Capítulo 8 Propuesta

Cuando Violet entró a su habitación, lo primero que notó fue la cama intacta. Él no había dormido en toda la noche. Claro que no. La había seguido hasta el club… y la había observado. Por primera vez en su vida sintió pena. Violet no era una mujer que se avergonzara de su trabajo. Siempre había sostenido la misma idea: era una artista, una bailarina, y lo que hacía sobre el escenario también era una forma de arte. Nunca sintió vergüenza cuando Edward estaba vivo, y no pensaba empezar ahora, mucho menos frente a su hermano. Pero... era incómodo.

Había percibido la intensidad de su mirada y la forma en que él evaluó su vestimenta, pero también sabía que aquel hombre jamás cruzaría ciertos límites. Edward solo habló de Raymond en un par de ocasiones, y siempre lo describió igual: orgulloso, rígido y excesivamente honorable. Edward rara vez se equivocaba al juzgar a alguien. Así que Violet estaba segura de algo: lo que había visto en los ojos de Raymond no era deseo, sino desconfianza… quizá incluso rechazo.

Con esa certeza, entró a la ducha sin temor alguno.

Cuando Violet regresó al comedor, el aroma de su champú llenó el aire. Coco. El olor golpeó a Raymond sin aviso, evocando playas soleadas y cuerpos bronceados bajo el calor del verano. Por un instante —uno que le resultó incómodamente largo— la imaginó caminando junto al mar, vestida apenas con un traje de baño.

Cerró los ojos con disgusto hacia sí mismo.

No era un adolescente incapaz de controlar sus impulsos. No era deseo, se dijo con firmeza. Era una reacción física normal. Cualquiera habría notado su belleza después de verla bailar la noche anterior. Ni siquiera sabía porque estaba penando en eso, sin embargo era un hombre de sangre caliente en sus venas. Nada más.

Cuando abrió los ojos, ella ya estaba sacando dos tazas de la alacena.

No le preguntó qué quería beber; simplemente asumió que tomaría café. Sirvió el líquido humeante con movimientos tranquilos y seguros. Colocó una taza frente a él y la otra para sí misma. Después añadió la azucarera, dos cucharillas y una caja de galletas que había comprado esa mañana, dejándola en el centro de la mesa antes de sentarse.

Violet lo miró antes de tocar el azúcar.

—¿Prefiere que se lo endulce?

La pregunta fue amable, aunque nacida más de la extrañeza que de la cortesía. Él no había dicho una sola palabra y permanecía inmóvil, observando cada uno de sus movimientos, secretamente hipnotizado, para ella la estaba evaluando, intimidandola. Durante un instante, ella recordó a Edward. Él también esperaba que le sirviera el café incluso cuando discutían. La primera vez que ocurrió, Violet creyó que era una broma… hasta que él explicó, con absoluta seriedad, que para él era una cuestión de respeto más que de comodidad.

Le había parecido absurdo entonces. Pero también había aprendido que algunas costumbres no nacían del orgullo, sino de la cultura.

Quizá con Raymond ocurría lo mismo y por esa la evaluaba. El hombre negó suavemente con la cabeza.

Violet añadió dos cucharadas de azúcar a su propia taza. Luego abrió la caja de galletas, sacó un plato grande y dos pequeños para servirlas. Le ofreció uno;

Raymond volvió a rechazarlo. La tensión comenzó a hacerse visible. Ella tampoco tomó ninguna galleta. Se limitó a sentarse y mirar el café, evitando sus ojos. Sentía cómo la observaba, y la atmosfera se hacía cada vez más pesada. Nunca antes alguien la había hecho sentirse examinada… y descubrió que detestaba esa sensación.

—Hay algo que deseo proponerle —dijo finalmente Raymond.

Violet levantó la mirada, sorprendida, su mente en blanco y luego corriendo a mil por hora... preguntandose si él iba a proponerle algo que ofendería a su mismo esposo fallecido. A su honor. Violet apretó la quijada.

—Quiero que me conceda la patria potestad de su hijo.

El silencio cayó con fuerza. Fue aún peor...

—Disculpe… ¿qué acaba de decir?

—La patria potestad implica...

—Sé perfectamente lo que significa —lo interrumpió, con la voz tensa—. Solo intento entender si usted comprende lo que está proponiendo.

Raymond sostuvo su mirada con frialdad como si estuviera realizando una gran negociación que no estaba dispuesto a perder.

—Es usted joven. Aún puede rehacer su vida. Pero criar sola a un niño limitará sus oportunidades.

El enojo apareció de inmediato en los ojos de Violet.

—Eso no es asunto suyo. Y debo decirle algo: parecía un hombre interesante… hasta que empezó a hablar.

Raymond frunció el ceño, desconcertado.

—¿Perdón?

—¿Qué clase de mujer cree que soy para venir a mi casa y sugerir algo así? Tome sus cosas y váyase.

Él respiró hondo antes de responder.

—Creo que ama a su hijo. Y también creo que ha tenido que sacrificar demasiado para mantenerlo a salvo… igual que hizo con mi hermano. Solo intento cumplir la última voluntad de Edward.

—Entonces no lo haga. Jamás entregaría a mi hijo a alguien que lo vea como una responsabilidad incómoda. Edward dejó su país por una razón.

—Me dejó una carta.

—Esa carta pierde su validez si la escribió en medio de la agonía —replicó ella con firmeza—. Yo lo llamé porque pensé que nadie debería quedarse con rencores después de una muerte. Fue un error.

Las palabras lo golpearon más de lo que esperaba.

—Conmigo su hijo tendría todo —insistió Raymond—. Educación, estabilidad, una familia completa, un futuro asegurado. Algo que usted difícilmente podrá ofrecerle.

Violet se puso de pie.

—¿Cómo se atreve?

La indignación temblaba en su voz.

—Lo recibí con respeto, con lo poco que tengo, y usted intenta humillarme. Mi esposo murió hace dos meses. No he tenido tiempo ni para llorarlo porque estaba pagando sus deudas médicas. Si me encontró arruinada fue por eso. Pero mi hijo tendrá un futuro digno, con o sin usted.

Señaló la puerta.

—Váyase. Ahora.

Raymond endureció la mandíbula.

—No cuestiono su esfuerzo. Solo digo que podría darle más si dejara de lado su orgullo.

—No es orgullo. Edward me hizo prometer que su padre jamás se acercaría a su hijo.

—Edward siempre fue impulsivo. Mire cómo terminó.

Violet lo miró con incredulidad.

—¿Qué intenta decir?

—Que probablemente se rindió.

Sus palabras la golpearon y sintió que la sangre se le congelaba.

—Eso es mentira —dijo, temblando—. Usted no lo conocía.

—Era mi hermano.

—No después de tantos años. Si hubiera confiado en él, nunca se habría marchado. Váyase… o llamaré a la policía.

Raymond tomó aire lentamente.

—Me iré. Pero piénselo bien. Nadie la juzgaría por querer lo mejor para su hijo.

—¡Fuera!

La palabra resonó en el departamento como un portazo antes incluso de que él se moviera.

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