Capítulo 9 Las Vegas
Raymond se hospedó en el mejor hotel que encontró cerca del vecindario donde vivía Violet. No era un lugar lujoso en apariencia, pero sí discreto, elegante y silencioso, justo lo que necesitaba. Desde la ventana de la habitación podía verse la ciudad extendiéndose en tonos grises y dorados bajo la luz de la tarde, una vista que a cualquier otro habría resultado reconfortante. Para él, sin embargo, no significaba nada.
Sobre la mesa auxiliar descansaba el cofre de madera oscura que había llevado consigo durante todo el viaje. Dentro reposaban las cenizas de Aiko.
La urna era sencilla, casi austera, pero la placa dorada brillaba con sobriedad bajo la luz artificial:
Edward Ashford
1999–2021.
Raymond permaneció varios minutos de pie frente a ella, sin moverse. Tenía las manos hundidas en los bolsillos del pantalón y la mandíbula tensa, como si aún estuviera conteniendo palabras que jamás llegarían a salir.
Había ensayado demasiadas veces lo que diría si volvía a verlo. Las disculpas. Las explicaciones. Incluso las discusiones que nunca tuvieron. Pero la muerte había llegado antes que cualquiera de esas conversaciones.
Se maldijo en silencio.
Debió ir tras él aquel día. Debió ignorar el orgullo familiar, las normas absurdas, la presión de su padre. Debió escucharlo cuando aún tenía tiempo.
Ahora solo quedaba cumplir con lo único que consideraba una forma de redención.
El niño.
El hijo de Edward.
Raymond cerró los ojos un instante. No podía cambiar el pasado, pero sí podía asegurarse de que el legado de su hermano continuara. El pequeño pertenecía a la familia Ashford, a una historia que se remontaba generaciones atrás. Edward había huido de ella, sí, pero eso no significaba que su hijo tuviera que crecer lejos de sus raíces.
Se lo llevaría a Inglaterra.
Allí tendría educación, estabilidad, un futuro garantizado. Todo aquello que —desde la mirada práctica y fría de Raymond— Violet jamás podría ofrecerle.
La decisión estaba tomada.
Se duchó, dejó que el agua caliente relajara los músculos tensos por el viaje y el enfrentamiento de esa mañana, y finalmente cayó dormido sobre la cama, vencido por el agotamiento acumulado.
Durmió durante horas.
Violet observó cómo Raymond cruzaba la puerta y desaparecía por el pasillo del edificio.
Solo cuando escuchó el eco distante de sus pasos permitió que el aire escapara de sus pulmones. Se cubrió el rostro con ambas manos y ahogó un grito de frustración que le quemó la garganta.
Todo había salido mal.
Había contactado al hermano de Edward creyendo que era lo correcto, pensando que nadie debería vivir con resentimientos después de una muerte. Nunca imaginó que aquello terminaría convirtiéndose en una amenaza real.
No esperaba que quisiera al niño. Mucho menos que se sintiera con derecho sobre él.
Durante semanas había considerado la posibilidad de que nadie respondiera su mensaje. Habría sido más fácil.
Mucho más fácil.
Respiró hondo, obligándose a recuperar la calma. Luego comenzó a recoger la mesa casi de manera automática. Lavó las tazas, secó los platos y dejó todo en orden, intentando convencerse de que aquello era solo un mal momento que pronto quedaría atrás.
Pero la inquietud seguía ahí, clavada bajo la piel.
Tomó su bolso y salió rumbo al departamento de la madre de Aisha para recoger a Takashi, su hijo.
Aisha le había enviado un mensaje esa mañana, su madre estaba enferma por lo que había ido a cuidarla un rato.
Mientras caminaba por las calles desgastadas del barrio, el miedo comenzó a crecer dentro de ella. No permitiría que nadie le arrebatara a su hijo. Era lo único que tenía. Su única familia.
Había aprendido demasiado pronto lo que significaba quedarse sola.
Violet creció en uno de los sectores más pobres de Brooklyn. Su infancia estuvo marcada por discusiones, alcohol y golpes. Su padre era un hombre impredecible, violento cuando bebía, ausente cuando no lo hacía.
Tenía dieciséis años cuando todo terminó.
Recordaba cada detalle con una claridad cruel: la mochila cayendo al suelo, la casa en silencio, el olor metálico en el aire. Su madre estaba detrás del sofá, inmóvil, el cuerpo torcido en un ángulo horrible. Durante una pelea con su padre, ella cayó hacia atrás y se golpeó la nuca contra la esquina del mueble.
Murió casi al instante.
Violet llamó al 911 con manos temblorosas. Después llegaron las sirenas, los policías, las preguntas interminables y los trabajadores sociales que la miraban con lástima.
Días más tarde encontraron a su padre muerto en un hotel barato. Se había ahorcado antes de enfrentar las consecuencias.
Así terminó su infancia.
Vivió en un hogar de acogida con un matrimonio mayor que fue amable con ella, aunque nunca logró sentirse parte de algo. Agradecía el techo y la comida, pero siempre existía una barrera invisible.
A los dieciocho años se marchó.
Durante más de dos años ahorró cada dólar de la pequeña mesada que recibía, alimentando un sueño obstinado: convertirse en bailarina profesional. Imaginaba escenarios iluminados, aplausos, libertad y fama.
Las Vegas parecía el lugar perfecto para empezar de nuevo. Pero la realidad fue distinta.
Nadie contrataba a una menor sin experiencia. Sin contactos. Sin entrenamiento formal. Dos meses después estaba sin dinero, agotada y al borde de regresar derrotada.
Fue entonces cuando conoció a Aisha.
Una noche encontró a una joven desplomándose en la acera, demasiado ebria para sostenerse. Un indigente intentó arrastrarla hacia un callejón, pero Violet lo enfrentó levantando su teléfono apagado y gritando que llamaría a la policía. El hombre huyó.
Esperó horas en un café hasta que la chica despertó.
Aisha nunca olvidó aquel gesto.
La llevó a su departamento compartido y, poco a poco, se convirtió en su amiga… y en la persona que le enseñó a sobrevivir cuando los sueños románticos dejaron de pagar la renta.
Así comenzó su vida como bailarina en un club nocturno.
No era el futuro que había imaginado, pero era suyo.
Y gracias a eso había podido mantenerse en pie cuando todo lo demás se derrumbó.
