Capítulo 4 ¿Cómo se llamaba el protagonista?

Vittorio Lombardi

—¿Exactamente cuánto tiempo llevas mirando esa hoja como si fuera a revelarte el sentido de la existencia humana y el calentamiento global, Vittorio? —La voz de Julián me sacó de mi ensimismamiento.

Estábamos en mi oficina, ese espacio donde el cristal y el acero se encuentran para recordarle a todo el mundo quién manda. Yo seguía sentado con la espalda recta, sosteniendo el expediente de la tal Beatriz Rodríguez. Pero mi mente no estaba en los datos financieros. Estaba atrapada, de forma exasperante, en los minutos que acababa de pasar con ella en la sala de juntas.

Todavía podía sentir la extraña y repentina aceleración de mi propio pulso cuando me di la vuelta y la miré a los ojos. Había algo jodidamente perturbador en la forma en que me vio: una mezcla de pánico absoluto, un temblor casi imperceptible en sus manos que delataba lo mucho que la intimidaba mi presencia, y luego... esa chispa. Ese destello de fascinación en sus pupilas dilatadas que no supe descifrar, como si me conociera de toda la vida, como si me hubiera estado esperando. Me había descolocado por completo. A mí, que controlo cada variable de mi entorno, una escritora despeinada me había hecho sentir un calor inusual bajo el cuello de la camisa.

—No es el sentido de la vida y toda esa parafernalia que has dicho, Julián. Es una anomalía —respondí, forzando a mi voz a mantener su tono gélido habitual, mientras clavaba la vista en la foto de archivo.

En la imagen parecía casi normal, pero la mujer real era un torbellino de sarcasmo y caos en un rosa chicle que me había producido un cortocircuito. Recordé cómo se había inclinado sobre la mesa de cristal, desafiándome a centímetros de mi rostro; el olor de su desesperación mezclado con una audacia salvaje me había golpeado de lleno. Había sido una bofetada de realidad que todavía me escocía.

—Esta mujer es el activo más indisciplinado que hemos adquirido con la compra de Papiro o de cualquier otra de las empresas.

—Es una artista, Vitto. No puedes esperar que funcione con cronómetro como tú —intervino Andrew desde el sillón de enfrente y me miró con esa paciencia exasperante que solo él tiene—. Además, sus ventas son las únicas que mantienen a flote la editorial. Legalmente, es nuestra pieza más valiosa.

—Es una pieza que llega tarde, que me tutea en la primera reunión y que me compara con… —me detuve, apretando la mandíbula. Me rehusaba a admitir lo mucho que me había afectado que me mirara y leyera mis intenciones antes de que yo siquiera abriera la boca—. ¡Con una historia de terror! ¿Puedes creerlo? Me miró como si fuera un monstruo y, un segundo después, me sostuvo la mirada con una insolencia que... me encendió la sangre.

Julián soltó una carcajada y se sirvió un whisky.

—Me cae bien. Necesitabas que alguien te bajara los humos. ¿Cómo es ella?

—Es un desastre —sentencié, levantándome bruscamente para mirar por el ventanal, necesitando espacio porque el recuerdo de su cercanía me hacía sentir extrañamente acorralado—. Tenía manchas de tinta en los dedos. Llevaba un bolígrafo clavado en la oreja como si fuera una antena de radio. Y tiene esa forma de mirar… Dios, Julián, te juro que sentí que me estaba diseccionando. Me miraba el nudo de la corbata, las cejas, la postura... como si fuera el sospechoso de un crimen o el dueño de sus fantasías más oscuras. Es irritante. Pomposa a su manera. Insoportable.

—Vaya, vaya —Andrew alzó una ceja, intercambiando una mirada con Julián—. Hacía años que no te escuchaba dedicarle tantos adjetivos a una mujer. Normalmente solo dices “es eficiente” o “es irrelevante”.

—Es que no es ninguna de las dos cosas —gruñí, ajustándome los gemelos de la camisa con excesiva fuerza.

Me pasé los dedos por el brazo; sentía una arruga inexistente en la tela y me molestaba, o quizás lo que me molestaba era la persistente vibración que esa mujer había dejado en mi sistema. Me había alterado el orden. Su mera existencia desafiaba mi lógica.

—Le he dado 48 horas para entregar el manuscrito. Directamente a mí.

Andrew se puso serio de inmediato.

—Vitto, eso no es estándar. Para eso están los editores. Tienes una fusión de tres mil millones de dólares en marcha y vas a dedicarle tiempo a leer una novela de misterio sobre… ¿cómo se llamaba el protagonista?

—Ewan Blackwood —respondí automáticamente. El nombre se me había quedado grabado, probablemente porque cuando ella lo mencionó, sus ojos brillaron con una devoción y un miedo que me provocaron unos celos absurdos e irracionales contra un maldito personaje de ficción.

—Ese. ¿Vas a perder el tiempo con Blackwood? —insistió —. Isabella me llamó hace una hora. Dice que tiene un plan para optimizar los derechos de autor de Rodríguez. Quiere ver los borradores cuanto antes.

Mencionó a Isabella y el ambiente cambió. Isabella era eficiente, predecible, fría y compartía mi visión del mundo como un pulcro tablero de ajedrez. Beatriz, en cambio... Bea era un tablero de ajedrez prendido fuego, un caos absoluto que, por alguna razón que me aterraba, me resultaba jodidamente atrayente. Estar en la misma habitación con ella había sido como tocar un cable de alta tensión: peligroso, imprudente, pero adictivo.

¿Y por qué demonios las estaba comparando?

—Dile a Isabella que espere —dije, volviéndome hacia ellos, con una firmeza que no admitía réplicas—. Quiero ver qué es lo que hace a esta mujer tan “especial”. Quiero entender por qué se atrevió a mirarme a los ojos, temblando como una hoja, y aun así tuvo las agallas de decirme que soy un villano de papel.

—Cuidado, Vitto —Julián sonrió con malicia, levantando su vaso en un brindis silencioso—. Las historias de terror suelen terminar con el monstruo cayendo en su propia trampa. Andas demasiado interesado en el manuscrito.

—Solo me interesa el rendimiento del activo, Julián —mentí, sintiendo de nuevo esa extraña e incómoda picazón de curiosidad en el pecho—. Nada más.

Pero mientras mis amigos salían de la oficina, me sorprendí a mí mismo pasando la mano por la superficie de mi escritorio de caoba, comprobando que estuviera perfectamente alineado, buscando desesperadamente recuperar el control que ella me había robado con una sola mirada. Por un segundo, recordé el bolígrafo en su oreja, y la forma en que su boca se había abierto de par en par al verme. Su vulnerabilidad mezclada con su mordacidad me había parecido la cosa más fascinante del mundo.

Era solo una auditoría. Eso me repetí. Pero por alguna razón, mi cuerpo seguía extrañamente alerta, y tenía la absoluta certeza de que mis próximas 48 horas iban a ser cualquier cosa menos perfectas...

Vittorio no era un hombre de impulsos. Sus días estaban estrictamente regidos por una agenda de cuero negro donde cada minuto tenía un propósito y un beneficio calculado. Sin embargo, a las diez de la noche, mientras el resto del edificio de Lombardi Holdings descansaba en un silencio sepulcral, él se encontró —a kilómetros de su zona de confort— frente a la puerta de la pequeña oficina que la editorial le asignaba a Bea en el ala vieja del edificio.

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