Capítulo 5 Don perfecto planchado

Bea

—Don Perfecto Planchado… —repetí en un susurro, saboreando cada sílaba.

El absurdo del nombre chocó de frente contra la imagen imponente, pulcra y casi mitológica del hombre que me había amenazado hacía apenas unas horas en esa sala de reuniones. Una pequeña sonrisa, la primera real y sin una pizca de amargura en todo el día, empezó a abrirse paso en mi rostro, relajando los músculos tensos de todo mi cuerpecito.

—¡Exacto! —exclamó Mica, agitando su copa de vino como si acabara de ganar un premio Nobel por su exelente clasificación de ese... hombre—. Porque estoy completamente segura de que hasta sus calzoncillos tienen raya diplomática. Es más, se los plancha él mismo con vapor de nitrógeno líquido en un laboratorio criogénico para asegurarse de que no tengan ni una maldita arruga microscópica.

Mica dio un buen trago a su copa, entornando los ojos con pura malicia divertida y yo ya pensaba en el personaje secundario que ayudaba a la protagonista con todas esas ideas locas para salvarla de Ewan.

—Escúchame bien, Bea. Cada vez que ese hombre te mire con su cara de “soy el dueño de tu existencia y de tu hipoteca”, tú no te vas a encoger. En su lugar, vas a cerrar los ojos un milisegundo y lo vas a imaginar en calzoncillos, sudando, peleándose a muerte contra una tabla de planchar rebelde y un spray de almidón en mitad de su ático de cristal minimalista.

La imagen mental era tan jodidamente ridícula que pasé de la sonrisa a una carcajada limpia. El sonido rebotó en las paredes de mi pequeña oficina, espantando los fantasmas del fracaso que llevaban meses acechándome. Sentí cómo el nudo marinero que me oprimía el pecho y me impedía respirar empezaba a aflojarse, dejando entrar aire fresco a mis pulmones. El miedo, por supuesto, no había desaparecido por arte de magia; seguía ahí, latente, pesado y con un temporizador de 48 horas pegado a la frente. Pero el sarcasmo, mi vieja, fiel y oxidada armadura, volvía a encajar en su sitio con un chasquido satisfactorio.

De alguna forma, conocer a Vittorio Lombardi había desbloqueado no solo mi creatividad, sino que mis ganas de pelear.

—Es perfecto —asentí, enderezando la espalda y pegando mi silla giratoria al escritorio.

Abrí la laptop de un solo golpe. Mis manos aún vibraban, pero esta vez ya no era por el terror paralizante que me había provocado Vittorio Lombardi al decirme todas esas verdades que me repetía a diario; ahora era por la pura y bendita adrenalina de la venganza literaria.

—Si quiere mi manuscrito en 48 horas, se lo voy a dar. Vaya que se lo voy a dar. Pero antes, voy a meterle un capítulo nuevo a esta bendita historia. Uno completamente improvisado donde Ewan Blackwood —o sea, su gemelo malvado de la vida real— sufra un incidente horriblemente humillante que involucre una plancha de vapor defectuosa, una camisa de seda de tres mil dólares y un gato callejero con serios problemas de actitud.

—Esa es mi maldita chica —Mica celebró el plan chocando su copa contra la taza de café frío que yo usaba como improvisado vaso de vino—. Escribe, Bea. Escribe como si el honor, el orgullo y el suministro de cafeína de todas las escritoras despeinadas y con crisis de ansiedad del planeta dependiera de ello. Porque, de hecho, depende de ello.

Me pasé la mano por el cabello, atrapé mi fiel Pilot de tinta negra y me lo coloqué en la oreja. Esta vez no fue por descuido o por puro hábito neurótico; lo hice a propósito, como quien se ajusta un escudo de armas antes de ir a la guerra. Era mi acto de absoluta rebeldía contra él nuevo dueño de Papiro.

Miré la pantalla. El cursor parpadeaba sobre el fondo blanco, pero ya no se sentía como una burla o un recordatorio de mi incapacidad como aurora de best seller. Don Perfecto Planchado creía que tenía el control absoluto de la situación porque su nombre ahora estaba en el edificio y porque comenzaría a firmar los cheques que pagaban mi renta. A ese hombre se le había olvidado un pequeño, minúsculo y peligroso detalle: en estas cuatro paredes, y sobre este teclado, la que tenía el poder absoluto de vida, muerte y humillación pública era yo.

—Vamos a hacer que la plancha arda, mi querida Mica.

—Pues, te dejo trabajar. Aún tengo que encuadernar a esos miserables de Tomlinson y sabes cuánto odio las novelas de fantasia.

—Ve con dios, hermana Mica. Cuando vuelvas ya verás que te tendré la mejor novela del mundo para encuadernar.

—Amén, hermana, amén.

Mientras Mica salía de mi pequeña oficina suspiré profundo y apoyé las yemas de los dedos sobre las teclas, respiré hondo el aroma a vino barato y tinta, y dejé que el bloqueo se rompiera definitivamente en mil pedazos. El maldito CEO no sabía lo que le esperaba. En la ficción, yo era Dios, y él estaba a punto de tener el peor día de su jodida y perfecta vida en el capítulo veintitrés.

Mis dedos empezaron a volar, y el sonido del tecleo rítmico llenó la habitación como una declaración de guerra.

—Señor Lombardi... Ash—borré de inmediato el estúpido pequeño error y comencé a teclear como posesa —. Señor Blackwood, no se halague tanto. Usted no es el hombre de mis sueños; es, literalmente, el villano que creé para que el asesino lo atrapara en el capítulo tres.

Mis dedos volaban por el teclado y cada frase que escribía hacía que mi mente volara como nunca lo había hecho. Era tanta la adrenalina y mis deseos por escribir que debí limpiar mi pantalla varias veces con uno de mis calcetines regalones. El ambiente estaba que ardía. Mi cerebro y mis dedos estaban por fin conectados como si nunca se hubieran bloqueado.

Cerca de una hora después y con los ojos irritados leía el capitulo y ya estaba pensando en el siguiente...

—Por fin... Ewan Blackwood por fin estaba de vuelta.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo