Capítulo 3 Familia

—¡Puedes callarte, Víctor! ¿No ves que este hombre es el hermano de Edward? ¿Por qué eres tan cruel?

—Ah, pues mejor aún. No tendrás que estar de rodillas tanto tiempo. Llévatelo a la cama entonces. Puedo esperar aquí; siempre resulta divertido oír a una zorra gemir.

—Disculpe, caballero, pero la señora ya dijo que regrese después —dijo Raymond Ashford, cansado de escuchar al hombre vulgar.

—¿Señora? ¿Señora esta puta?

Raymond soltó la maleta y con un movimiento rápido, lo sujetó del cuello y lo estrelló contra la pared del pasillo. No conocía a la joven, pero su educación —inculcada con severidad desde la infancia— le impedía tolerar semejante falta de respeto. Además, aquella mujer parecía cernana su hermano menor.

—Alto… por favor, señor Raymond…

Violet intentó separarlos sin éxito. Solo cuando el llanto del bebé rompió el aire cargado del pasillo, Raymond recuperó la compostura y soltó al hombre. Luego, su mirada se posó en la delicada mano femenina que lo sujetaba del brazo, como si temiera que él volviera a lanzarse a Víctor.

Violet sintió la incomodidad de su acción y lo soltó ajustando a su hijo más a su pecho.

—Gracias —murmuró Violet con alivio.

Aunque Víctor era despreciable, también era su casero, y cuando Raymond se marchara ella tendría que enfrentar sola las consecuencias.

Víctor tosió varias veces mientras recuperaba el aliento. Raymond lo había asfixiado de verdad, y el hombre parecía indignado, como si aquello hubiese sido solo una broma mal interpretada.

—Volveré más tarde, Violet. Si no tienes el dinero, te echaré esta misma noche.

¿Comprendes?

—Sí, señor. Gracias por esperar.

El casero se alejó refunfuñando. Violet permaneció inmóvil hasta que desapareció al final del pasillo. Raymond la observó entonces con detenimiento.

Su cabello, recogido en una coleta improvisada, lucía desordenado; su ropa estaba gastada, pero aun así conservaba una belleza natural que no dependía del arreglo exterior.

Ella lo invitó a entrar. Raymond la siguió sin decir palabra.

El departamento confirmó sus sospechas: muebles deteriorados, paredes desgastadas y una ventana rota que dejaba pasar el frío. Aun así, el lugar estaba limpio. Sobre el único sofá descansaba ropa de bebé cuidadosamente doblada. Violet la apartó con rapidez y la colocó en un cesto plástico para ofrecerle asiento.

—Por favor, señor Ashford, tome asiento —dijo con evidente nerviosismo.

Raymond percibió la vergüenza que intentaba ocultar.

—Preferiría saber dónde está mi hermano —respondió con tono firme.

—Lo siento… es que…

Violet dudó. Lo observó con atención, como si buscara valor. Él era más alto que Edward y su presencia imponía una severidad difícil de ignorar.

—¿Es que qué? —insistió Raymond, comenzando a impacientarse. Detestaba aquel lugar y todo lo que representaba.

—Por favor, siéntese.

Ella caminó hacia la única recámara, separada por un marco sin puerta. Raymond la observó acostar al bebé dormido y acomodar cojines alrededor del pequeño con un cuidado casi reverencial. Entonces dejó su maleta en el suelo y tomó asiento.

Violet regresó segundos después.

—Gracias por ayudarme con el señor Víctor. ¿Le gustaría un café?

Raymond la miró con atención. Su mirada descendió involuntariamente hacia su pecho y Violet recordó de inmediato que no llevaba sostén. La camiseta blanca estaba húmeda por la leche materna. Él apartó la vista hacia la habitación, intentando mantener la cortesía.

Ella tomó un suéter y se cubrió rápidamente antes de sentarse con los brazos cruzados y las piernas tensas, como si intentara hacerse más pequeña.

Por un instante, Raymond pensó que parecía una niña asustada, abandonada a su suerte.

