Capítulo 3 Trae vino

Bea

Un silencio pesado y denso cayó sobre la sala. Por un segundo, creí ver una chispa de algo parecido a la diversión en sus ojos, pero desapareció tan rápido que lo atribuí a mi deshidratación y a la alarmante falta de nutrientes en mi sistema.

—Lo que yo entiendo, señorita Rodríguez, es que Papiro es un negocio, no una organización benéfica para escritores con bloqueos existenciales —dijo, inclinándose hacia adelante.

El olor a sándalo y maderas de su perfume caro me golpeó como una bofetada. Se me cortó la respiración. Tenerlo tan cerca me provocó un vuelco contradictorio: quería encogerme bajo la mesa para desaparecer de su radar y, al mismo tiempo, me moría por dar un paso al frente para comprobar si su piel era tan fría como sugería su mirada. Dios, es que solo le faltaban las comas para ser, en vivo y en directo, el hombre que me obsesionaba en el papel. Esto era extrañamente fascinante. Una fantasía peligrosa que me estaba asfixiando.

—Mi intención es optimizar —continuó, con una frialdad que me congeló la sangre—. Y si usted no puede cumplir con las 48 horas, quizás su “proceso creativo” necesite un cambio de aire. Fuera de este edificio.

El suelo volvió a desaparecer bajo mis pies. El pánico real, ese que te oprime el pecho y te recuerda que tienes facturas que pagar y un orgullo que mantener, me golpeó de lleno. ¿Fuera? Si me echaba de la editorial, estaba acabada. El bloqueo no era una rabieta de artista; era un monstruo real que llevaba tres meses susurrándome al oído que ya no era buena, que mi éxito había sido un golpe de suerte y que nunca volvería a escribir nada que valiera la pena. Que me lo escupiera a la cara era confirmar mi peor pesadilla.

Tragué saliva, sintiendo la garganta seca, y me obligué a ponerme la máscara de chica dura antes de que viera que mis ojos se estaban humedeciendo.

—¿Me está amenazando con el despido antes de que el café de la recepción se enfríe? —pregunté, fingiendo una calma que mis manos temblorosas desmentían bajo la mesa. Por dentro, mi mente ya estaba escribiendo: “Ewan sonrió con la crueldad de un verdugo que disfruta de su oficio”.

—No es una amenaza. Es una auditoría de rendimiento, señorita Rodríguez —corrigió él.

Cerró la carpeta con un golpe seco que sonó como un disparo en la sala vacía. Di un respingo involuntario en la silla.

—Tiene 48 horas para entregar el manuscrito completo a mi oficina personal. No a su editora. A mí. Quiero ver si el “talento” del que todos hablan justifica su… peculiar actitud.

Se levantó con una fluidez insultante, como si no le costara ningún esfuerzo ser perfecto. Antes de salir, se detuvo junto a mi. De pie era mucho más alto de lo que parecía cuando miraba por el ventanal, y su sombra me cubrió por completo, provocándome un escalofrío que combinaba el miedo más puro con una chispa de sumisión que me dio rabia admitir.

—Ah, y señorita Rodríguez… —dijo, mirándome por encima del hombro con esos ojos escrutadores—. El pelo se lo aguanto. Pero quítese el bolígrafo de la oreja. Parece que está intentando sintonizar una señal de radio que no existe.

Salió de la sala sin mirar atrás, dejando un rastro de autoridad, arrogancia y magnetismo que me dejó temblando de verdad. Cuando la puerta se cerró, me desplomé, apoyando la frente contra la fría madera. Estaba temblando. Me llevé la mano a la oreja y, efectivamente, allí estaba mi fiel Pilot de tinta negra que se supone debía sujetar mi moño desastroso.

—Odioso —mascullé, lanzando el bolígrafo sobre la mesa con rabia, intentando sacar el miedo de mi cuerpo—. Pomposo. Insufrible y… —hice una pausa, suspirando con un fastidio que pretendía ocultar la enorme grieta en mi confianza—… y tiene exactamente el mismo maldito tono de voz que el Ewan del capítulo diez.

Saqué mi teléfono con dedos torpes y rebeldes. Esto ya no era una crisis literaria; era una ejecución pública.

—Mica, trae vino. Mucho vino. Y una pala —susurré en cuanto respondió, con la voz rota—. Porque o termino el libro en dos días, o voy a tener que enterrar a un CEO en mi jardín literario… y posiblemente en el real.

Al otro lado de la línea, mi adorada amiga soltó una carcajada, pero el tono de mi voz debió de delatarme. El silencio que siguió fue el de alguien que te conoce demasiado bien.

—Pero si no tienes jardín, Bea… —Su voz bajó un tono, preocupada—. Espera, ¿te ha amenazado? ¡No, no me lo digas todavía! ¡Voy para allá con el vino! Pero lo de la pala me lo explicas mientras descorchamos.

Diez minutos después, el pánico se había trasladado a mi pequeña oficina. Estábamos encerradas entre post-its amarillos que parecían gritos de auxilio y el aroma a uva fermentada mezclado con café frío. Le conté todo. Desde el corte impecable de su traje que me había hecho babear de terror, hasta la ceja alzada y la humillación del bolígrafo. Pero no pude ocultarle lo que de verdad me importaba.

—Es él, Mica. Es Ewan Blackwood pero real, con menos alma y un atractivo que me da ganas de llorar y de besarlo a la vez, si es que eso tiene algún sentido —dije, dejándome caer en mi silla giratoria, cubriéndome la cara con las manos—. Me ha dado cuarenta y ocho horas. El problema no es el tiempo, Mica... El problema es que no me sale nada. Estoy vacía. Y quiere que le entregue el manuscrito a él personalmente. ¡A “Su Majestad el señor Excel”! Si ve que no puedo escribir, se va a reír en mi cara. Va a demostrar que soy un fraude.

Mica detuvo la copa a mitad de camino hacia su boca. Vio el pánico en mis ojos y dejó el tono de broma por un segundo. Se acercó y me puso una mano en el hombro.

—No eres un fraude, Bea. Estás asustada porque ese tipo ha salido de tu cabeza y tiene el poder de evaluarte. Pero tú lo creaste a él, no al revés. Lo que pasa es que ese aura de semidiós de Wall Street te atacó a mansalva. Necesitamos bajarlo del pedestal. Algo que, si lo dices en voz alta, te impida tomarlo en serio.

—¿Cómo qué? —pregunté, limpiándome una lágrima de frustración que se me había escapado.

Mica se quedó pensativa un segundo, mirando una foto de Vittorio que ya circulaba en los portales de noticias financieras bajo el titular: El Tiburón que no duerme.

—Mira esa cara de estirado —continuó Mica, señalando la pantalla y forzando una sonrisa para contagiarme—. Parece que siempre está oliendo algo podrido, o que tiene una percha metida por dentro de la camisa. Es tan… cuadriculado. Tan “señor de las gráficas”.

—Es un Pomposo Man —sugerí yo, pero mi voz sonó débil, atrapada todavía en el miedo.

—No, no. Tiene que ser algo que destruya su perfección y te devuelva el control —Mica sonrió con malicia—. Ya lo tengo. A partir de ahora, para nosotras, Vittorio Lombardi es: “Don Perfecto Planchado”.

—¿Don Perfecto Planchado?

Capítulo anterior
Siguiente capítulo