Capítulo 2 Es él
Al escucharla, el nuevo dueño se dio la vuelta lentamente.
En ese momento, Bea sintió que el suelo se inclinaba de golpe, como si la gravedad hubiera decidido jugar en su contra. Sus ojos se dilataron y el aire se le atoró en la garganta; la boca se le abrió tanto que casi sintió que se le desencajaba la mandíbula como a esos dibujos animados que tanto le gustaba ver.
El hombre que estaba frente a ella no era solo un hombre guapo. Era él.
La misma mandíbula angulada que parecía tallada en mármol, la misma mirada de hielo grisáceo que ella había descrito apenas esa mañana —y en todos sus libros—, y esa ceja alzada que parecía estar juzgando su existencia entera. Era la viva imagen de la decepción absoluta hecha carne. Un frío repentino le recorrió la espina dorsal, haciéndola temblar de pies a cabeza. Las manos le empezaron a sudar frío y tuvo que presionar los dedos contra el borde de la mesa de cristal para que él no notara el temblor.
Respira, por favor, respira, se ordenó a sí misma, sintiendo un mareo tan fuerte que por un segundo pensó que se desmayaría allí mismo. Quería salir corriendo, huir de la sala antes de que ese monstruo de papel la devorara en la vida real.
Pero al mismo tiempo, en medio del pánico, una chispa eléctrica y fascinante la recorrió. Era imponente. Era magnético. Su propia creación era la cosa más aterradora y, extrañamente, perturbadoramente atractiva que había visto jamás.
Durante un segundo, Bea estuvo convencida de que alguien había impreso a su personaje en una impresora 3D de multimillonarios. Pestañeó varias veces, conteniendo las ganas de restregarse los ojos, y movió su cabeza negando para ver si con eso desaparecía su alucinación. Pero el espejismo no se desvaneció.
Vittorio Lombardi la miró de arriba a abajo, deteniéndose un segundo de más en el bolígrafo que ella, por puro hábito, llevaba todavía clavado en medio de ese nido de pájaros que era su cabello. Era un desastre y el corazón le latía a mil por hora, pero el miedo empezó a transformarse en pura adrenalina. Tenía que defenderse.
—¿Señorita Rodríguez? —su voz era un barítono profundo, exactamente como Bea la había imaginado al escribir sus diálogos en el capítulo uno de su primera novela—. Llega tarde. Y según mi informe, su productividad reciente es… decepcionante.
Bea parpadeó, tragándose el nudo de terror que amenazaba con asfixiarla. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en la mesa de cristal, usando el peso de su cuerpo para estabilizar sus piernas temblorosas. El sarcasmo acudió al rescate, desplegándose como la armadura brillante que siempre usaba cuando el mundo la superaba.
—¿Me acaba de llamar poco productiva antes de decir “hola”? —preguntó, forzando una sonrisa afilada—. Vaya. Eres más insoportable en tres dimensiones de lo que eres en mi cabeza.
Vittorio frunció el entrecejo, visiblemente confundido por el “tuteo” y el comentario de la rosada escritora.
—¿Perdón?
—Nada, señor Lombardi —respondió ella, clavando los talones en el suelo para mantener la postura—. Solo que acabo de darme cuenta de que mi novela de misterio se ha convertido, oficialmente, en una historia de terror…
Bea
El eco de mi propia voz todavía rebotaba en las paredes de la sala de juntas. Por dentro, mi estómago era una masa de nudos retorcidos mientras yo intentaba asimilar que el hombre frente a mí no era una alucinación producto de la falta de sueño y la pizza en mal estado de la madrugada. Mi mente fluctuaba entre el pánico absoluto de tener a mi verdugo literario enfrente y una retorcida admiración: el maldito era perfecto, un espécimen impecable que exudaba un poder que me hacía querer encogerme en mi silla... o acercarme más.
Vittorio Lombardi no se movió. Ni siquiera parpadeó. Se limitó a observarme como si fuera un insecto particularmente interesante que acababa de interrumpir su disertación sobre macroeconomía.
—¿Una historia de terror, señorita Rodríguez? —repitió, arrastrando las sílabas con una elegancia que me dio escalofríos y, extrañamente, ganas de morderlo. ¿Qué demonios me pasaba?—. Curiosa elección de palabras para alguien cuya continuidad laboral depende, básicamente, de mi firma.
Un vuelco en el corazón. ¿Su qué cosa qué?
El miedo volvió a arañarme el pecho, recordándome que esto no era un borrador que pudiera borrar usando la tecla de retroceso. Si fuera Ewan Blackwood, mi personaje, estaría por tirarle una de esas frases ingeniosas que me salen tan bonitas en el teclado. Pero este tipo era de carne y hueso, y tenía el poder real de destruirme.
Sentí el sudor frío resbalar por mi nuca. Podía doblegarme, llorar y pedir clemencia... o podio usar la única defensa que conocía. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, yo había inventado su arrogancia.
—La verdad suele ser poco rentable, por lo que veo, Lombardi —respondí.
Me acomodé los anteojos, que se me resbalaban por la nariz debido a la transpiración del susto, y me senté en la silla de cuero frente a él sin esperar a que me invitara. Las piernas todavía me temblaban como gelatina, pero si iba a ser ejecutada profesionalmente, al menos lo haría cómoda.
El señor Lombardi arqueó esa ceja —la ceja del capítulo cuatro del primer libro, la que precedía a la ruina de la familia de la protagonista—. Se sentó frente a mí, entrelanzando sus dedos largos sobre un informe que llevaba mi nombre en letras grandes y negras.
“Estoy jodida…” habría dicho mi protagonista, pero en este caso la jodida era yo. Su cercanía me abrumaba; olía a sándalo y a un éxito tan ridículo que me obligaba a mantener la guardia alta para no quedar hipnotizada.
—He leído sus números, no sus libros, señorita Rodríguez —sentenció, y el tono implacable de su voz hizo que me dolieran las muelas (nota mental: pedir hora al dentista urgentemente)—. Usted es el activo más costoso de esta editorial y el que más retrasos presenta. Tres meses de demora en su última entrega. ¿Tiene alguna explicación lógica o simplemente estaba esperando a que la musa bajara del Olimpo con el café de la mañana?
Lo miré fijamente, obligando a mi respiración a estabilizarse. Tenía el mismo nudo de corbata Windsor que yo le había asignado a Ewan para demostrar su rigidez de carácter. Era desesperante. Era como estar discutiendo con un espejo que te devuelve una versión de ti misma que ha ido al gimnasio y ha ganado tres millones de dólares solo por existir.
Ewan era mi creación, pero Lombardi era real, peligroso y extrañamente magnético. Sin embargo, no iba a claudicar. Menos frente a la copia perfecta vestida en un Tom Ford de mi propio personaje. Dejé atrás el temblor y dejé que el veneno fluyera.
—Se llama proceso creativo, señor Lombardi. Algo que dudo que entienda, a menos que sus hojas de Excel tengan sentimientos —le solté, sintiendo esa adrenalina adictiva y peligrosa—. Mis lectores esperan calidad, no un producto empaquetado al vacío como los que usted acostumbra a comprar y destruir.
