Capítulo 4 Edward

Raymond no pudo mirarla más. Había perdido a su hermano y nunca tuvo la oportunidad de arreglar las cosas. No, en realidad quiso mentirse a sí mismo y decirse que no tuvo oportunidad, pero sabía en el fondo de su corazón que no era así: la tuvo, y aun así permitió que los celos y el orgullo fueran más fuertes que el amor que sentía por él.

De pronto sintió que se ahogaba. No sabía cómo le explicaría a su padre que Edward estaba muerto. Miró a la mujer que caminó hacia la cama para cargar al niño nuevamente. Había comenzado a llorar, Violet lo meció entre sus brazos.

—¿A qué se dedicaba? —preguntó, dando otra mirada al lugar.

Las paredes del departamento estaban desgastadas y teñidas de un desagradable verde pistache. Los muebles eran viejos. Su hermano… había vivido allí. Aquello no era solo modestia; era pobreza.

—Bueno, él era mecánico de Fórmula Uno, pero fue despedido cuando ya no pudo seguir trabajando al mismo ritmo para el corredor al que daba sus servicios.

—¿¡Mecánico!? —preguntó, incapaz de ocultar su sorpresa.

—Sí. Arreglaba autos de carrera… y a veces los diseñaba con su socio.

Su hermano había abandonado el apellido Ashford para terminar siendo mecánico. Raymond negó lentamente con la cabeza. No le importaba si era el mejor mecánico del mundo; si no trabajaba diseñando autos para la fábrica familiar, entonces, para él, había renunciado a todo lo que importaba.

—¿Cómo lo conoció?

Ella apartó la vista para mirar a su hijo. Sus ojos brillaron y su sonrisa adquirió un matiz nostálgico.

—Soy bailarina exótica. Su corredor ganó una carrera y decidieron celebrar en un club donde yo trabajaba. Cuando me vio, dijo que supo que estábamos destinados. Empezó a visitarme todos los días durante más de un mes. Luego comenzó a esperarme afuera para acompañarme a casa. No hablaba mucho… solo estaba ahí. Un día me invitó a tomar un café.

Raymond reconoció la verdad en sus palabras. Edward siempre había sido romántico. Aun así, no podía entender qué había visto en ella. Era hermosa, sí, pero lejos del refinamiento de las mujeres que pertenecían al mundo Ashford. Pensó fugazmente en la vida que su hermano había dejado atrás… y en las decisiones que lo habían empujado lejos de su familia.

—¿No le avergüenza su profesión? —preguntó sin intención deliberada de herirla; era simple curiosidad fría.

Ella levantó la cabeza, confundida.

—¿Disculpe?

—Habla de ello con naturalidad. ¿No se avergüenza?

Violet sonrió con incredulidad.

—No. No me avergüenzo. Edward nunca se avergonzó de mí. Cuando nos casamos, me pidió que dejara de bailar, no por vergüenza… sino porque creía que podía aspirar a algo más. Gracias a él terminé el instituto. Después quería que fuera a la universidad… pero entonces empezó a sentirse mal.

Su voz tembló.

—Dos meses después nos dijeron que tenía cáncer terminal.

El golpe fue físico para Raymond. Su hermano había estado muriendo… y jamás acudió a su familia.

—¿Por qué no acudió a nosotros? —preguntó con rigidez—. ¿Cómo ocurrió el accidente?

—Se deprimió cuando dejó de poder cuidar a nuestro hijo mientras yo trabajaba. Lo dejábamos con mi vecina… y esa noche… no sé por qué tomó el auto. No sé adónde iba.

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.

—Estoy furiosa con él… Me abandonó. Ese día estaba mejor, jugó con el bebé, fue cariñoso conmigo… incluso hicimos el amor después de mucho tiempo. Luego me fui a trabajar… y cuando regresé… él no estaba. Después llegó la policía. A veces pienso que si yo hubiera aprendido a manejar, si me hubiera llevado el coche… nada habría pasado.

