
Instrucciones para Matar al CEO (En papel)
Pamela Hormazabal · En curso · 124.8k Palabras
Introducción
Sin embargo, su mundo de ficción se estrella contra la realidad cuando Vittorio Lombardi, un magnate de las inversiones tecnológicas con fama de “tiburón sin alma”, adquiere la editorial Papiro con dudosas intenciones.
Cuando Bea entra a la sala de juntas preparada para defender su contrato exclusivo con la editorial, se queda sin aliento, pero no por admiración ni por lujuria, sino por puro terror metafísico: Vittorio es la copia exacta de su personaje. Tiene la misma ceja alzada con desprecio, el mismo nudo de corbata impecable y el mismo don natural para hacer que Bea quiera gritar… o lanzarle un tintero por la cabeza.
Por otro lado, Vittorio no sabe nada de literatura, pero sabe mucho de números. Su primera medida es audaz: quiere convertir la compleja saga de misterio de Bea en una franquicia de acción barata para atraer masas. Bea, armada con su ingenio rápido y una verborrea que Vittorio no sabe cómo procesar, se propone sabotear la compra desde dentro.
¿Qué les deparará el destino o más bien el teclado de la escritora a estos dos? ¿Será posible que Vittorio sea tan igualito a su personaje?
Solo si sigues leyendo te podrás enterar…
Capítulo 1
El aroma a café quemado y desesperación flotaba en el aire del pequeño apartamento de Bea como una densa niebla londinense, aunque estaba en pleno Nueva York. En la pantalla de su laptop, el cursor parpadeaba con una insistencia casi criminal, burlándose de su falta de progreso y bloqueo de escritora que la tenía con los pelos de punta. Sus dedos iban a su boca, sus ojos a la pantalla y…
Parpadea.
Parpadea..
Parpadea...
—Sí, ya sé que no he escrito nada útil en tres horas —le gruñó Bea—. No hace falta que seas tan pasivo-agresivo…
Dos días exactos… 48 horas… 172800 segundos y contando hacia atrás.
No es que estuviera contando. Bueno, sí estaba contando. Había hecho la conversión en horas, minutos y segundos porque el pánico necesitaba estadísticas para prosperar.
Ese era el tiempo que le quedaba para entregar el manuscrito de “Muerte en Wall Street” antes de que su editora, la adorable Melissa, que ya estaba al borde de un colapso nervioso, cumpliera con su amenaza de jubilarse prematuramente para criar cabras en los Pirineos.
Bea aporreó las teclas con saña.
“Ewan Blackwood se ajustó los gemelos de plata con una precisión que rozaba lo patológico. No era solo un hombre de negocios; era un depredador con traje de tres piezas. Sus ojos, fríos como un balance de fin de año, recorrieron la oficina.”
—Qué ridículo.
Siguió escribiendo.
“—¿Cree que su talento compensa su falta de puntualidad? —preguntó Ewan, su voz destilando una arrogancia que hacía que el oxígeno en la habitación pareciera un lujo innecesario.”
—¡Eres un imbécil, Ewan! —gritó Bea a la pantalla, mientras se rascaba el nudo de pelo que llevaba tres días sin ver un peine.
Su gata, Sabrina levantó la cabeza desde el sofá.
La observó.
La juzgó.
Y volvió a dormirse.
Hasta la gata estaba cansada de verla discutir con personajes ficticios y no vivir una vida real.
Bea se puso de pie, esquivando una montaña de libros de referencia sobre venenos victorianos, armas de destrucción masiva y cajas de pizza vacías. Necesitaba más cafeína si quería que su protagonista masculino fuera lo suficientemente odioso como para que el lector celebrara cuando lo arrastraran en el capítulo treinta a ese destino cruel que le tenía preparado.
—Necesitas ser más… insoportable… arrogante… pomposo —murmuró, hablando con el aire—. Más “miren mi cuenta bancaria mientras pisoteo tus sueños proletas”. Necesitas ser…
El sonido estridente de su teléfono cortó su monólogo. Era Micaela, su mejor amiga y la única que la soportaba.
—Si no estás muerta, más te vale que estés escribiendo el final de ese bendito libro —dijo la dulce voz sin preámbulos al otro lado de la línea.
—Estoy trabajando.
—Mentira.
—Estoy pensando en trabajar.
—Eso sí te lo creo.
Bea se dejó caer sobre una silla.
—Mica, estoy en la zona. Te juro que Ewan Blackwood está siendo especialmente insoportable hoy. Le acabo de poner un diálogo sobre cómo los pobres solo son “activos de bajo rendimiento”. Es una joya digna de Nobel.
Pero la verdad es que su amiga la llamaba para otra cosa, solo que, como siempre se distrajo. Micaela respiró profundo y se enfocó en su verdadera misión.
—Bea, olvida a tu novio de papel un momento. ¿Has mirado las noticias? — el tono de Micaela cambió de burlón a preocupado.
—¿Noticias? No he mirado ni el clima, Mica. ¿Ha estallado una guerra por culpa de nuestro querido presidente? Porque si es así, espero que sea en el capítulo dos para justificar el bloqueo.
—Dios… — su amiga miró a los cielos esperando una iluminación que obviamente Bea no vería — ¿qué voy a hacer contigo? Escúchame, Bea, es peor de {ñlo que puedas escribir. Se ha confirmado. Lombardi Holdings acaba de firmar la intención de compra de la editorial Papiro. El nuevo dueño viene hacia la oficina para una “reunión de evaluación” con los autores estrella. Y Bea… esa reunión es en dos horas.
Bea se quedó helada, con la taza de café a medio camino de la boca.
—¿Dos horas? Pero… mi contrato… ¡Yo no puedo conocer a un CEO ahora! Parezco un náufrago que ha sobrevivido a base de galletas de la fortuna y ansiedad.
—Dúchate, Bea. Ponte algo que no tenga manchas de salsa de tomate o cualquiera de esas cosas guácalas que comes y peina ese pelo o mejor, colócate la peluca que usas para las firmas de libros. Según los rumores, este tipo, Vittorio Lombardi, hace que un tiburón blanco parezca un pez dorado. Dicen que no tiene sentido del humor y que su pasatiempo favorito es cerrar empresas con historia para vender los muebles.
Bea colgó, miró su laptop y luego su reflejo en el espejo del pasillo. Tenía una mancha de tinta en la mejilla y el espíritu de una mujer que estaba a punto de perder su hogar creativo.
—Bueno, Ewan —le dijo a la pantalla, cerrando la tapa con un golpe seco y metiéndola a su bolso —, parece que voy a conocer a tu gemelo perdido después de todos los antecedentes que nos dio Mica. Espero que no sea tan real como imagino, porque si lo es… voy a necesitar un abogado o un arma.
Dos horas después, Bea cruzaba las puertas de cristal de la editorial. Llevaba un vestido que no usaba desde el funeral de su abuela y un par de anteojos que le daban un aire de intelectual peligrosa. No sé había duchado, pero se había echado un kilo de shampoo en seco que tenía de su gata Sabrina, era eso o llegar tarde. Además, olía delicioso (según ella).
Cuando entró en la sala de juntas, el aire se volvió pesado. Al final de la mesa larga, un hombre estaba de espaldas, mirando por el ventanal hacia el Skyline de la ciudad. Su silueta era imponente, el corte de su saco era de una perfección insultante y la forma en que mantenía las manos entrelazadas detrás de la espalda gritaba control absoluto.
—¿Y dónde están los demás?
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