Capítulo 6 Es una inspección de control

Vittorio no era un hombre de impulsos. Sus días estaban estrictamente regidos por una agenda de cuero negro donde cada minuto tenía un propósito y un beneficio calculado. Sin embargo, a las diez de la noche, mientras el resto del edificio de Lombardi Holdings descansaba en un silencio sepulcral, él se encontró —a kilómetros de su zona de confort— frente a la puerta de la pequeña oficina que la editorial le asignaba a Bea en el ala vieja del edificio.

Se acomodó la corbata, sintiendo de nuevo ese calor molesto en el cuello que solo ella lograba provocarle. Su mente, normalmente analítica, estaba llena de preguntas sobre el manuscrito, sobre ella, sobre la ridícula forma en que su perfume a papel y rebeldía se le había quedado impregnado en la memoria.

—Es una inspección de control —se dijo a sí mismo en voz alta, aunque sabía perfectamente que Andrew se habría reído en su cara ante semejante justificación—. Solo verifico que el activo esté cumpliendo con los plazos.

Antes de que pudiera golpear la madera con sus nudillos, un sonido lo detuvo en seco. No eran gritos de frustración, ni el tecleo furioso y estresado que esperaba de una escritora al borde del abismo. Era una carcajada. Una risa vibrante, auténtica, desinhibida y casi maníaca que atravesaba la madera y le golpeó el pecho, desarmando su postura rígida en un segundo.

Vittorio frunció el ceño, sintiendo un vuelco contradictorio de molestia y una punzada de intensa curiosidad por saber qué —o quién— la hacía reír así. Sin pensarlo dos veces, giró el pomo y entró.

Lo que vio en ese momento fue un asalto directo a sus sentidos. El aire en la habitación era una mezcla espesa y pecaminosa de café recalentado, el aroma frutal de un vino tinto barato y el olor a papel viejo. Para un hombre como él, que vivía en un ambiente con filtrado de aire HEPA y fragancias de diseño, aquello era un caos molecular.

—¡Ja! ¡Toma eso, Don Perfecto Planchado! —exclamó Bea sin darse cuenta de su presencia.

Ese proyecto de escritora estaba encorvada sobre la laptop, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas. Tenía una copa de vino a la derecha, una taza de café a la izquierda y, por alguna razón que aún no lograba procesar, llevaba un calcetín de rayas en la mano izquierda.

—Señorita Rodríguez — Habló para sacarla de su conversación de borracha, su voz cortando el aire como un bisturí.

Bea dio un salto tan grande que casi derriba el vino sobre la laptop. Se giró, con el pelo más revuelto que nunca y una sonrisa de satisfacción criminal que no se borró ni al verle. Literal, esa mujer debía tener problemas mentales, pensó.

—¡Oh! Pero si es el mismísimo modelo de catálogo de seguros —dijo ella, recuperando el aliento y bajando la mano con el calcetín de su pecho—. ¿Viene a confiscar mi imaginación o solo a comprobar si mis muebles están alineados con el eje de la Tierra?

Dio un paso hacia el interior, esquivando una pila de libros. Se detuvo frente a la mesa, mirando con horror la copa de vino junto al teclado.

—Vino y café. Una combinación bioquímica desastrosa —sentencié sin un ápice de indolencia, haciendo un gesto de asco—. ¿Es así como produce sus “best-sellers”? ¿Bajo la influencia de sustancias contradictorias y… —señaló el calcetín— prendas de vestir fuera de su lugar?

—Se llama “combustible para genios”, Lombardi. El café me mantiene despierta y el vino evita que quiera lanzar la computadora por la ventana. Ah y esto, es para limpiar la pantalla. A veces se nubla con tanta inspiración —Bea se reclinó en su silla, mirándolo de arriba a abajo con una desfachatez que a él le resultaba fascinante y aterradora a la vez—. ¿A qué debo el horror, perdón honor? ¿Le preocupaba que no terminara el capítulo donde el CEO se queda atrapado en un ascensor con un gato alérgico?

—¿Un gato qué? —alcanzó a articular y ella le mostró una sonrisa tétrica.

Ese solo acto lo tensó. No sabía si ella estaba adivinando sus pensamientos o si realmente estaba escribiendo eso. Se acercó un poco más, invadiendo su espacio personal hasta que pudo oler no solo el vino, sino el aroma a cerezas que desprendía su piel. Era tenue y delicado, nada parecido a la visión rosa chicle que le daba su cabello enmarañado.

—He venido a informarle que el rigor de este contrato no permite distracciones, Beatriz — se recompuso, bajando la voz. Sus ojos intentaron escanear la pantalla de la laptop, pero ella la cerró de golpe con un estruendo—. ¿Qué estaba escribiendo que le causaba tanta gracia? ¿Es en serio lo del gato?

—Algo que sus hojas de Excel no podrían procesar, Don Perfecto —respondió ella, desafiante—. Una escena sobre la redención de un hombre que cree que el mundo se arregla con una plancha, un fajo de billetes y un lindo gatito callejero.

Vittorio sintió una pulsación en la sien. El caos de esa habitación, el desorden de aquella mujer y ese maldito apodo que no terminaba de entender le estaban sacando de su eje. Además, estaba seguro de que ella antes de que entrara se estaba refiriendo a mí.

—Mañana a primera hora quiero ver ese capítulo —dijo él, tratando de recuperar su máscara de frialdad—. Y por el amor de Dios, Rodríguez… ventile esta oficina. Huele a una mezcla entre una cafetería de mala muerte y una bodega en quiebra.

—Buenas noches para usted también, Vittorio —le lanzó ella mientras él se daba la vuelta—. ¡Y cuidado con el escalón! No querría que se le arrugara el pantalón al caerse.

Bea soltó otra sonora carcajada, mientras Vittorio salió al pasillo a zancadas y el corazón latiéndole más rápido de lo habitual.

—Dios, ¿Qué mierda me pasa con esta mujer?—masculló entre dientes, soltándose la corbata perfecta.

Él sabía que no era por la falta de aire. Era que, por primera vez en su vida, alguien lo había mirado y no había visto a un CEO poderoso, sino a un personaje al que podía manipular con solo presionar una tecla. Y lo peor de todo era que, a pesar del olor a café y vino, no podía esperar a leer qué planeaba hacer ella con él, perdón, con el personaje principal a continuación.

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