—¿Va a decirme dónde está mi hermano? —preguntó finalmente.

Violet levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de una tristeza profunda.

—Edward murió hace dos meses.

El silencio cayó con peso sobre la habitación.

Raymond permaneció inmóvil, intentando procesar las palabras. Buscó señales de mentira en su rostro, pero solo encontró dolor auténtico. Sus manos temblaban levemente.

—¿Muerto?… —murmuró.

—Sí. Lo siento…

—No puede ser. Recibí un correo suyo hace apenas una semana. Me pidió que viniera hasta aquí. ¿Por qué mentiría?

—No fue él. Yo envié el mensaje. Edward me enseñó un poco de inglés… todavía estoy confundida. A veces siento que si miro hacia cualquier rincón lo veré aparecer…

Su voz se quebró.

Mientras hablaba, otra duda surgió en la mente de Raymond.

—¿Quién es usted y por qué decidió escribirme?

—Porque sabía cuánto pensaba en usted y en su padre.

Violet se levantó y caminó hacia un mueble vacío. Donde debería haber una televisión solo había dos cajas de madera. Tomó una con cuidado y regresó.

—Aquí están parte de las cenizas de Edward. Espero que no le moleste que conserve otra parte. Quiero que su hijo tenga algo de su padre.

Raymond se puso de pie de inmediato.

—¿Usted es…?

La sospecha ya estaba formada, pero necesitaba confirmación.

—Violet Ashford, esposa de su hermano. Y el bebé que vio… es su sobrino.

Raymond giró hacia la recámara casi de forma instintiva. Sus ojos buscaron al niño dormido. Violet le entregó la caja. Él la sostuvo con rigidez y la acercó lentamente a su pecho.

La realidad terminó de asentarse en su interior. Esa mujer era la esposa de su hermano. Y no pudo evitar compararla con Amy. No había comparación alguna. Su pequeño hermano había caído tan bajo.

Edward estaba muerto.

Durante años había imaginado aquel reencuentro lleno de reproches o disculpas pendientes, pero nunca un final definitivo. El peso de las cenizas parecía mayor de lo que podía sostener.

Pensó en Inglaterra, en su padre esperando respuestas, en Amy —su esposa— y en la vida ordenada que había dejado atrás antes de viajar. Todo parecía repentinamente distante, casi irreal frente a la pobreza silenciosa de aquel departamento.

—Su esposa… y su hijo… —murmuró, incapaz de terminar la frase.

Violet asintió con timidez, como si temiera su reacción.

Raymond volvió a mirar alrededor. Cada detalle hablaba de carencias: muebles improvisados, cajas usadas como mesa, ropa infantil cuidadosamente remendada. Edward, criado en privilegios, había elegido vivir allí.

Aquella idea resultaba incomprensible y dolorosa al mismo tiempo.

El llanto suave del bebé rompió nuevamente el silencio. Violet se levantó de inmediato para atenderlo. Raymond observó cómo lo cargaba con naturalidad, cómo lo arrullaba con movimientos suaves y protectores.

Por primera vez desde su llegada comprendió que estaba frente a una desconocida oportunista, alguien que había compartido la vida real de su hermano, una vida que él nunca conoció. Y que seguramente al saber que Edward era rico, decidió contactarlos para pedirles dinero. ¿Sabía ella lo importante que era su hijo?

Y mientras sostenía las cenizas contra el pecho, Raymond pensó en el futuro que le depararía a ese niño que llevaba la sangre de su hermano. Ahora debía decidir qué hacer con ella. Porque era evidente que el hijo de su hermano, si es que realmente era el hijo de Edward, tendría que volver con él a Inglaterra. Sí era el caso, le ofrecería una gran suma de dinero a la mujer por su libertad, quitarle el niño solucionaría algunos de sus problemas. Pero si el niño no era de Edward, entonces... Investigaría la situación de su hermano antes de morir y si esa mujer tuvo algo que ver... La haría pagar por ello.

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