Raymond ya no pudo contenerse. Las lágrimas descendieron silenciosas por su rostro.

Violet se levantó, caminó hacia una vieja vitrina y sacó un sobre. Regresó y se lo tendió.

—Lo escribió para ti ese día. Nunca supe qué decía. Está en japonés, Edward decía que el idioma no te gustaba porque no podías aprenderlo y que solía decirte frases enteras solo para hacerte sentir un tonto. Creo que quiso jugarte una broma final. No lo sé.

Raymond tomó el sobre. Reconoció la letra de inmediato. Lo abrió con manos temblorosas.

Leyó.

Su respiración se quebró.

Edward hablaba de felicidad. De su esposa. De su hijo. De miedo. De arrepentimiento. Y finalmente, de una súplica:

Cuídalos… incluso de nuestro padre.

La hoja se arrugó dentro de su puño.

Se levantó y caminó hacia la ventana, buscando aire. Había viajado decidido a pedir perdón, a traerlo de regreso, a ceder… pero llegó demasiado tarde.

Un golpe suave en la puerta interrumpió el silencio. Violet abrió. Una mujer con el rostro amoratado apareció en el umbral.

—Charles ya se fue, así que pensé pasar por el nene…

Se detuvo al ver a Raymond.

—Es el hermano de Edward —explicó Violet.

La mujer sonrió con cautela.

—Buenas noches, señor.

Raymond apenas asintió, reconociendo a la mujer. Ella le había dicho que el timbre no servía.

Violet entregó al bebé junto con un bolso y un biberón.

—Gracias, amiga.

Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó.

—¿Ella cuida al niño? —preguntó Raymond.

—Sí. Es enfermera. También cuidaba de Edward cuando yo trabajaba.

—Ya veo.

Ella suspiró.

—Debo arreglarme. Yo, tengo que ir a trabajar. Puedes quedarte si quieres. No volveré hasta la mañana.

—Iré a un hotel.

—No es buena zona para salir ahora. Y el departamento estará solo para ti. Solo... Tómalo como una disculpa por no haber sido clara en mi mensaje. Por traerte creyendo que no vendrías. Supongo, que Edward pensaba que no lo harías y eso me hizo pensar que así sería. Pero gracias por venir. Creo que a Edward le hubiera gustado verte. No tengo nada más qué ofrecerte.

Raymond asintió en silencio.

Violet desapareció en su habitación. Escucho el sonido de la ducha y mientras él miró su teléfono, no sabía si llamar a su padre o a Amy. No llamó a nadie, apagó el teléfono y se recostó en el sofa.

Media hora después, Violet regresó con el cabello húmedo, un vestido rojo de lentejuelas y maquillaje impecable.

Raymond reconoció que su belleza era impactante. Y su belleza podía muy bien hacer que un hombre con sangre y fuego en sus venas olvidará sus malos modales y su poca educación.

—¿Cómo llegará? —preguntó.

Violet estaba guardando su billetera en su bolso. Así que respondió sin mirarlo.

—Caminando. No está lejos.

—La acompañaré.

Aunque en realidad no quería hacerlo, la situación en sí misma sobrepasaba su realidad. Pero era la esposa de su hermano...

—No. Solo… si decides irte, hazlo cuando yo regrese.

Ella salió sin mirar atrás. Raymond pensó que después de todo, tal vez sí estaba avergonzada, por su profesión.

Esperó un minuto antes de salir tras ella, permaneciendo a distancia.

Los hombres en la calle le lanzaban comentarios vulgares. Caminó casi cuarenta minutos. Entonces comprendió: no tenía dinero para un taxi.

También entendió algo más. Edward había sabido que ella no podría sostener todo sola. La enfermedad, el niño, las deudas… Si había dejado de bailar... su hermano debió sentirse terrible cuando tuvo que volver a ello para cubrir los gastos. Tal vez el accidente no fue un accidente.

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