Capítulo 2 Reencuentro
Habían pasado diez años desde que Raymond viajó a Estados Unidos. En aquella ocasión lo hizo por negocios; ahora viajaba para reencontrarse con su hermano menor.
Edward se había marchado de casa ocho años atrás. Si Raymond hubiera sabido que aquella vez no regresaría con el orgullo herido y buscando refugio en casa, habría ido a despedirlo al aeropuerto, tal como Edward se lo pidió. Pero los celos y el resentimiento lo cegaron. No quiso mirarlo a la cara ni dirigirle la palabra cuando su hermano intentó arreglar las cosas entre ambos. Edward terminó marchándose sabiendo que Raymond no acudiría a despedirlo.
Tras ocho años y numerosos intentos fallidos por encontrarlo —a petición de su padre y también por iniciativa propia, aunque jamás lo admitiera—, Edward volvió a dar señales de vida mediante un correo electrónico. El mensaje resultaba demasiado críptico para su gusto y no ofrecía oportunidad para iniciar una conversación.
"Necesito hablar contigo. Edward".
Solo esa frase y una dirección en América. Raymond respondió varias veces, pero nunca obtuvo contestación.
Cuando comprendió que su hermano no volvería a escribir, decidió contarle a su padre sobre aquel mensaje.
La reacción fue inmediata: debía traerlo de vuelta, sin importar el método.
Cuando el avión aterrizó, Raymond soltó un largo suspiro. Detestaba volar; las alturas siempre le provocaban una incomodidad difícil de ocultar. Esperó pacientemente en la fila para recoger su equipaje y, una vez fuera del aeropuerto, tomó un taxi. Entregó al conductor la dirección que aparecía en el remitente del correo.
No esperaba encontrarla en una de las zonas más pobres de la ciudad. Aun así, pensó que debió anticiparlo; Edward se había marchado sin llevarse prácticamente nada.
—Señor, no es asunto mío, pero quizá debería quitarse el reloj de oro —aconsejó el conductor al ver el reflejo brillante en el retrovisor—. El barrio al que vamos no es de los más seguros.
Raymond asintió en agradecimiento, se quitó el reloj y lo guardó en un bolsillo oculto del abrigo.
Durante el trayecto observó con atención el lugar donde vivía su hermano menor, un joven que jamás había conocido la escasez ni el hambre. Entonces comprendió por qué lo había contactado: probablemente estaba en problemas. Y, pese a todo, Raymond no pensaba juzgarlo.
Después de todo, Edward siempre había tenido razón. Y él nunca debió ignorar su advertencia. Amy, su ahora esposa, había sido una mujer cruel y ambiciosa que terminó separándolos. Mientras Raymond la cortejaba con la intención de casarse, manteniendo un noviazgo respetuoso, ella seducía a Edward asegurándole que solo salía con Raymond por órdenes familiares.
Edward, más perspicaz de lo que muchos creían, entendió que Amy jamás renunciaría al matrimonio con el hermano mayor.
—Señor, hemos llegado.
Raymond pagó al taxista y descendió con su maleta bajo la mirada calculadora de un grupo de hombres que bebía en la escalinata del edificio donde supuestamente vivía Edward.
Entró sin mirarlos directamente, aunque percibió cómo evaluaban si debían seguirlo. Al verlo de frente, dudaron. Tal vez lo reconocían como alguien relacionado con Edward. Raymond no pudo evitar preguntarse qué clase de relación mantenía su hermano con aquellos sujetos.
Subió al ascensor y presionó el número cuatro, el piso indicado en la dirección: apartamento seis. Un hombre alto y corpulento detuvo las puertas antes de que se cerraran. Olía intensamente a sudor y marihuana. Raymond contuvo el gesto de desagrado hasta que el individuo descendió en el segundo piso.
Al llegar al cuarto piso, buscó la puerta marcada con el número seis. Antes de encontrarla, los gritos y golpes provenientes de un apartamento cercano llamaron su atención. Tocó el timbre dos veces sin recibir respuesta. En ese momento, una mujer salió del departamento del que provenía la discusión. Tenía el rostro amoratado y continuaba lanzando insultos hacia el interior hasta notar su presencia.
Lo observó de pies a cabeza.
—El timbre no sirve —dijo finalmente—. Tiene que tocar con la mano. ¿Entiende? Con la mano.
Hizo gestos exagerados, convencida de que él no hablaba el idioma, y luego desapareció tras las puertas del ascensor.
Raymond dio dos golpes suaves con los nudillos.
Una joven abrió la puerta. Cabello rubio, ojos azules intensos y un rostro juvenil que parecía debatirse entre la adolescencia y la adultez. Era pequeña, delgada y de facciones finas. Bonita, aunque sin la elegancia ni la educación propias del entorno al que Raymond estaba acostumbrado.
Parecía luchar por sostener algo. Raymond bajó la mirada y comprendió: estaba amamantando a un bebé. Apartó los ojos por respeto antes de volver a mirarla directamente.
—Buenas tardes. Busco a Edward Ashford.
La joven abrió los ojos con sorpresa.
—Disculpe… ¿usted es Raymond Ashford?
—Sí. ¿Dónde está mi hermano?
Ella dudó. Las palabras parecían atorarse en su garganta.
—Él… yo… está…
Antes de que pudiera continuar, el hombre corpulento del ascensor apareció avanzando con pasos pesados y expresión furiosa.
—¡Oye tú, Violet! ¡Págame la renta! —gritó a escasos centímetros de ellos, claramente disfrutando intimidar.
La joven palideció al instante.
—Victor, por favor… no es el momento. ¿Podemos hablar más tarde?
El hombre soltó una carcajada desagradable.
—¿Más tarde? Dijiste lo mismo ayer. ¿Crees que soy idiota? Si no tienes dinero, pídeselo a este niño bonito. Estoy seguro que tus servicios le gustaran, se nota que puede pagarte bien.
El aire del pasillo se volvió denso y tenso. Y Raymond apretó la quijada, no por el insulto hacia la mujer sino porque ese hombre pensó que era un ser de tan bajos escrúpulos como para buscar sexi con una mujer evidentemente comprometida.
