Capítulo 6 Rojo
Cuando Violet estaba a punto de salir por segunda vez al escenario para bailar un número más, Alessa se acercó a ella con ese aire venenoso con el que siempre parecía presentarse en su presencia. Violet nunca había entendido por qué esa mujer la odiaba tanto.
—Apenas tu marido muere y ya te has buscado otro protector. Dime, ¿de dónde los sacas? ¿Hay acaso una página web de citas de hombres ingleses?
Violet suspiró con cansancio y luego rodó los ojos.
—¿De qué hablas?
—De tu nuevo amante, no te hagas la mosca muerta. Estaba allí ese hombre elegante comiéndote con la mirada. Incluso me rechazó a mí. Si no estuviera contigo… ¿por qué otra razón me rechazaría?
—¿No es obvio? Es de la clase de hombres que no piensan con la cabeza de abajo en lugar de la que sí tiene materia gris.
—¿Me estás diciendo que soy tan poca cosa que un hombre inteligente no debería meterse conmigo? ¿Tan superior te piensas?
—No, Alessa. No es por ti. Es porque creo que ningún hombre debería pagar por placer.
—¡Mira tú! ¡Qué malagradecida! Por esos hombres que solo piensan con la cabeza de abajo, como tú dices, puedes alimentar a tu huérfano, pagar tu renta, vestir y comer… ¡Ubícate, Violet! No importa lo que Edward te haya hecho creer, no eres mejor que nadie aquí. Eres una puta que vende su cuerpo. No importa si Edward te pidió que no lo hicieras; todas sabemos lo que hicimos para obtener este empleo. ¿O me dirás que a ti no te probaron la mercancía?
—No me pienso superior y tampoco soy malagradecida. Yo solo pienso…
—Mejor no pienses, porque ofendes a todos los que te han ayudado alguna vez.
Y como Alessa, muy a pesar de Violet, tenía razón en parte, decidió dejar el tema por la paz y cambiar de asunto.
—¿Dónde está él?
—Ya se ha ido. Creo que se sintió asqueado de ver en ti tanta vulgaridad. Se notaba un hombre fino… y rico.
Alessa se dio media vuelta sin querer escuchar más.
Violet tuvo el presentimiento inmediato de que el hombre del que hablaba era el hermano de Edward. Entonces comenzó a preocuparse. Tal vez había sido un error llamarlo, aunque solo fuera para entregarle las cenizas.
Después de todo, Edward siempre había dicho que su familia lo consideraba muerto.
Ella jamás lo habría contactado si Edward no hubiera dejado aquella carta dirigida a Raymond.
Eso significaba que, aunque lo negara en vida, Edward sí extrañaba a su familia.
Violet esperaba que Raymond regresara a Inglaterra esa misma mañana. Era evidente que era un hombre adinerado; se notaba en su ropa, en sus modales, en la forma contenida en la que observaba todo a su alrededor. Edward también podía parecer refinado cuando quería, aunque nunca con la rigidez natural de su hermano.
La tercera llamada anunció que era nuevamente su turno para bailar.
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Raymond llegó al departamento de Violet media hora después. No planeaba quedarse dormido allí, así que se sentó en la mesa, abrió una de sus maletas, sacó su laptop y comenzó a escribir un correo dirigido a su secretaria. Miró la hora y decidió llamar a su esposa, Hitomi.
—Buenas noches, Raymond. ¿Has llegado ya con tu hermano? —preguntó ella con educación impecable, propia de una mujer criada dentro de la alta sociedad.
—Buenos días para ti, cariño. Sí, ya estoy en su apartamento. ¿Estás sola?
—Sí.
—No he hablado con mi padre y no pienso hacerlo hasta regresar a Inglaterra y hacerlo en persona. Por favor, guarda discreción.
—Por supuesto.
Raymond sabía que Amy se sentiría afectada. Siempre se había culpado por la partida de Edward. No existía una forma correcta de decirlo.
—Edward ha fallecido.
Decirlo en voz alta volvió la realidad irreversible. Su hermano estaba muerto, y el último recuerdo que tenía de él era su mirada herida mientras se limpiaba la sangre del golpe que Raymond le había dado años atrás.
—¿Qué? ¡Dios, Raymond! Lo lamento tanto… ¿Estás bien?
Hitomi solía parecer fría ante los demás, pero en privado podía mostrarse dulce. O al menos eso creía él antes de descubrir su infidelidad.
—Sí, estoy bien. No te preocupes.
Escuchó cómo ella comenzaba a sollozar. Era comprensible. Edward había sido su amigo cercano, casi un hermano. Y su primer amor o su único. Una espena en su costado que ahora jamás sabrá. Nunca sabrá si su hermano realmente se acostó con, en ese entonces su prometida.
Raymond se preguntó, una vez más, qué habría pasado si Edward hubiese sido el heredero y no él. Si Amy habría elegido a Edward… y si también lo habría traicionado.
—¿Pudiste verlo con vida? —preguntó ella entre lágrimas.
—No. Su pareja envió el mensaje. No habla inglés con fluidez. Me entregó parte de sus cenizas y una carta que dejó para mí.
—¿Cómo sucedió?
Raymond dudó antes de responder.
—Tenía cáncer terminal.
Ella jadeó.
—¿Por qué no te buscó?
—Creía que no me importaba —susurró Raymond, avergonzado.
—Pero te dejó una carta…
Raymond guardó silencio. No podía contarle todo. Si Amy descubría que Edward tenía un hijo, su padre viajaría de inmediato para reclamarlo.
—Edward quería que entregara dinero a su mujer. Como una herencia —mintió finalmente.
—¿Y si él no escribió esa carta?
—No hay duda de que fue él.
—Aun así… la ayudarías.
—Está endeudada. Y lo cuidó hasta el final.
El silencio se prolongó.
—¿Cuándo vuelves?
—No lo sé. Aprovecharé para visitar la sede de nuestras empresas aquí.
—¿En qué hotel estás?
—No importa. Llámame al móvil.
En ese momento la puerta del departamento se abrió.
Violet entró con un vestido rojo de lentejuelas que dejaba al descubierto sus largas piernas. Llevaba bolsas de víveres. El amanecer comenzaba a filtrarse por la ventana. Sus miradas se cruzaron y Raymond le indicó en silencio que no hablara. Ella asintió y caminó hacia la cocina.
—Amy, debo irme. Sé discreta con mi padre.
—Pensé que podría viajar y acompañarte…
—No te preocupes. Estoy bien.
Mientras hablaba, Raymond observó a Violet limpiar cuidadosamente las compras antes de guardarlas en una alacena casi vacía. No era mucho, pero sí lo necesario.
—Está bien, Raymond. Te llamaré más tarde.
—Sí.
—Te amo… Raymond.
—También te quiero —respondió por inercia.
Violet se subió a una silla para alcanzar un estante alto. Raymond apartó la mirada demasiado tarde.
—¿Nunca más me dirás que me amas?
Un nudo se formó en su garganta.
—Amy… debo colgar.
