Capítulo 5 Club
Violet entró a un club nocturno.
Raymond Ashford aguardó antes de acercarse. Su sola presencia bastó para que el guardia lo dejara pasar.
Se sentó en una mesa oscura, lejos del escenario.
Observó el lugar: lujo superficial, hombres ricos conversando en voz baja, bailarinas que descendían del escenario para sentarse junto a clientes habituales. Esperó.
Veinte minutos después, Violet apareció en el escenario. Y aunque intentó apartar la mirada… no pudo.
Cada movimiento era seguro, elegante, magnético. No era vulgaridad; era supervivencia convertida en espectáculo. Raymond sintió algo incómodo, algo que no quería reconocer.
No deseaba estar allí. Pero tampoco podía marcharse. Mientras observaba a la mujer bailar y coquetear con algunos hombres, otra joven se acercó a su mesa. Se sentó a su lado y apoyó una mano sobre el muslo de Raymond.
—¿Quieres compañía? —preguntó con voz melosa.
Raymond apartó la vista del escenario y la dirigió hacia la mujer. Detectó de inmediato el brillo extraño en sus ojos, señales evidentes de consumo. Él no frecuentaba lugares como aquel para buscar satisfacción alguna; incluso siendo un club exclusivo, seguía considerándolo impropio para alguien de su posición.
—No. Retírate —ordenó con frialdad.
La joven frunció el ceño. Miró hacia el escenario y luego volvió a observarlo. Era rubia, de ojos azules y piel muy clara; llevaba una falda corta y un top de lentejuelas púrpuras que contrastaban con su tono pálido.
—Usted vino por ella —afirmó con una sonrisa astuta.
Raymond no respondió. Solo sostuvo su mirada, esperando que continuara.
La mujer amplió la sonrisa, satisfecha de haber captado su atención.
—¿Dónde la conociste? Nunca te había visto por aquí. Ella no hace privados, ¿sabes? —añadió con un matiz venenoso—. Se cree mejor que todas… pero no es distinta a las demás.
Ambos dirigieron la mirada al escenario, donde Violet ya había terminado su rutina principal. Raymond intentó mantener la vista fija únicamente en su rostro, aunque en ocasiones su atención descendía involuntariamente.
Se puso de pie en cuanto Violet desapareció hacia los vestidores. Sacó un billete de su cartera y lo dejó sobre la mesa para pagar la bebida, dejando el cambio al mesero.
Luego dejó otro billete para la joven a su lado. No sabía exactamente por qué lo hacía; quizá porque, de manera inesperada, había sentido alivio al comprobar que la mujer a la que ahora estaba ligado por la última voluntad de Edward únicamente bailaba.
Edward siempre había tenido tendencia a rescatar causas perdidas. Raymond lo sabía bien. Y comprendió, con cierta incomodidad, que probablemente Violet había sido una de ellas… aunque también era evidente que su hermano había encontrado algo auténtico en esa vida.
Salió del club y aspiró profundamente el aire fresco de la noche. El contraste fue inmediato, casi liberador.
Debía llamar a su padre. Tenía que informarle que Edward había muerto.
Sin embargo, descartó hacerlo por teléfono. El patriarca Ashford padecía del corazón desde la última discusión con su hijo menor. Aunque era un hombre rígido e inflexible, amaba profundamente a sus hijos, incluso si jamás supo demostrarlo con suavidad. Darle la noticia a distancia podía resultar devastador. Decidió regresar a Inglaterra lo antes posible y hablar con él en persona.
Raymond suspiró.
No sabía qué hacer con Violet ni con el niño. Técnicamente, el pequeño era heredero de la familia Ashford hasta que él mismo tuviera descendencia. Su padre, sin duda, querría hacerse cargo de su educación y formación… y eso implicaría separar al niño de su madre.
Violet no encajaba en el mundo Ashford. No cumplía con los estándares sociales ni familiares que su padre consideraba aceptables. Era una bailarina exótica que había intentado rehacer su vida y que, tras la tragedia, había regresado a lo único que le permitía sobrevivir.
Para la familia, para la sociedad que él conocía, ella jamás sería apropiada.
Raymond cerró los ojos un instante.
Debía cumplir la última voluntad de Edward.
La cuestión era cómo ayudarla… sin permitir que esa ayuda alterara el orden de su propio mundo.
Raymond pensó que, tal vez, ofreciéndole una fuerte suma de dinero por el niño podría llevárselo a Inglaterra. Sospechaba que Violet no sabía realmente quién era la familia de su esposo ni quién había sido Edward antes de abandonar su vida anterior. En cierto modo, aquello jugaba a su favor: si le ofrecía suficiente dinero, probablemente ella no pediría más.
Y si poseía aunque fuera una mínima parte de la bondad y del amor verdadero que Edward siempre creyó ver en ella, entonces aceptaría dejar marchar al niño. Después de todo, debía comprender que el pequeño no tendría futuro a su lado. No el tipo de futuro que la familia Ashford podía ofrecerle.
Desde la perspectiva de Raymond, todos saldrían beneficiados. El linaje familiar continuaría, su padre tendría una oportunidad de redimirse por los errores cometidos con Edward y él mismo quedaría liberado de la presión constante de proporcionar un heredero.
Tal vez, solo tal vez, podría entonces concentrarse en reparar su propio matrimonio.
Porque, aunque ya no amaba a su esposa como antes, todavía existía algo intenso entre él y Amy. Cuando descubrió su infidelidad, había respondido de la misma manera. Si Amy había cometido un error en su juventud, ¿por qué no perdonarla ahora que él también había cruzado esa línea? Al final, ambos estaban en deuda.
Siempre se decía que el amor lo perdonaba todo.
Y si aún quedaba una chispa entre ellos, quizá valía la pena intentar salvar lo que quedaba de su relación.
Raymond dejó de vigilar el club y regresó al departamento de Violet. El cansancio del viaje comenzaba a pesarle y, por lo que había visto, ella parecía capaz de manejar su vida por sí sola.
Después de todo, ¿cuánto tiempo había sobrevivido sin la protección de Edward… o sin la suya?
