa que tu papá tuvo escondida.

Afuera, en la calle, el chillido de unas llantas y el portazo de varios carros rompieron la paz. Dante ni parpadeó, pero su mano se fue adentro de la chaqueta, donde el metal de una Beretta plateada brilló bajo la luz.

— Se acabó el tiempo de hablar bonito —dijo él, dándole la mano—. ¿Vienes a heredar lo tuyo o prefieres morir como una curadora de arte?

Elena miró esa mano, fuerte y segura, y después miró hacia la puerta. El primer disparo pegó en la cerradura del edificio, un ruido seco que le cambió la vida para siempre.

Sin decir nada, Elena puso su mano sobre la de Dante. El tiempo del terciopelo se había ter

minado y el plomo acababa de llegar a su puerta.

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