Capítulo 7 Conciencia
Raymond no había podido apartar la mirada de Violet mientras se movía por la cocina. La observó guardar los víveres, lavarse nuevamente las manos y preparar café con movimientos prácticos, casi mecánicos, como si cada acción formara parte de una rutina necesaria para mantenerse en pie.
—Raymond… —la voz de Amy llegó desde el teléfono.
Él parpadeó, regresando a la conversación. Frunció el ceño un tanto molesto consigo mismo por distraerse tan fácilmente.
—Adiós, Amy.
Cortó la llamada antes de que ella pudiera decir algo más. Le estaba haciendo daño, lo sabía. Pero no podía volver a decirle que la amaba. Había tomado esa decisión el día que descubrió su traición. La había perdonado, sí, porque el apellido Ashford no toleraba escándalos y porque una parte de él todavía se negaba a romper definitivamente lo que habían construido. Sin embargo, ciertas palabras, una vez quebradas, no podían reconstruirse.
Alzó la vista.
Violet estaba ahora detrás de la barra desayunadora, observándolo con cautela.
—Buenos días. Veo que no dormiste —dijo ella con naturalidad.
La familiaridad lo incomodó ligeramente. Para Raymond, la distancia era una forma básica de respeto, pero comprendió que aquello también era cultural. Violet no sabía quién era realmente él ni el peso que implicaba su apellido.
—Voy a darme un baño mientras el café está listo —añadió ella.
Raymond simplemente asintió y volvió la mirada a la pantalla de su laptop.
Solo cuando la puerta de la habitación se cerró permitió que la tensión abandonara parcialmente su postura. Aflojó la corbata y se puso de pie. Caminó hasta el fregadero, abrió el grifo y dejó que el agua fría corriera sobre sus manos antes de llevarla al rostro.
Necesitaba claridad. Su mente parecía estar corriendo un maratón. Su hermano estaba muerto. Su matrimonio pendía de un hilo invisible. Y el futuro de la familia Ashford descansaba ahora sobre un niño desconocido.
Apoyó ambas manos sobre el borde del lavabo y se preguntó: Si Violet se negaba a entregarle al niño, ¿qué haría? La pregunta lo perseguía desde que leyó la carta de Edward.
Su padre jamás aceptaría la existencia de un heredero criado lejos del control familiar, y mucho menos por una mujer como Violet. Para el viejo Ashford, el linaje era disciplina, educación, prestigio. No supervivencia ni sacrificios silenciosos.
Raymond cerró los ojos.
Podía imaginar perfectamente el escenario: su padre obligándolo a divorciarse de Amy, concertando un nuevo matrimonio estratégico con alguna heredera europea, asegurando descendencia legítima y estabilidad empresarial.
¿Sería capaz de hacerlo?
Romper definitivamente con Amy. Casarse con una desconocida, Cumplir únicamente con el deber.
La respuesta lo incomodó más de lo que esperaba.
No sabía si aún amaba a su esposa o si simplemente estaba acostumbrado a ella.
El sonido lejano del agua en la ducha lo devolvió al presente. Pensó entonces en Edward. Su hermano menor siempre había sido el opuesto a él: impulsivo, cálido, libre. Mientras Raymond aprendía a obedecer expectativas, Edward aprendía a escapar de ellas. Y aun así, había confiado en él al final. La carta era clara: proteger a Violet y al niño. No separarlos. No someterlos a los deseos de su padre. Raymond apretó la mandíbula. No podía cumplir completamente esa última voluntad.
Porque cumplirla significaba sacrificarse él mismo… y sacrificar el deber hacia su familia.
Se secó el rostro con una toalla y volvió lentamente hacia la mesa. El aroma del café comenzaba a llenar el apartamento, cálido y doméstico, peligrosamente ajeno al mundo rígido del que provenía. Miró alrededor: El lugar era pequeño, modesto, lejos de cualquier estándar Ashford. Sin embargo, estaba limpio y ordenado.
Eso lo irritó más de lo que esperaba, porque debilitaba el juicio que intentaba mantener sobre Violet.
Se sentó nuevamente frente a la laptop, pero no escribió nada. Su mirada estaba fija, pero su mente estaba dando vueltas a mil opciones y decisiones a tomar.
La decisión comenzó a tomar forma en su mente con una frialdad casi empresarial tal como había sido educado para decisiones difíciles.
Tal vez la solución era simple.
Ofrecerle dinero.
Una cantidad suficiente para asegurarle estabilidad durante años. Lo bastante grande para que aceptara sin cuestionar demasiado. Si Violet desconocía realmente quién había sido Edward antes de abandonar Inglaterra, no tendría motivos para negociar más.
Todos ganarían. El niño crecería dentro del legado Ashford. Su padre tendría una oportunidad de redención. Y él quedaría liberado de la presión constante de producir un heredero propio. Quizá entonces podría concentrarse en salvar su matrimonio con Amy. Después de todo, ambos habían cometido errores. Él también había sido infiel después de descubrir la traición de ella. Tal vez estaban a mano. Tal vez el amor —o lo que quedaba de él— todavía podía sostenerse.
¿No se suponía que el amor perdonaba? El ruido del agua deteniéndose en el baño interrumpió sus pensamientos. Raymond inhaló lentamente. Sí. Hablaría con Violet. Le ofrecería una solución racional, beneficiosa para todos. Era lo correcto. Era lo lógico, no sería la primera madre que renunciaba a su hijo por su libertad y dinero. Ella tendria la opotunidad de comenzar de nuevo. Ella no diría que no y su sobrino estaría a salvo. Y, sobre todo, era la única forma de regresar a Inglaterra con algo más que cenizas entre las manos. Aunque una parte incómoda de su conciencia insistiera en recordarle que Edward jamás habría llamado a eso protección, sono más bien, control. Y su hernano odiaba el control.
