Capítulo 7 Una escena patética
Bea
Después de que Vittorio saliera de mi pequeña y humilde oficina con esos aires de pomposidad que me provocaban unas ganas enormes de desatar el nudo de su corbata y luego ahorcarlo...
—NO. Eso no. Por ahora, Bea. Es tu fuente de inspiración.
Largué un suspiro de esos de telenovela mexicana y me quedé mirando hacia la nada.
—¿De verdad le dije todo eso?
El reloj de pared de mi oficina no marcaba la hora; marcaba los latidos de mi propia ansiedad.
40 horas…
El segundero avanzaba con el mismo ritmo implacable con el que Don Perfecto P caminaba por los pasillos: con una precisión que daban ganas de cometer un delito y no de los de cuello blanco.
—No me mires así —le gruñí a la pantalla.
Ewan Blackwood, mi odioso protagonista, me devolvía la mirada desde el archivo de Word. En mi cabeza, Ewan tenía ahora la voz de Vittorio, ese barítono aterciopelado que te hacía sentir que incluso tu respiración era una ineficiencia presupuestaria.
—"Es una escena patética, Beatriz" —pareció decirme el cursor parpadeante con la voz de Ewan/Vittorio—. “Un hombre de mi posición jamás se quedaría atrapado en un ascensor con un gato alérgico. Es estadísticamente improbable y narrativamente perezoso”.
—¡Pues te aguantas! —exclamé, dándole un sorbo al café frío que ya sabía a derrota—. Es mi libro. Si quiero que el gato sea alérgico y que tú pierdas la compostura mientras estornuda sobre tu traje de tres mil dólares, pasará. Es justicia poética.
Me froté las sienes. El problema era que Vittorio Lombardi —el real, el que olía a sándalo y a éxito— había dejado una estela de magnetismo en la oficina que no me dejaba concentrarme. Su visita tan repentina había sido como un choque de trenes entre mi realidad desordenada y su perfección estéril y lo odiaba.
—“Admítelo, Bea” —insistió la voz de Ewan en mi mente, cruzándose de brazos—. “Te quedaste sin palabras cuando me viste. Notaste que el nudo de mi corbata es más estable que toda tu carrera literaria. Eres un asco de escritora”.
—Cállate, Ewan. O Vittorio. O quien seas —tecleé furiosamente—. Eres un pomposo. Un insoportable. Un… un hombre que cree que el mundo es una hoja de cálculo y no me vas a hacer caer.
“Ewan Blackwood sintió que una gota de sudor —una imperfección biológica inadmisible para él— recorría su frente. El ascensor estaba estancado. El gato, un callejero tuerto llamado ‘Déficit’, lo miraba con juicio.
—Esto no estaba en el contrato —susurró Ewan, buscando desesperadamente una plancha para su dignidad herida.”
Me detuve y eché a reír, una risa histérica que resonó en el edificio vacío. Estaba perdiendo la cabeza. Le estaba poniendo a los gatos nombres de términos financieros solo para vengarme del hombre que me había llamado “activo costoso” y de alguna forma le estaba dando sentido a mi obra literaria que se encontraba dormida hace días por culpa de mi bloqueo de escritor.
De repente, un pensamiento me golpeó: ¿Y si Vittorio realmente leía esto? ¿Y si se daba cuenta de que el villano no era solo un personaje, sino una caricatura detallada de su propia arrogancia? Porque seamos honestas, aunque al idiota no tenía el gusto de conocerlo antes de esta mañana, ¡Era igualito a Ewan!
—Me va a destruir —susurré, mirando el calcetín de rayas con el que antes había limpiado la pantalla—. O me va a dar un Pulitzer por realismo extremo.
Miré la hora. Las 2:00 a.m.
—Muy bien, Don Perfecto P —dije, señalando hacia el techo, como si pudiera verme desde su ático de cristal o en donde sea que viva—. Si quieres guerra literaria, la vas a tener. Pero te advierto: en mis historias, los hombres como tú siempre terminan despeinados. Y créeme, esa va a ser tu mayor tragedia.
Me puse el bolígrafo en la oreja, le di el último trago a la copa de vino —que ya estaba a temperatura ambiente de escritora en crisis— y volví a la carga. Me quedaban 39 horas para salvar mi carrera, o para convertir a Vittorio Lombardi en el hombre más ridículamente atractivo y odiado de la literatura contemporánea.
Y sinceramente, no sabía cuál de las dos cosas me emocionaba más.
Mis dedos volaban sobre el teclado con una furia que solo la cafeína y el rencor pueden proporcionar a un alma en desgracia como la mía. Había llegado al punto de no retorno: la gran escena de la confrontación en la oficina.
—Muy bien, Vittorio… digo, Ewan —mascullé, ignorando el calambre en mi muñeca—. Vamos a ver cómo manejas esto.
“Ewan Blackwood permanecía tras su escritorio de obsidiana, una superficie tan oscura y fría como su propio corazón corporativo. No miraba a la mujer que tenía enfrente; miraba el reloj de pared, contando los segundos que ella le hacía perder, como si cada respiración de la joven fuera una deuda pendiente de cobro.
—Su propuesta es… ruidosa —sentenció Ewan, entrelazando sus dedos perfectos—. Tiene demasiado color, demasiada vida. Yo prefiero lo gris, lo sólido. Lo que se puede comprar y vender sin sentimientos de por medio.
Ella se inclinó sobre la mesa, desafiando el espacio sagrado del magnate, colocando su chocolatada mirada en esos labios delgados que le incitaban a pecar.
—Usted no es un hombre, Blackwood. Es un algoritmo con un traje caro. ¿Alguna vez ha sentido algo que no se pueda expresar en un porcentaje de ganancias?
Ewan alzó la vista. Por un breve, casi imperceptible segundo, la máscara de hielo se agrietó.
—Sentir es una ineficiencia que no puedo permitirme —respondió él, aunque su mirada se detuvo, con una fijación casi obsesiva, en la mancha de tinta que ella tenía en la mejilla. Sintió un impulso irracional, un deseo estúpido de estirar la mano y borrar esa imperfección, incluso de lamerla para desaparecerla. Pero eso habría requerido tocarla. Y tocarla significaba admitir que ella era real.”
Me detuve en seco. Me quedé mirando el último párrafo con el corazón latiendo desbocado.
—¡No, no, no! —borré la última frase con un golpe violento de la tecla de retroceso—. ¡Nada de sentimientos! ¡Nada de tensiones eléctricas! ¡Él es un robot!
Me eché hacia atrás en la silla, que emitió un chirrido de protesta. El problema era que, mientras escribía sobre la frialdad de Ewan, no podía dejar de recordar la forma en que Lombardi me había mirado en mi oficina. No era la mirada de un Ceo observado a su activo; era la mirada de alguien que estaba viendo un incendio y no sabía si llamar a los bomberos o quedarse a ver cómo ardía todo.
—Concéntrate, Bea. Faltan 38 horas.
Tomé el calcetín de rayas —mi nueva mascota anti estrés— y lo estrujé.
—A ver, Don Perfecto P, si crees que voy a suavizar tu personaje solo porque hueles a sándalo y tus ojos son del color de una tormenta en el Atlántico, estás muy equivocado. En el próximo párrafo, te voy a hacer caer un café hirviendo sobre tu regazo. A ver qué tal le sienta eso a tu algoritmo de eficiencia.
